El brusco despido de Ronen Bar de sus funciones como responsable del servicio de seguridad Shin Bet oscurece el devenir de la democracia israelí.
Sin miedo y con impecable claridad, Bar señaló flaqueza y errores de Benjamín Netanyahu en escenarios públicos y militares que desde hace dieciocho meses abruman a nuestro país.
Valiente acto que abrió paso en las últimas horas a una difícil jornada en la Corte Suprema de Justicia que en estos días debe resolver si el despido de Bar por parte de Netanyahu tiene validez.
Un hecho que se acompaña con reiteradas iniciativas parlamentarias por parte del Likud dirigidas a reducir considerablemente las facultades de la Corte Suprema y lesionar el espíritu democrático en el país.
No es accidente en este contexto la actitud que adoptó Benjamín Netanyahu cuando Yitzhak Amit fue nombrado Presidente de la Corte Suprema. Al igual que otros miembros del Likud, ignoró este hecho poniendo en riesgo la división de poderes que garantiza el libre y ordenado juego democrático.
Para amplios sectores de Israel resulta claro que si un Primer Ministro designa y supervisa con cálculos personales al responsable de los
servicios de seguridad y espionaje en nuestro país, la democracia israelí conocerá graves heridas.
Por añadidura, el ascenso y la erguida presencia de un Trump en el escenario internacional acentúan los impulsos autoritarios que Netanyahu despliega en esas circunstancias.
Inquietante perspectiva que no solo pone en aprietos a nuestra democracia. Alienta, en unión de otras circunstancias, el abandono del
país por parte de familias con hijos adolescentes ya fatigadas por un interminable torneo militar.
Situación que tuvo comienzo en las iniciativas parlamentarias dirigidas a reducir considerablemente las facultades del Poder Judicial, aspiración que Benjamín Netanyahu y la coalición gubernamental no ha dejado de vocear en los dos últimos años.
En el inicio de las deliberaciones se permitió la presencia de un nutrido y diversificado público. Pero las incesantes protestas e interrupciones, especialmente de la diputada por el Likud, Tally Gottlieb obligaron el vaciamiento del público.
La Corte Suprema debe resolver si el despido de Bar es justificado.
A nadie se le escapa que la democracia se sostiene merced a una pulcra división de poderes, principio que debe regir en los nexos entre un Primer Ministro y el responsable de los servicios de seguridad.
No pocos hechos indican que Netanyahu pretende, tal vez apegado al fresco ejemplo de Trump, centrar el poder exigiendo absoluta lealtad personal.
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