Nuestro país conoce hoy un complicado drama sin antecedente alguno en esta parcela del mundo.
De un lado, los 58 rehenes israelíes – vivos y muertos – en Gaza provocan sin cesar múltiples protestas y lágrimas en las amplias multitudes que recorren las calles de las principales ciudades de Israel.
Y del otro, el hambre y las muertes abruman a Gaza sin distinguir edad o género.
Dos agitados frentes que apenas conmueven al gobierno de Benjamín Netanyahu.
Múltiples señales y eventos indican que pronto se verificará un cambio radical y comprensivo en el Medio Oriente.
Los pobladores de Gaza, 1.8 millones de los 2.5 millones antes de la guerra, deberán resolver si continúan en su tierra una azarosa vida
sometidos a un dominio aún no claro o emigran a lejanos países donde probablemente conocerán el desprecio y la marginalidad.
Israel, por otra parte, debe sopesar después de la actividad militar en Gaza, Líbano y Siria, los costos y beneficios de un ataque a Irán con el objeto de impedirle la adopción del arma nuclear.
Inquietantes escenarios y perspectivas que apenas merecen prudente atención en el gobierno de Netanyahu.
Antes al contrario, desde hace dos años nuestro país conoce, entre otros desvíos, la constante movilización de efectivos militares sin participación alguna de los círculos ortodoxos que forman parte de la presente coalición gubernamental.
El reciente nombramiento de David Zini como jefe del servicio de seguridad Shin Bet sin el debido apoyo del Poder Judicial y de la fiscal general Gali Beharav Miara gravemente complica el presente escenario.
Por añadidura, amplios sectores públicos temen que en un acto absolutamente arbitrario, Bibi y sus partidarios postergarán la fecha del
próximo torneo electoral que debe verificarse el próximo año.
Intención que, si cristaliza, habrá de desgarrar gravemente, en unión de otras circunstancias, el sistema democrático de nuestro país.
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