avatar_default

Enlace Judío México e Israel – La historia de Troy Bronson podría ser la de cualquier joven mexicano marcado por la pobreza, el abandono y la violencia. Sin embargo, él decidió persistir para alcanzar sus sueños y hoy vive su sueño al mejor estilo del cine de Hollywood. Conoce su historia. 

Pareciera que la vida de Troy Bronson estuvo marcada por la migración desde el comienzo. Nació en Seattle, Washington, pero creció en Sinaloa, un estado mundialmente famoso por ser el origen del que probablemente haya sido el cartel del narcotráfico más grande y poderoso que hayamos conocido.

De su infancia en Sinaloa, Troy recuerda que “desde pequeños nos tuvimos que acostumbrar a las muertes, a los carteles y a los sicarios, y siento que esa fue una de las cosas que me hicieron mudarme, irme a los Estados Unidos.”

Al año de nacido, Troy fue abandonado por su madre y su padre judío, y fue su abuela quien se encargó de criarlos a él y a su hermana. “Mi infancia fue muy pobre, la verdad, mi abuela era la encargada de mí y de mi hermana y nada qué decir, la verdad, simplemente nada más se encargaba de que fuéramos a la escuela y que comiéramos. La ausencia de mi mamá y de mi papá siempre estuvo ahí. Mi mamá regresó pero ya fue más tarde.”

A los 19 años Troy, que ya desde los 10 poseía una cámara fotográfica precaria, decidió que no quería seguir viviendo en aquel infierno de violencia irrefrenable, por lo que para escapar, le pidió a su madre que le ayudara a tramitar su pasaporte estadunidense, con el pretexto de acudir a una clase de Historia en aquel país.

Así llegó a su país natal, sin hablar inglés y refugiándose en cualquier parte: la casa del amigo de un amigo, un refugio para indigentes, algún sitio público… “Mi primer trabajo fue lavando platos, porque no sabía inglés. Es un trabajo muy conocido para personas que no saben hablar inglés. Mis compañeros de trabajo eran señores de Oaxaca que cruzaron la frontera ilegalmente (…). Siempre me decían que por qué estaba trabajando con ellos si era americano.”

Nacido en Estados Unidos, de padre judío, piel blanca e inconfundible acento mexicano, Troy Bronson debe de haber desconcertado a más de uno, incluso en aquel país, donde la multiculturalidad y la migración son cotidianas, aunque entren en pugna con el racismo y la discriminación, bien extendidas sobre su territorio.

Bronson conversa vía remota con Enlace Judío. Nos cuenta su historia con una gran sencillez, en un español ya menos fluido que su inglés, un idioma que le llevó solo algunos meses aprender, pues “Siento que el inglés es uno de los idiomas más fáciles” de cuantos ha conocido. Y aunque no los hable, ha conocido muchos.

Como location scout o buscador de locaciones, el trabajo de Troy consiste en leer guiones de películas y viajar por el mundo en busca de los mejores escenarios para convertir dichos guiones en imágenes: paisajes asombrosos, callejones, plazas… Troy es un aventurero que, cámara en mano, ha recorrido 34 países para hacer su trabajo, uno que ama y por el que le pagan bien.

Pero llegar ahí no fue sencillo. Después de aquel trabajo de lavaplatos, Bronson realizó una pequeña mejora cualitativa y consiguió un puesto en una cadena de comida rápida, donde tenía que interactuar con clientes y, por ende, hablar inglés. Un inglés muy básico, admite, pero que sin embargo, le permitió practicar esa lengua que terminaría por abrirle las puertas de sus sueños.

Al fin, Bronson llegó a California. Consiguió entrar al Santa Monica College y vivir en esa ciudad. Santa Mónica “es una ciudad muy bonita y, tan solo caminando, era muy normal ver a artistas de Hollywood, a personas que han ganado Óscares y todo eso… así que yo directamente iba con ellos y les preguntaba que si tenían trabajo para mí, y se asombraban y me daban trabajo.”

Y cuando una puerta no se abría de inmediato, Bronson practicaba su mantra, esa palabra que, dice, lo define y que le ha servido para vencer cualquier intento de la adversidad por ponerle un alto a su incansable viaje por el mundo: persistencia. Bronson es el tipo de persona que no acepta un “no” como respuesta.

Tampoco se conforma. Aunque su trabajo como location scout le ha permitido estar en 34 países y ver paisajes con los que otros solo sueñan, Bronson quiso terminar sus estudios en una de las escuelas más prestigiosas de Estados Unidos, la Universidad de Berkeley, California. De esta institución, Bronson reconoce su carácter incluyente, tolerante.

Nos cuenta que ahí estudian personas mayores, afroamericanos, transexuales, migrantes, expresidiarios… En fin, un muestrario del amplio espectro social que se dispersa por el territorio estadunidense, ahí concentrado en un campus donde la pluralidad y la diversidad son valores y no amenazas.

En aquel ambiente, Bronson comenzó a convivir con muchos chicos judíos. Cenas de Shabat, conversaciones profundas o triviales… todo ello comenzó a detonar el interés del joven por su origen. El padre judío ausente. El pasado milenario cuya memoria le fue arrebatada y que, ahora, él estaba dispuesto a recuperar.

Uno de sus viajes lo llevó a Israel, esa tierra originaria que lo marcaría para siempre. Dice que tocar “fue una de las cosas más bonitas que me pudo pasar (…). Poder rezar tocando el Muro de los Lamentos fue una experiencia con mucho poder. Ese lugar tiene una vibra muy indescriptible, no sé cómo explicarla.”

En los silencios que se abren en la conversación, se adivina a un Troy Bronson que busca las palabras correctas para decir, en español, aquello que probablemente podría describir mejor en inglés o, incluso, en ese lenguaje de la lente, el de las imágenes finas, que con creatividad ha plasmado en cientos, miles de fotos asombrosas, instantáneas permanentes cuyas huellas pueden verse en su cuenta de Instagram o en su página we personal.

“Sentí que todo alrededor de mí desapareció y me sentí muy tranquilo. Sentí un tipo de energía que entraba por mi mano, por mi todo mi cuerpo y mi corazón, y pude estar en paz, y eso es algo que me hacía mucha falta porque fue como parar por un momento y quedarme ahí, estar en paz…”

Así define su conexión con aquella pared, sagrada para millones, y con los miles de años impresos en la mitad de su genealogía, de su ascendencia. El abandono de su padre no pudo arrebatarle ese retorno al origen. Hoy, el joven sueña con volver a aquel país, especial entre todos los otros.

Sin embargo, la escena que más atesora en su memoria se ancla en otro punto de Asia.

“Una de las experiencias más bonitas que he tenido fue en Tailandia. Estaba lloviendo algo fuerte y recuerdo que iba de regreso al hotel con mi cámara, y recuerdo ver a un grupo de niños jugando futbol pero no tenían pelota, era una botella de plástico y eran los niños más felices de todo el mundo; se les podía ver en las caras: eran felices jugando aunque estuviera lloviendo (…). Me detuve como por unos 20 minutos para verlos, porque me recordó mucho de mi infancia, que tuve que jugar con cosas, no sé, de cartón, de lo que sea, porque mi abuela nunca tuvo dinero para comprarnos juguetes.”

A esa abuela, Bronson le prometió que terminaría su carrera universitaria, aunque él piensa que, para realizar su trabajo, aquello tiene un carácter ornamental. “Es como un paso atrás”, dice, pues sabe que, una vez que egrese de Berkeley, su carrera en el cine seguirá ahí, esperando por él para llevarlo de vuelta a recorrer el mundo.

Sabe que su destino está en esa industria, sueña con ser director o productor, sueña en emular al cineasta francés Bastien Dubois, para quien fotografió la capilla de Malverde, en Sinaloa, y a quien conoció a través de una plataforma de couch surfing.

Pero sus inquietudes no se limitan al hedonismo del viajero. Los desprotegidos siempre están en su mente e impulsan sus acciones. “Tengo un amigo que es VIH positivo, casi se muere una vez, un año que sus defensas bajaron mucho. Y después, cuando estuve trabajando y estudiando en Sudáfrica, decidí ir a un hospital de niños infectados con VIH, que no se infectan ellos, simplemente nacen ya con el virus, y sentí como una responsabilidad de hacerlo.”

Llevarles juguetes, organizar fiestas y eventos para alegrar a esos niños, fue para él una forma de suplir las carencias que padeció de niño, en esa infancia caracterizada por el abandono y la indiferencia de sus padres.

Desde su casa en California, Bronson se despide de Enlace Judío. No puede saberse aún si alcanzará sus sueños, hasta dónde lo llevará su búsqueda de la belleza y la aventura, ni cuánto logrará hacer por quienes más urgidos están de ayuda, pero la palabra “persistencia” sigue ahí, fija en su mente como una fotografía nítida y poderosa. ¡Quién puede dudar que el joven llegará tan lejos como se lo proponga!

 

Reproducción autorizada con la mención: ©EnlaceJudío

Destacadas

Exclusivas

Judaísmo