Para algunos es el nombre del Papa Francisco que en estos días conoció el inevitable fin. Para otros es el cura Jorge Mario, el porteño bonaerense que jamás eludió el rezo y los ritmos del tango incluso cuando asumió en 2013 el supremo cargo en el Vaticano.
Vida y giros singulares de un hijo de familia italiana que trastornada por los altibajos de un Mussolini llegó en los años treinta a las inquietas calles de Buenos Aires. Y en esta ciudad vio la luz y conoció el tango.
Un frustrado amor de adolescente, las crónicas apuntan, reforzó sus disciplinados hábitos que al cabo lo condujeron a abrazar la vocación de lúcido cristiano.
La tolerancia al prójimo fue firme rasgo en su vida. Defendió todas las versiones del monoteísmo conforme a las orientaciones del Papa Pío Yohanán 23 cuando este buscó redefinir, al término de la Segunda Guerra Mundial, un nuevo perfil doctrinario que incluyó apretados nexos con el judaísmo.
Conforme a sus prescripciones ya no procede culpar a los judíos por la crucifixión de Jesús. La culpa, si existe, solo gravita en la generación que con él convivió. Sus descendientes no pueden ni deben asumir carga alguna por este hecho.
De aquí que para Jorge Mario no es atinado ni tolerable que generaciones de judíos paguen o sean condenados por este trágico hecho y , en consecuencia, ningún castigo o pena se justifican pues “Dios respeta con amor al pueblo judío…”
Desde entonces, la Iglesia se opone a cualquier expresión anti-judía, pues su amor al ser humano es universal.
Como resultado de estos mandatos, el Vaticano presenta desde 1965 una firme actitud contra el antisemitismo, alienta el diálogo con líderes del judaísmo, lo reconoce como semilla del cristianismo, y pide recordar que Jesús, sus padres y los 12 fieles fueron judíos. Actitud que Jorge Mario Bergoglio como nuevo líder de la Iglesia asumió con vertical empeño desde 2013.
Opino que sus experiencias bonaerenses, su firme tolerancia al Otro que reveló desde años tempranos en su vida, y el legado de Pío Yohanán 23 modelaron desde entonces su ejemplar conducta.
El luto por su muerte abarca amplios espacios. Y no es accidente que el presidente Trump, entre otros, resolvió tomar parte en los funerales.
Cabe lamentar que Benjamín Netanyahu no siguió este ejemplo. Su ausencia y la asistencia de un representante israelí de bajo nivel es ofensa personal y error político.
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