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Crónicas Intrascendentes. Parte CCLXVI

Los sismos del pasado mes de septiembre

Enlace Judío México.- El terremoto del 19 y 20 de septiembre de 1985 dejó un profundo dolor en mi persona; se estima que en esas fechas murieron 10 mil personas y se registró un sinnúmero de heridos, cerca de 4 mil fueron rescatados entre los escombros. Los daños fueron calculados en 8 mil millones de dólares, 250 mil gentes quedaron sin casa y 900 mil tuvieron que abandonar sus hogares. Las tareas de rescate se prolongaron hasta el mes de octubre, y la remoción de escombros hasta diez años después. En 2017 aún existen campamentos de damnificados en la Ciudad de México derivados de los sismos de 1985.

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La Ciudad de México, que en 1985 tenía una población que superaba los10 millones de habitantes, fue la que recibió los mayores daños. En ese año tenía 1.4 millones de edificios, 50,500 sufrieron daños de diferente magnitud. La infraestructura fue severamente golpeada; igualmente el Sistema Colectivo de Transporte Metro tuvo daños en 12 estaciones y las colonias con mayor impacto fueron Tlatelolco, Centro, Doctores, Roma y Obrera.

Los sismos de 1985 también repercutieron en los Estados de Michoacán, sobre todo en la Ciudad de Lázaro Cárdenas en la que se observaron daños de medianos a graves en un 60% de las viviendas. En Guerrero, Jalisco y Colima hubo destrucción de viviendas y decesos de sus habitantes. El infortunio de 1985 provocó que se modificaran los reglamentos de construcción del país, además de que paulatinamente cambió la cultura cívica y de protección civil. En el presente, la ciudadanía ha mostrado más preparación para reaccionar ante los sismos del pasado septiembre, en virtud de los constantes simulacros que se han realizado y a diferentes medidas que se han implementado a partir de 1985, como las alarmas sísmicas.

Los hechos de los pasados sismos han sido ampliamente difundidos por los medios de comunicación escritos y virtuales, muchos de ellos han sido distorsionados o inventados, aún no se conoce toda la verdad y magnitud de la tragedia, que muchas personas no han asimilado cabalmente.

En lo personal tengo mi propia historia. El 19 de septiembre pasado mi hija menor estaba en una tienda departamental ubicada en la calle de Salamanca en la colonia Condesa, haciendo tiempo para recoger a su pequeña hija de casi 3 años que se encontraba en el edificio de seis pisos construido en 1966 de Acapulco 70 en la misma colonia, que alberga una gran sinagoga y diferentes instituciones de la comunidad judía, el Museo Judío y del Holocausto Tuvie Maizel, el Centro de Documentación e Investigación de la Kehilá (comunidad) Asquenazi, la Federación Sionista, varias organizaciones del rabino y el jazán (cantor de la sinagoga), el Consejo de Mujeres Israelitas y la oficina del Festival Internacional de Cine Judío, principalmente. Asimismo, tiene un gran salón de banquetes donde está el mural de festividades judías realizado por el pintor Arnold Belkin en 1966 que mide 7X48 metros. Recientemente empezó a funcionar un gan (escuela maternal) en el tercer piso, al que asistía mi nietecita.

Al sonar la alarma sísmica la gente que se encontraba en la tienda departamental fue desalojada de la misma, mi hija al salir precipitadamente llegó a la calle, observó cómo se derrumbaba un edificio de oficinas de la calle de Álvaro Obregón 286, donde murieron 49 personas; corrió hacia la calle de Acapulco 70, en el edificio se había caído la fachada, su esposo ya había rescatado a su hija y a otra niña, y cerca de 40 infantes fueron sacados por personal administrativo de la comunidad. Aparentemente el inmueble resultó seriamente dañado y se está evaluando si es conveniente llevar a cabo su rehabilitación estructural o demolerlo.

El impacto emocional para mi hija, su esposo y mi nieta ha sido muy fuerte; agravado porque viven a tres cuadras de Acapulco 70 en un edificio antiguo, que aparentemente no sufrió daño estructural, empero, en las proximidades hay varios edificios que se dañaron severamente o se cayeron. Los suegros de mi hija, mi esposa y yo estamos realizando un gran esfuerzo para apoyarlos; empero, el proceso para la recuperación no es fácil, ni inmediato; todos estamos muy conmocionados. Mi hija y su esposo han decidido salir de la colonia Condesa lo más pronto posible; el reto para hacerlo es de orden financiero. En este sentido, en esa colonia, ya se advierte una “fuga” de residentes y de depresión de los precios de los departamentos y casas particulares, estimada preliminarmente en 30%. Una buena oportunidad para comprar ahora.

Claroscuros de los sismos

A los pocos días del sismo del 19 de septiembre pasado, con la información disponible y con mis interpretaciones personales, elaboré un artículo que se publicó en el sitio Enlace Judío y en el Periódico El Financiero, que lo leyó mi amigo Memo y me comentó que no hice mención de la participación de las Fuerzas Armadas, el Ejército y la Marina, quienes por sus conocimientos y sus funciones inherentes, sobresalieron en las labores de rescate. Mi omisión fue involuntaria y, como la mayoría de la población, reconozco su involucramiento para salvar vidas y sacar a personas de entre los escombros, su labor fue destacada y ardua. Las acciones del Ejército no fueron valoradas de igual manera durante el terremoto de 1985; de acuerdo a documentación disponible, su desempeño dejó mucho que desear y hubo reclamaciones por actos de rapiña y de pasividad frente al movimiento telúrico que se registró.
En este contexto, en una encuesta que realizó el periódico El Financiero a 500 capitalinos adultos los días 22 y 23 de septiembre, con entrevistas en viviendas y por vía telefónica, la evaluación fue que el 81% consideró favorable la labor del Ejército y las Fuerzas Armadas durante los sismos; 88% positiva para los bomberos y 68 % para la policía. Asimismo, el 92% calificó favorable la ayuda de los rescatistas llamados topos y 98% dio una respuesta positiva para los voluntarios que salieron a ayudar. Los gobiernos federal y de la Ciudad de México tuvieron porcentajes más bajos de 50% y 47%, respectivamente.

De acuerdo al sondeo, la ciudadanía percibió un aumento de la delincuencia durante la situación de emergencia, el 52% piensa que aumentó. De hecho, a escasas dos horas del sismo del 19 de septiembre, unos familiares me informaron de asaltos a mano armada en desniveles de calles de la Colonia Santa Fe. El periódico El País, en su edición del 29 de septiembre a través de uno de sus corresponsales en México, señaló que frente a una nación dañada por una catástrofe, volcada en su reconstrucción y que ha desplegado una ola admirable de solidaridad, se presenta un lado oscuro de atracos y rapiña. Las personas desalojadas de edificios o viviendas por el daño que han registrado están haciendo guardias fuera de ellas para evitar que sean saqueadas: individuos que lo han perdido todo se aferran a lo último que pudieron rescatar. En Jojutla, una población arrasada del Estado de Morelos, la escena se repetía en cada esquina: vecinos pasando la noche frente a los restos de sus hogares por miedo del pillaje. Otras noticias de ladrones disfrazados de personal de Protección Civil o Brigadistas y de connatos de peleas en centros de acopio y zonas de rescate por supuestos robos. Los testimonios sobre robos en las diferentes áreas siniestradas son múltiples, existe poca vigilancia policial en las mismas.

Otro aspecto importante de los sismos es la desconfianza de la ciudadanía sobre la “evaluación” rápida de los inmuebles; en el edificio donde vive mi hija menor con su familia en la Colonia Condesa, arquitectos e ingenieros de Protección Civil hicieron un “dictamen al vapor” sobre el inmueble, no entregaron ningún documento que avalara que no hay daño estructural. Los inquilinos de ese edificio ya solicitaron los servicios profesionales de arquitectos e ingenieros particulares para asegurarse que todo está bien, obviamente el costo del dictamen corre por su cuenta. A una cuadra de donde vive mi hija está una casa acordonada, hay cascajo a su alrededor; a una mujer mayor, que se asomaba por una ventana, le pregunté sobre los riesgos de que su casa se derrumbara, me contestó que estaba insatisfecha por la evaluación de Protección Civil, lleva 40 años viviendo en esa casa.

En este ámbito, en caso de temblor, los trabajadores no están obligados a presentarse en sus centros laborales cuando perciban que existen riesgos potenciales para su seguridad, o cuando a consecuencia del sismo, estén impedidos para presentarse a laborar. Sin embargo, la Secretaría del Trabajo y Previsión Social recibió quejas de alrededor de 500 trabajadores que fueron obligados a laborar en inmuebles con daños en la primera semana después del sismo del 19 de septiembre. Verdadera falta de sensibilidad de los patrones que deberían de ser enjuiciados penalmente.

El corresponsal del periódico El País en México, Jorge Zepeda, señaló el 28 de septiembre que los momentos extraordinarios hacen brotar lo mejor y lo peor de la condición humana, y esto se ha vivido hasta la saciedad durante y después de los sismos en México. Zepeda describe cómo junto a los brigadistas y voluntarios “que dejaron la piel y el insomnio en las primeras 72 horas, se pudo observar un nuevo fenómeno que, a falta de mejor nombre, llamaré turismo humanitario; hordas bajaron a la colonia Condesa y Roma, a hacerse selfis frente a edificios derrumbados, a tomarse la foto con tapabocas y cascos, a describir a través de sus celulares un paisaje de ruinas y edificios desahuciados, de las calles convertidas en escenas de crimen. Lo describo como un turismo humanitario, porque en apariencia tenía el propósito de ayudar a las víctimas y mostrar solidaridad con el caído, pero en realidad cumplía el objetivo esencial que persigue toda actividad turística, ocio y esparcimiento. Viernes, sábado y domingo, la Condesa se convirtió en una especie de parque temático apocalíptico, un espacio a visitar, una experiencia para coleccionar de la que se podría decir yo estuve allí”. Una conducta verdaderamente aberrante.

Los sismos nos volvieron a dar una nueva sacudida que ha causado dolor y tragedia a muchas personas. Sus impactos en el orden económico, político y social aún están ocultos. Lo más aterrador es el miedo a un nuevo evento de esta naturaleza.

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