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Rusia y sus complejos intereses en Medio Oriente

Enlace Judío México.- A muchos les ha llamado la atención el reciente pacto acordado entre Estados Unidos y Rusia para evitar que Irán, o sus aliados como Hezbolá, se establezcan en la parte sur de Siria, en las zonas fronterizas con Israel y Jordania. Se preguntan si acaso Rusia es confiable y cumplirá con el acuerdo.

IRVING GATELL EN EXCLUSIVA PARA ENLACE JUDÍO MÉXICO.

Yo me atrevo a decir que sí. No tiene alternativa, y no tanto por presiones externas, sino por su propia problemática interna.

Desde hace varios años (concretamente, en torno a la Guerra Civil en Siria) vengo insistiendo en dos situaciones que, con el paso del tiempo, se han evidenciado como contundentes y reales: la primera es que Rusia tiene intereses muy complejos en Medio Oriente, y la segunda es que el mayor riesgo en la zona no es un conflicto entre Irán y sus aliados contra Israel, sino contra Arabia Saudita.

Vamos con lo primero: Putin sabe que su situación no es la mejor de todas. Más allá del indudable poderío militar ruso –temible y respetado en cualquier lugar del mundo–, su economía es frágil. La caída de los precios del petróleo, así como el hecho fuera de toda duda de que el petróleo no va a volver a ser el grandísimo negocio que fue durante el siglo XX, puso en jaque a los países que cometieron el error de petrolizar su economía, como Irán, Venezuela y Rusia.

Por eso, el comportamiento de Putin es muy simple: todo lo hace por dinero. Sus agresiones en Europa del Este (Ucrania y Crimea) han sido simples chantajes para fortalecer su posición como vendedor de gas en Europa. Su intervención en el conflicto en Siria ha tenido, como objetivo último, endeudar a Irán hasta lo máximo posible y convertirlo en una fuente de dinero en efectivo para los próximos años.

Era obvio. El apoyo ruso a Assad –vía Irán– no es gratuito. Nada en esta vida, y menos en esos niveles, se da regalado. Y es obvio que tampoco se trata de una afinidad ideológica. De hecho, nada puede estar más lejos de la ideología laica y semi-atea del Kremlin, que el fundamentalismo medieval de los Ayatolas (los verdaderos jefes de Assad). Incluso, son ideologías en abierto conflicto en otros frentes, ya que Rusia no ha sido precisamente amable con los musulmanes integristas de Chechenia.

Si Rusia intervino en Siria fue, simple y llanamente, por conveniencia. Políticamente hablando, porque era cierto que si Assad caía hace cinco o seis años, el hueco de poder lo habría conquistado el Estado Islámico. Pero económicamente, porque al final del día todo el apoyo de Irán, Hezbolá y Siria ha recaído en Rusia, sus generales, sus asesores, su tecnología militar, y en casos extremos sus propias tropas. Y eso sale caro, muy caro.

Por eso toda la especulación que hubo respecto a que Rusia vendría a ponerle un alto a los bombardeos israelíes contra posiciones o armamento de Hezbolá, se vino abajo. Lo señalé en Enlace Judío desde hace varios años: los intereses de Rusia no iban por ahí. De hecho, era más lógico suponer que haría el esfuerzo por hacer buenas migas con los israelíes y los sauditas.

En primer lugar, porque en ese entonces Barack Obama estaba en pleno despliegue de su absurda e inepta política exterior, que estaba provocando un severo distanciamiento con sus otrora aliados –Israel y Arabia Saudita–, y eso era algo que Putin no iba a desaprovechar. Posicionarse como la potencia influyente en la zona era garantía de buenos negocios a mediano y largo plazo. Negocios que le urgen a Rusia.

El punto se demostró cuando se vio que Israel seguía bombardeando sin ningún recato las posiciones de sus enemigos, y Rusia simple y sencillamente no daba siquiera señales de incomodarse. Por el contrario, tanto Putin como Lavrov repitieron varias veces que ellos no iban a interferir en los esfuerzos de Israel por garantizar su propia seguridad. A lo mucho, se coordinarían con las Fuerzas de Defensa de Israel para evitar confusiones, malos entendidos y choques innecesarios entre dos países que no tenían ninguna razón para entrar en conflicto.

El meollo de todo es fácil de entender: en ese mediano y largo plazo mencionado, Irán es el peor socio posible.

Y es que Irán es quien en realidad está perdiendo de todas, todas. Aunque parece que reforzó su posición con la victoria de Assad, la realidad es muy diferente. La de Irán es una economía en crisis desde hace varios años. Primero, por la ya señalada caída de los precios del petróleo; pero ahora también porque es Irán quien tiene que asimilar todos los gastos de la guerra civil en Siria. El financiamiento de Hezbolá, de las tropas de Assad y de sus propias guardias, tendrá que ser pagado por los Ayatolas desde Teherán. Y la deuda es con Rusia, un país nada amable en esta materia. En realidad, Irán le vendió su alma al diablo con tal de mantener a Assad en el poder. Logró conservar por el momento su hegemonía política desde su propio territorio hasta el Líbano, pero a un precio demasiado alto. Será cuestión de tiempo para que los iraníes se den cuente de que –como decimos en México– les resultó más caro el caldo que las albóndigas.

Por eso es que Irán no es un socio interesante a mediano y largo plazo. No es un país que despunte en innovación tecnológica, y su profunda crisis económica lo mantiene al filo de una explosión social que en cualquier momento puede provocar cambios severos en su política interna. En otras palabras, su famosa Revolución Islámica se está quedando sin combustible, y en vez de dedicarse a buscar soluciones efectivas, se dedicaron a gastar el dinero que no tenían, e incluso endeudarse más, con tal de mantener una hegemonía política que a la larga será la culpable del colapso del régimen de Teherán.

Por donde se quiera ver, Israel es un socio potencial infinitamente más atractivo que Irán. Y Putin es demasiado listo como para no saberlo. Se trata del país en la zona más avanzado tecnológicamente hablando, y la economía israelí es sólida como jamás lo había sido. Sus tasas de desempleo son las más bajas en muchos años, y su moneda –el Shekel– es una de las más estables del mundo.

Barack Obama cometió el severísimo error de distanciarse de Israel, y eso fue bien entendido y aprovechado por Moscú. En realidad, las relaciones actuales entre el estado judío y Rusia jamás habían sido tan buenas, y en un Medio Oriente estabilizado y pacificado, eso puede ser muy redituable para las dos naciones.

Arabia Saudita también juega un papel importante en esta ecuación. Se trata de otra nación cuya economía también ha estado totalmente petrolizada, pero que ha tenido la ventaja de no estar involucrada en proyectos expansionistas –caros, por definición– a diferencia de Irán. Además, su población no es demasiado grande (32 millones de habitantes; Irán, en cambio, tiene casi 83 millones). Por ello, pese a la baja en la cotización del crudo, Arabia Saudita ha logrado conservar su estatus económico sin demasiados problemas, y aunque el del petróleo es un negocio en decadencia, tiene suficiente tiempo como para buscar soluciones prácticas y efectivas. Algo que Irán no tiene.

Parte de esas soluciones –y los príncipes saudíes ya se dieron cuenta– están en Israel. La simple idea de combinar el todavía potencial económico saudí con el boom tecnológico israelí es para espantar a cualquiera. O para hacerle brillar los ojos tan sólo de pensar en los negocios posibles. Y ese asunto está bien entendido lo mismo en Ryad, que en Moscú y Jerusalén.

Por eso Rusia va a seguir cultivando esa nueva amistad. A fin de cuentas, en un plazo de 30 o 40 años el panorama no es muy difícil de calcular: Irán va a estar completamente anulado, consecuencia inevitable de estar dirigido por una horda de fanáticos religiosos que anteponen sus intereses sectarios a cualquier elemental sensatez política o económica. Conforme vaya decreciendo su poderío, una alianza comercial y económica entre Israel y Arabia Saudita pueden marcar la definitiva estabilización del Medio Oriente. Entonces hay que apostarle allí. Es como ver a dos caballos que tienen que correr en una carrera dentro de un año, y ver que al caballo iraní no lo alimentan bien y lo tienen trabajando, mientras que el caballo israelí está siendo entrenado y alimentado a cabalidad. A cualquier apostador le queda claro cómo están los momios.

Por supuesto, la situación actual sigue siendo delicada, y no se trata de nada más esperar. El fanatismo de los clérigos iraníes seguro puede llegar al punto de decir “me muero, pero primero hago que todos se maten”. Por eso la necesidad de poner controles.

Rusia necesita que Irán sobreviva durante algunos años más, los suficientes como para que pague todo lo que debe. Pero necesita también mantener seguros a Israel y a Arabia Saudita, ya que los negocios buenos van a estar allí.

Por eso tiene mucha lógica que se haya firmado un acuerdo para evitar que las posibilidades de guerra (es decir, las tropas controladas por Irán) se acerquen a la frontera israelí o jordana. Más aún: el acuerdo se firmó entre Rusia, Jordania y Estados Unidos. No incluyó a Israel, lo cual es un gesto estratégico muy interesante, ya que Israel no queda obligado a absolutamente nada, y eso le da la libertad de actuar conforme lo considere necesario.

Rusia sabe que hay que intentar calmar el asunto, sobre todo ahora que ha aflorado el verdadero riesgo regional: una confrontación abierta entre sunitas y chiítas. Es decir, entre Arabia Saudita e Irán.

La parte terrible de todo esto es que tal parece que nadie quiere apostarle a una guerra directa. Es decir: Irán no va a atacar directamente a Arabia Saudita, ni viceversa. Tampoco van a llevar el conflicto directamente a Israel. Menos aún a Siria; ese campo de batalla ya está agotado.

Las miradas de todos empiezan a dirigirse hacia Líbano, por una razón sencilla: allí está asentada la milicia que puede convertirse en el único estorbo para que los planes rusos a mediano y largo plazo puedan consolidarse. Es obvio que se trata de Hezbolá, un grupo armado hasta los dientes, y cuya motivación es el fanatismo religioso. Justo lo que la hace más peligrosa, porque sus líderes no estarán dispuestos a entender de razones. Simplemente, actuarán por “mandato divino”.

Es curioso cómo todo empieza a enfocarse hacia allá: los rebeldes hutíes en el Yemen disparan un misil iraní contra Arabia Saudita, y este país bombardea a placer a sus enemigos, pero de inmediato amenaza a Líbano y a Hezbolá.

No tiene lógica, a menos que se visualice el problema completo: los hutíes y Yemen no son un papel relevante en este conflicto. El problema es con Irán. Pero hay situaciones –especialmente, los intereses rusos– que obligan a todos a dejar ileso a Irán por el momento, así que entonces se va a repetir el eterno juego de la Guerra Fría: pelear en un territorio ajeno para todos. Así como la ex-Unión Soviética y los Estados Unidos optaron por destruir Corea y Vietnam en vez de enfrentarse directamente, el riesgo en este momento es que Líbano sea el escenario en donde saudíes e israelíes, por un lado, choquen contra Irán y Hezbolá.

Israel ya ha advertido que, de ser necesario, su accionar militar en Líbano va a ser devastador, toda vez que el gobierno libanés –más ahora que ha renunciado Hariri– está completamente volcado en apoyo hacia Hezbolá. Israel ya no tiene la limitante que tuvo en 2006. Con esa complicidad entre Beirut y Nasrallah fuera de toda duda, las tropas judías pueden atacar sin recato alguno todas las instalaciones militares de su vecino del norte.

La amenaza fue contundente: Líbano regresaría a la Edad de Piedra.

Se habla mucho del potencial bélico que ha acumulado Hezbolá en los últimos años, pero hay una cosa que es por demás obvia: Israel no se ha quedado atrás. Es obvio que también el estado judío se ha dedicado a prepararse para una eventual guerra contra el que es, fuera de toda duda, su peor enemigo. Y también es obvio que Israel tiene todas las ventajas que Hezbolá no tiene: mayor desarrollo tecnológico, y sobre todo que Israel depende de sí mismo. Hezbolá depende de Irán, una nación enferma y en crisis.

¿Habrá guerra en el Líbano?

Imposible anticiparlo por el momento. Hay muchos esfuerzos que se están haciendo entre Rusia y Estados Unidos a partir de la premisa de que, en realidad, a las dos grandes potencias les conviene que las cosas se calmen.

Pero si las fricciones entre Arabia Saudita e Irán siguen creciendo (irónico: esas serían el detonante de una confrontación; curiosamente, si todo dependiera de Israel e Irán, es casi seguro que no habría ningún conflicto en el mediano plazo), es probable que todo se dirija a un conflicto destinado a desmantelar a Hezbolá.

Y eso significa destruir a Líbano.

Y, lamentablemente, parece que a ninguna de las potencias mundiales le importa.

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