Irving Gatell/ Netanyahu y el final de una era

Las elecciones en Israel están cada vez más cerca. Cada vez son más probables. Seguramente se realizarán una vez terminada la guerra, y no sabemos si Netanyahu perderá el cargo de Primer Ministro. Lo que sí podemos asegurar es que una era está terminando, y no en el sentido que la mayoría se imagina.

El ciclo que está cerrándose en Israel no tiene nada que ver con Netanyahu, ni con el Likud, ni con personas (al caso, si Netanyahu pierde será ante Bennett, que gobernará de un modo bastante similar, incluso hasta más radical).

Es otra cosa a la que hay que ponerle atención, y me atrevo a decir que es algo bueno.

Tengo 54 años de edad. Nací justo entre las guerras de los Seis Días y Yom Kippur, y un poco después de que Pelé se consagrara en el Estadio Azteca y Brasil ganara de manera definitiva la Copa Jules Rimet. Mi mamá, poco después, se volvería una gran admiradora de Golda Meir. Hacia finales de los setentas, yo sería otro de tantos niños a los que nos obligaron a ver películas y documentales sobre el Holocausto “porque tenía que saber qué fue lo que sucedió”. Todo eso fue dándole forma a mi sionismo infantil y luego juvenil, y de algún modo determinó lo que soy hasta la fecha.

La primera vez que estuve frente al televisor día tras día, pendiente de noticias internacionales a las que quería darles seguimiento, fue cuando Israel devastó el Líbano en 1982, en su esfuerzo por aplastar a la OLP. Un año después celebré por primera vez el resultado de una elección en Israel, cuando llegué a casa al medio día después de un rudo día escolar en sexto de primaria, y mi mamá me recibió con un estruendoso grito de “¡Ganó Shamir! ¡Ganó Shamir!”. Sí, lo admito. Nunca lo he negado. En casa somos likudniks.

En esos tiempos, hablar de política israelí era hablar no sólo de Shamir, sino también de Rabin, de Peres, de Sharón. Los más visibles, pero junto con ellos, toda una lista de héroes que habían luchado en todas las guerras contra los árabes.

En otras palabras, yo nací 22 años después de la refundación de Israel, pero crecí abrigado por la imponente figura de los héroes que nos dieron una patria, los próceres que lograron que mi psicología como judía fuese muy distinta a la de mi abuelo materno, el yeke que tuvo que cambiar varias veces su nombre para protegerse del antisemitismo, y que buscó en el marxismo la alternativa para solucionar todos esos problemas que teníamos en aquellos años en los que un estado judío era una quimera. Un típico judío ashkenazí nacido a finales del siglo XIX.

Ya como adolescente y joven, me tocó ver cómo los kibutzim tenían que modernizarse, o estar al pendiente de la Primera Intifada, los Acuerdos de Oslo, o el asesinato de Rabin.

Días convulsos, tiempos inciertos y, sin embargo, todo parecía contenerse al amparo de esas últimas figuras casi mitológicas que seguían vivos y activos en la política israelí. Ya para los noventas, los más importantes eran Shimón Peres y Ariel Sharón.

Ya era yo un tipo de más de 30 años tratando de adaptarse al siglo XXI cuando tomé conciencia de que esos próceres pronto iban a morir. Ya eran ancianos. Su labor estaba hecha. Fue cuando empezó a llamarme la atención que, de todos modos, la gente de mi generación estaba tan acostumbrada a ese tipo de figuras, que de manera natural podíamos aceptar el caudillismo (o hasta cacicazgo) de otros líderes políticos que hubiesen nacido después de la independencia de Israel, o apenas un poco antes. Ehud Barak, por ejemplo, nacido en 1942 y que, por lógica, no tomó parte en la guerra de independencia. O Netanyahu, nacido en 1949. En menor grado, otros como Ehud Olmert o Reuven Rivlin.

Está bien. Es lógico. Somos los judíos que todavía vimos a Israel luchando contra todo el mundo árabe, junto con nuestros padres y abuelos que habían visto al pueblo judío luchar para recuperar y luego defender a Israel.

En nuestro paradigma político existe, perfectamente, la posibilidad de entender como lógico, racional y hasta conveniente que haya políticos que dominan el panorama durante décadas enteras.

Así nacen las naciones. Así se forja la narrativa de los héroes.

Esa es la era que está acabando. Todos los judíos y todos los israelíes que tienen 30 años de edad o menos, nacieron después de Oslo. Para ellos, la Primera Intifada es un dato de libro de historia, tan lejano para la psique como el Decreto de Expulsión de España. Eso no significa que no le den importancia. Eso lo entienden bien, pero son eventos que no representan una experiencia existencial directa como para nosotros, que podemos decir “eso yo lo vi en la televisión”.

Las nuevas generaciones entienden bien lo que ha sido la lucha por Israel. Y si no lo entendían, el brutal atentado del 7 de octubre los puso en la misma frecuencia emocional que a nosotros. Sin embargo, hay algo que nosotros tenemos, y nuestros hijos, nietos y lo que siga, nunca van a poder reproducir: la normalización de políticos que dominan el panorama durante décadas.

Y qué bueno. A 77 años de su creación, el estado de Israel ya es adulto. Ya no necesita héroes, sino políticos y militares eficientes. Gente que tal vez sea gris en su personalidad, pero que haga bien su trabajo.

Con esta guerra en Gaza (y en Líbano, y casi con toda seguridad en Irán), termina una etapa y comienza otra.

Sin duda, a la larga esta guerra será recordada como el máximo logro de Netanyahu. Digan lo que digan, fue su tenacidad la que logró la derrota de Hamas y Hezbollah, y siguen los ayatolas. Las consecuencias van a ser globales y profundas. Le van a dar rumbo al resto del siglo XXI.

Pero justo por esa razón es que, terminada la guerra, lo que sigue es el ocaso de Netanyahu. No tiene nada de raro, y no necesariamente va a darse en los términos que quisieran sus odiadores. Es tan simple como que este año va a cumplir 76, y por mucho que pudiera mantenerse vigente en el cargo, cada vez está más cerca la hora del retiro.

Casi con toda seguridad él va a ser el último político israelí que tendrá la capacidad de mantenerse activo —y de manera trascendental— durante casi 30 años. La tentación de nosotros, los viejos, será decir “oy vey, ya no hacen políticos como los de antes”.

No, no es eso, no será eso. Será, simplemente, que las próximas generaciones de israelíes y de judíos se van a tomar las cosas con más normalidad que nosotros, que fuimos testigos de las épocas en las que Israel se jugó la vida, y logró el éxito.

Mi hija y mi nieta no van a sufrir con exactamente eso. Ellas no van a tener la duda de si Israel va a sobrevivir. Crecerán confiadas en que Israel, nuestro Israel, es una potencia militar y tecnológica imbatible. Crecerán, por lo tanto, exigiendo eficiencia, a diferencia nuestra que siempre hemos exigido heroísmo.

Para nada es queja.

A cada quien le toca vivir su época, enfrentar sus retos, y en ese sentido estoy profundamente agradecido con D-os y con la vida que mi hija y mi nieta vayan a enfrentar retos distinos a los míos. Espero que nunca tengan que lidiar con un 7 de octubre, que nunca vayan a tener que pegarse a la computadora para estar pendientes de las noticias, de la guerra, de los datos, para luego estar todo el tiempo hablando, explicando, soportando el estrés.

Eso implica cambios profundos, y la mayoría de ellos se dan de manera natural. No se planean. Simplemente, la historia pasa, las personas —pero también los países— maduran, se añejan.

Pronto habrá elecciones en Israel. Netanyahu podría ganarlas en cuanto a número de escaños, pero no sabemos si podría integrar la coalición de gobierno. Muy seguramente, será el turno de Naftalí Bennett para, ahora sí, ser el Primer Ministro en serio, y no como la suplencia temporal que tuvo que hacer hace un par de años.

Es otra era, otro mundo. Para occidente, apenas está comenzando el siglo XXI. Para nosotros, apenas está terminando el siglo LVIII. En quince años celebraremos Rosh Hashaná 5800, y tal vez entonces tomemos plena conciencia de todo lo que cambió frente a nuestras narices.

Quiero pensar que vamos a sonreír, celebrar, bailar, brindar, abrazarnos, y pensaremos que la vida se fue demasiado rápido, pero también demasiado intensa. Y luego, lo obvio: si te fijas en el pueblo judío después de dos semanas, todo es distinto; si te fijas en el pueblo judío después de cuatro mil años, nada ha cambiado.

Seguimos siendo el mismo pueblo peregrino comprometido con hacer de Eretz Israel ese lugar prometido en el que fluya la leche y la miel.


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Irving Gatell: Nace en 1970 en la Ciudad de México y realiza estudios profesionales en Música y Teología. Como músico se ha desempeñado principalmente como profesor, conferencista y arreglista. Su labor docente la ha desarrollado para el Instituto Nacional de Bellas Artes (profesor de Contrapunto e Historia de la Música), y como conferencista se ha presentado en el Palacio de Bellas Artes (salas Manuel M. Ponce y Adamo Boari), Sala Silvestre Revueltas (Conjunto Cultural Ollin Yolliztli), Sala Nezahualcóyotl (UNAM), Centro Nacional de las Artes (Sala Blas Galindo), así como para diversas instituciones privadas en espacios como el Salón Constelaciones del Hotel Nikko, o la Hacienda de los Morales. Sus arreglos sinfónicos y sinfónico-corales se han interpretado en el Palacio de Bellas Artes (Sala Principal), Sala Nezahualcóyotl, Sala Ollin Yolliztli, Sala Blas Galindo (Centro Nacional de las Artes), Aula Magna (idem). Actualmente imparte charlas didácticas para la Orquesta Sinfónica Nacional antes de los conciertos dominicales en el Palacio de Bellas Artes, y es pianista titular de la Comunidad Bet El de México, sinagoga perteneciente al Movimiento Masortí (Conservador). Ha dictado charlas, talleres y seminarios sobre Historia de la Religión en el Instituto Cultural México Israel y la Sinagoga Histórica Justo Sierra. Desde 2012 colabora con la Agencia de Noticias Enlace Judío México, y se ha posicionado como uno de los articulistas de mayor alcance, especialmente por su tratamiento de temas de alto interés relacionados con la Biblia y la Historia del pueblo judío. Actualmente está preparando su incursión en el mundo de la literatura, que será con una colección de cuentos.