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Idea peligrosa para cambiar a la comunidad

NAHUM BALL

Si algo me quedó claro después de mi participación en la Ciudad de las Ideas es que el desarrollo social, cultural y nacional depende principalmente de la educación. Emanuel Jal, quien fue niño y soldado durante el combate de Sudán, nos explicaba que para el desarrollo de África no hacía falta regalar comida sino construir escuelas.

Por más obvio que parezca, en la comunidad judeo-mexicana no hemos podido explotar este principio básico para “producir” gente con ciertos valores que logren ser útiles a la sociedad, de una manera positiva y en el ámbito que mejor logren desarrollarse.

Salí de una escuela de la Red hace tres años y al entrar a la universidad me di cuenta de que estaba completamente rezagado con lo que se me exigía en un nivel superior, a pesar de llegar becado por excelencia académica en la preparatoria. Además de esto, no puedo más que sentir vergüenza con lo que nos identifica como judíos hoy en día, como fue comprobado por los resultados de la prueba de Espejos; para los jóvenes de la comunidad, lo más importante es lo material y lo económico.

Llegué a la conclusión de que esto sucede por una serie de razones:

La primera es que las escuelas judías no permiten desarrollar habilidades particulares según las capacidades de los alumnos. Me queda claro que existen estudios básicos que todos debemos tener, pero no nos permiten tener un enfoque particular. Crean alumnos que saben un poco de todo y mucho de nada. Si yo soy un alumno con grandes habilidades en la literatura o el arte, no puedo encontrar más que un par de clases con ese enfoque entre las casi 60 que se llevan entre secundaria y preparatoria. Esto se puede resolver permitiendo que una cantidad importante de materias sean optativas (con distintos enfoques) permitiendo que el alumno decida un camino particular según sus gustos.

La escuela debe permitir que nos desarrollemos en áreas que elijamos según nuestras habilidades y no según sus capacidades.

La segunda es la calidad de los maestros. Existen pocos maestros (y cuando digo pocos me refiero a que no recuerdo a más de los que puedo contar con una mano durante toda mi estancia en la escuela) que en realidad valen la pena. Las escuelas judías no pueden ser un refugio para profesionales que no han podido desarrollarse en el ámbito laboral, debemos buscar a los mejores de cada área y remunerarlos por lo que valen. Debemos reenfocar los costos de las escuelas hacía lo que más “vale”: lo académico.

La tercera razón es que siempre pensé que al estar en una escuela judía no hacía daño sacrificar un poco el área académica, con tal de que se aprendan valores, traiciones, e historia judía.

Resulta que aquellos valores por los que nos enorgullecemos han sido completamente olvidados y cambiados por “valores” completamente materiales. En nuestra comunidad y en nuestras escuelas sólo valemos por nuestras posesiones.

No podemos seguir justificándonos diciendo que lo principal está en la casa, debemos buscar nuevas estrategias para que las ocho horas que pasamos en la escuela todos los días, nos permitan desarrollarnos de una manera positiva.

Debemos regresar a los principios básicos del judaísmo por los cuales nos enorgullecemos: admiramos a Einstein por su desarrollo científico y no permitimos que de nuestras escuelas salgan nuevos Einsteins; debemos volver a enseñar los valores básicos del judaísmo que permitieron la construcción de las normas y las leyes universales.

No hay vuelta atrás, no podemos seguir poniendo parches en nuestro sistema educativo. Encontramos un nuevo enfoque educativo en las escuelas, o estamos condenados a la putrefacción comunitaria.

Estamos en una etapa clave donde tenemos que tomar la decisión de qué queremos hacer con nuestra comunidad. Hay que decidir si tomar esta nueva vuelta visionaria y progresista, o seguir por esa dirección retrógrada que en un pasado nos ayudó a formar una comunidad fuerte pero hoy en día no es suficiente para mantenerla en pie.

DEL LIBRO “IDEAS JÓVENES” DE FUNDACIÓN METTA SAADE

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