Sofía López / No son cifras. Son vidas. De un lado y del otro

-FOTODELDIA- JERUSALEN (ISRAEL), 27/02/2023.- Familiares y allegados lloran en el transcurso del funeral por la muerte de dos hermanos israelies, Hillel y Yagel Yaniv, en el cementerio militar del Monte Herzl en Jerusalen. Hillel y Yagel Yaniv fueron asesinados por un conductor palestino en Huwara el pasado 26 de febrero, segun las autoridades israelies. (EFE/ Abir Sultan)

Yo pensaba que sabía lo que era una guerra.

Lo había leído. Lo había estudiado.

Lo había imaginado.

Pero no.

No es lo mismo saberlo que verlo.

Esta guerra nos ha mostrado la brutalidad de la guerra en vivo y en directo.

No es una lección de historia. No es una cifra de muertos.

Es ver la sangre aún fresca.

Es escuchar llantos que no llegan filtrados por los años.

Es quedarse helada frente a un dolor que no puede archivarse.

Frente a eso, mi convicción más profunda se tambalea.

Creo en la necesidad de negociar.

Creo que la prioridad absoluta deben ser los rehenes.

Porque la guerra, por definición, no asegura vidas: las arriesga.

Cada día que pasa, se juega con ellas.

Pero negociar con terroristas es jugar en un terreno tramposo.

Donde las reglas no existen.

Donde las palabras son trampas.

Y si me preguntaran qué haría yo, con todo ese peso sobre los hombros,

honestamente, no sé qué respondería.

Me duele la destrucción en Gaza.

Me duele el dolor de madres que también buscan a sus hijos.

Pero me indigna saber que ese dolor fue sembrado a propósito.

Que en lugar de proteger a su pueblo, Hamás eligió convertirlo en carne de cañón.

Que en lugar de refugios, cavaron túneles de muerte.

Que prefirieron perpetuar la guerra antes que proteger la vida.

Rezo todos los días para que los palestinos tengan, algún día, un liderazgo que quiera una vida para ellos,

y no solo transformar a sus hijos en mártires.

Pienso en la madre de Hersh.

Que, aunque le arrebataron a su hijo, aunque la herida es brutal,

al menos tiene un lugar donde llorarlo.

Un sitio donde su dolor puede posarse.

Otros ni siquiera tienen eso.

Otros siguen esperando un cuerpo, un nombre, una despedida.

Esta guerra no puede dejarnos indiferentes.

No puede robarnos la capacidad de llorar.

No puede robarnos la rabia ante lo injustificable.

Y esa capacidad de llorar no puede ser selectiva.

Debe dolernos cada vida inocente, de un lado y del otro.

Porque si dejamos de dolernos —si elegimos mirar solo el dolor que nos conviene—

entonces sí, habremos perdido la guerra más importante: la de perder el alma.


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