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Muere Jerry Lewis, de origen judío, a los 91 años

40 años y dos días después de la desaparición de Groucho Marx, el cómico estadounidense Jerry Lewis ha muerto a los 91 años. Y la coincidencia entre el aniversario de uno y la muerte del otro ofrece una tentación: contar a un actor por oposición al otro. Como tantas veces, los contrarios se explican mutuamente.

Groucho, está mil veces contado, basaba todo su éxito en el humor escrito, en el ingenio y en la agilidad mental. Lewis, al contrario, recogía la herencia de los cómicos payasos de la generación anterior. Sus gags se basaban en su expresión corporal, en el viejo instinto de imitación y en la tradición de los tontos del bote como personajes de comedia. Si alguien quiere buscar un linaje, que piense en el Arlequín de la Comedia del Arte, en Carablanca y Augusto, en el Caricato de las óperas….Y si quiere pensar en una descendencia, que apunte el nombre de Jim Carrey de los años 90, el de antes de Olvídate de mí.

Nacido en Nueva Jersey en 1926 con el nombre de Joseph Levitch (hijo de judíos rusos, como los Marx), Jerry Lewis tuvo la suerte de ser uno de los pioneros de la cultura televisiva que nacía en Estados Unidos en los años 50. Dean Martin era su pareja artística y su fórmula era la más vieja del mundo. Martin era apuesto, elegante y tenía clase: Lewis ponía cara de bobo, forzaba una voz ridícula y llevaba toda su ropa dos tallas más pequeñas de lo que debiera. Sus aventuras, al final, siempre terminaban en la redención del pobre Lewis, caballerosamente apadrinado por su amigo.

¿Cuándo supo que hacía usted gracia?, le preguntaban a Lewis en una entrevista de hace pocos años. “Desde que nací, salí del vientre de mi madre y puse cara de ‘¿a qué sitio he ido a parar?'”, contestó el cómico. Era una exageración pero, a su manera, también tenía una parte de verdad. Cualquiera que vea hoy El profesor chiflado, la película por la que Lewis será siempre recordado, se da cuenta de que todo en el filme descansa sobre la conexión del actor con su público. Los gags están bien coreografiados pero son ingenuos; la trama (una variación de Jekyll & Hyde a su manera) da un poco igual y el look, con sus colores saturados, sólo tiene el encanto de la nostalgia. Pero entonces aparece Lewis, se cae, tira cosas, causa un desastre más y… Algo hace clic, o por lo menos, lo hizo.

El profesor chiflado es la película que todo e mundo tiene en la cabeza cuando nombra a Jerry Lewis. Pero, en realidad, es perfectamente intercambiable por las mil películas que Lewis protagonizó durante esos años: de vaqueros, de médicos, de padres e hijos, de ligones… Jerry Calamidad es la más destacada aunque llegó cuando la estrella de su protagonista empezaba a languidecer.

Aunque al final de esta vida hay una reparación moral. En los años 60, cuando los intelectuales estadounidenses desdeñaban a Lewis, Cahiers du Cinéma, la revista de la Nouvelle Vague, reivindicó su figura como parte de la esencia más pura del cine: hacer reír, poner el corazón en un puño, conectar con el espectador. Entonces aquella declaración intelectual y antiintelectual al mismo tiempo, parecía una provocación. Pero no: años después, Martin Scorsese colocó a Lewis en El rey de la comedia y en ese momento, el reencuentro fue completo. Los de Cahiers siempre acababan por tener razón

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