Acabo de cumplir 54 años de edad, y nunca en la vida había sentido tanto estrés, tanta furia, tanto desánimo, tanta euforia, o tanta excitación, como en el última año y medio. Esta guerra está dejando una huella profunda dentro de mí.
Supongo que todos, cada uno a su manera, pasamos por lo mismo, o por algo similar. A todos nos impacta en lo más profundo del alma todo lo que sucede en Israel.
En mi experiencia personal, uno de los retos más “interesantes” fue aprender a lidiar con los ataques de ansiedad. Identificar los síntomas, racionalizar el momento, dejarlo fluir pero también dejarlo pasar para no quedarme ahí atorado.
Creo que puedo presumir que lo he hecho bastante bien, al punto que ya casi me siento inmune a eso. Sólo una vez realmente me llevé un buen susto. Fue de madrugada, y estaba profundamente dormido. De pronto, empecé a despertar por partes. Primero una parte de mi cerebro, supongo; luego el cuerpo, poco a poco, luego el resto de mi conciencia.
Pero desperté asustado, porque no podía respirar. Ese yo semi-despierto se dio cuenta que la respiración estaba obstruida casi por completo, y que además había una fuerte opresión en el pecho. Ese yo medio despierto de inmediato pensó “¡infarto!”, hasta que el otro yo medio dormido terminó de reaccionar para decir “no, es el gato; se le ocurrió dormirse encima de tu esternón”.
Otras cosas se me juntaron, a la par de los sustos que me ponen mis gatos, el estrés de la guerra, y mi batalla personal contra los ataques de ansiedad. Estuve trabajando en algunos aspectos de comunicación durante las campañas electorales del año pasado. Más estrés, esta vez por el país. Por una crisis que afectó negocios familiares, tuve que absorber presiones económicas que no estaban planeadas. Más presión. Lidiar con la familia, claro, aunque eso es normal.
Por supuesto, para mí es un tanto especial porque “lo normal” es estar al pendiente de mi mamá y cuidarla aunque no viva con ella, toda vez que acaba de cumplir 90 años. Lúcida, fuerte y ágil como ella sola, pero son 90. Requiere, y se merece, toda la atención. Y la hija, claro. Ya es adulta, pero es la hija, y vive en Holanda. Y a finales de mayo o inicios de junio me hará debutar como abuelo, así que ahora me preocupo por otros cuatro. Helena, Lior, Liam —el perro, que también me cae muy bien—, y Avigail, que viene en camino.
Vaya, un año para volverme loco, pero pude con eso. Siempre me levanto repitiéndome que puedo con eso y más. Que no hay problema. Que puedo atender a todos, incluso mientras reviso las cuentas de X que se publican desde Israel y que van actualizándonos en tiempo real sobre la guerra.
Y, sin embargo, de pronto entro en cuenta de lo débil que soy.
Lo empecé a sentir cuando liberaron a las primeras tres rehenes. Mark Achar y yo hicimos una transmisión especial. Hice todos los esfuerzos de concentración para controlar mis emociones mientras hablaba, pero pues no más no me salió. Me quebré por completo apenas empecé a hablar. Para nada es queja. Estaba tan emocionado y agradecido, al igual que todos, de que tres mujeres judías, tres hermanas, o hijas mías, hubieran salido del infierno.
Con el paso de los días volví a ser el mismo. Siempre controlado, siempre frío, siempre despierto. Pero eso es la apariencia. Por dentro estoy tan resquebrajado como cualquier otro judío en el mundo que tenga despierto el corazón.
Lo volvía a sentir con todo el desenlace de los niños Bibas. Volvía darme cuenta que las lágrimas las tengo siempre a punto de salirse de mis ojos. No tengo que concentrarme de manera especial, o pensarle mucho, para que la emoción salga y empiece a llorar. Lo puedo hacer, literalmente, en cualquier momento (si fuera yo actor, estaría perfecto para cualquier papel exageradamente melancólico).
Porque soy débil, tal vez como toda mi generación.
Estuve pensando en el tío Will Calderón. Tío de mi mamá, primo de mi abuela. Estadounidense, pero él, sus papás y su hermano Peter se vinieron a México y se establecieron en Puebla. Eran familia de dinero, y eso llamó la atención de los cristeros (justo en un año será el centenario del inicio de esa guerra). Donde ellos vivían no hubo combates, pero sí secuestros. Así financiaban su guerrilla los rebeldes ultra-religiosos.
A mi tío Will se lo llevaron una noche. Hubo que pagar un montón de monedas de oro para su rescate. Su papá las tuvo, y lo salvó. Matir Asurim, decimos siempre en cada Amidá. Pero el tío Will no llegó bien. Los ataques de ansiedad, por supuesto. Pero los de verdad, no como los míos. Tres meses después, el corazón no soportó, y murió. Veinticuatro años tenía.
Luego llegó la amenaza. “Señor Calderón, vaya juntando más monedas de oro, porque vamos por su otro hijo”. El tío Peter, Pedro para sus vecinos de Puebla, mejor huyó. Su papá juntó el dinero, pero se lo dio al hijo y este se desapareció treinta años. Mejor vivir escondido. Cuando regresó, ya no era Pedro Calderón. Se había cambiado el nombre para pasar desapercibido y dedicarse a la cría de ganado lechero. Heraclio Dávila, firmaba. Eso de pasar desapercibido no le salió bien, por supuesto.
Lo sefardita se le notaba a leguas, y además se casó con la tía Teresa Diduszcak, una tremenda mujer de 1.83 de estatura que, junto con su mamá, se salvó de Auschwitz de puro milagro. El médico alemán que las habría podido enviar directo al horno crematorio las reconoció. Había sido amigo del papá en la facultad de medicina.
Las mandó a las barracas, las escondió en tambos de ropa sucia, las sacó del campo de concentración, las abandonó en la carretera con una mochila en la que había un pan y una cantimplora, y sólo les dio dos instrucciones: caminen hacia el este de noche; de día, intérnense en el bosque y escóndanse. Cosa de cuatro o cinco días para que fueran rescatadas por los rusos. El cálculo fue correcto, y así se salvaron del infierno nazi.
Llegaron a México en un pequeño barco en el que la mamá (Jana, creo que se llamaba), hizo migas con el improvisado piloto —León Klemchak— y ya en México se casaron. Se establecieron en Jalisco, cerca de Guadalajara, justo en la época en la que empezaban a florecer los ranchos lecheros. Allí conocieron a Heraclio Dávila, un joven ya no tan joven que también andaba en el negocio, y unieron destinos. Teresa tenía 16 años cuando se casó; Heraclio creo que tenía 41.
Mis papás recuperaron el contacto con ellos cuando ya eran padres de diez personas, desde una niña de brazos hasta tres o cuatro adolescentes que todas las madrugadas se despertaban antes que el sol para ordeñar las vacas, y luego salir a repartir la leche en los barrios periféricos de Guadalajara.
Apenas sí conocí al tío Heraclio y a la tía Teresa. Por cuestión generacional, me tocó más bien conocer a los primos de mi mamá y a sus hijos.
Pero ahí estuvieron los dos tíos, los sobrevivientes de mil desgracias, la hermosa mujer con piel de sol y ojos azules profundos que se salvó del horror de Auschwitz sólo porque un maldito nazi tuvo un golpe de memoria y un arrebato de humanidad; el fornido lechero con una nariz enorme que tuvo que vivir varios años huyendo de los cristeros, sentenciado a no saber nada de su familia durante tres décadas, obligado a no buscar a nadie, ni a su papá, ni a su mamá, ni a su adorada prima que fue la que más lo lloró al principio.
Su prima, un ángel hecho ser humano, una persona cargada de amor, hija y nieta de inmigrantes sefarditas de Ámsterdam, que junto con su esposo —un judío alemán— también tuvo que esconderse durante mucho tiempo de los cristeros, luego de los mexicanos que se enamoraron del nazismo aunque estuvieran en Veracruz.
La mujer a la que tuve el privilegio de tener por abuela, una mujer que, al igual que yo desde hace año y medio, las lágrimas la visitaban con mucha facilidad. No necesitaba mucho para llorar. ¿Qué recuerdos la asaltaban en esos momentos?
Mi abuelo, el yeke, el corretero textil que se tuvo que cambiar el nombre dos veces para sobrevivir, era todo lo contrario. Yeke, a fin de cuentas. Frío, calculador, seco, organizado, disciplinado, indestructible. Un hombre que se quedó solo con su mamá cuando era muy niño, y que tuvo que soportar una pobreza casi extrema por culpa de la Revolución Mexicana.
Ahí forjó su carácter, a veces —literalmente— en medio de las balas. Vio de cerca, a unos metros, la Decena Trágica. Tuvo que huir de la tropa zapatista, la original, la de verdad, a caballo hasta Querétaro. Y no porque fuera soldado, sino por la peregrina suerte de haber ido a visitar a un amigo suyo que era coronel carrancista. Quiso la suerte que ese día hubiera balazos y no tuvieran más alternativa que escaparse a todo galope.
Cuatro titanes que conocí desde mi infancia. Cuatro personas que tuvieron que reconstruirse después de atestiguar diferentes guerras.
Ellos sí eran fuertes. Yo qué. Yo me la pasó histérico y estresado revisando noticias en X, y luego me pego a mi computadora a escribir, o me conecto a un portal de streaming para dar charlas.
Y me estoy quebrando. Y siento que ya no aguanto, que ya estoy harto, que ya quiero que acabé esta maldita guerra.
Soy débil. Será la época que me tocó vivir. Será el destino de todos los que, como yo, conocimos a esos judíos que vivieron las guerras de otras épocas, pero que no tenían a Israel, aunque sí tenían sus fuertes piernas en las que nos sentaban para contarnos cómo sobrevivieron, como llegaron aquí, como se reconstruyeron, como lograron que yo no tuviera que sufrir nada de eso.
Soy uno de los tantos afortunados que caminan montados en los hombros de gigantes.
No soy como mis abuelos, ni siquiera como mis padres, pero aquí estoy. Esto es con lo que me tocó lidiar, y aunque mi corazón siente que se quiebra en mil pedazos desde mi escritorio y mi computadora en la que escribo al mismo tiempo que puedo escuchar a Mozart, de todos modos respiro, medito en mis limitaciones, me inspiró en la memoria de quienes me precedieron, y sigo aquí, al pie del cañón, con lo poco que puedo hacer y lo mucho que tengo que sentir.
Por Israel, por mi gente, por los Bibas, por los demás rehenes, por mis muertos, por mis heridos, por mis jayalim, por ustedes mis queridos lectores.
Hineni.
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