Están fallando, por enésima vez, las negociaciones entre Israel y Hamas para llegar a un acuerdo e alto al fuego. La culpa, por supuesto, es de Hamas. Ellos son quienes han puesto sobre la mesa condiciones inaceptables y, con ello, los que vuelven a tirar a darle al traste a la posibilidad de lograr una solución arreglada a la guerra que sigue devastando a Gaza.
Una cosa es definitiva: Con este nuevo fracaso en las negociaciones, queda claro que a Hamas no le interesa detener la guerra, y eso sólo puede significar que no existe ningún genocidio en Gaza. Lo que existe es una guerra, y continúa destruyendo el enclave palestino única y exclusivamente porque Hamas se aferra al combate.
¿Por qué lo hace? Hay varias razones, pero todas giran en torno a una expectativa tan irracional como contraproducente, a la que sólo le encuentran sentido los combatientes de este grupo terrorista.
Desde un principio, el peor fallo de Irán y sus aliados —Hamas incluido— fue la expectativa de que la comunidad internacional le pondría el alto a Israel. El plan original era que esto sucediera casi de inmediato al inicio de la guerra, digamos que hacia finales de 2023. Si eso hubiera pasado, Hamas habría recibido daños severos, pero más del 90% de su infraestructura (material y humana) habría resultado ilesa, y la guerra se habría saldado con una humillación terrible para Israel.
Pero eso no sucedió. La comunidad internacional dejó que Israel siguiera adelante con su estrategia militar, y el conflicto se prolongó ya casi dos años, con un saldo catastrófico para Hamas, y de paso también para Irán y Hezbollah.
Lo increíble es que, todavía en julio de 2025, el ruido político que se genera en Europa hace que Hamas vuelva a aferrarse a esa misma esperanza. Están acorralados, están desgastados, están en riesgo real de colapsar por completo, pero las recientes declaraciones de Francia, España, y otros 23 países que han exigido que Israel ponga fin a la guerra, han resucitado las esperanzas de Hamas en que esta presión sea suficiente para que Israel ceda en las exigencias del grupo terrorista.
Son varias las cosas que Hamas quiere obtener, pero la crisis gira alrededor de dos temas. Uno, la retirada israelí de Gaza; dos, la liberación de terroristas palestinos a cambio de los israelíes secuestrados.
En lo primero, Hamas exige que la guerra llegue a su fin definitivo, y que la retirada israelí sea total. En otras palabras, quiere que se les deje en paz para volver a tomar el control de Gaza. Eso, por supuesto, pasa por restablecer el sistema antiguo de distribución de la ayuda humanitaria, ese en el que la ONU, por medio de la UNRWA, ponían la ayuda (sobre todo, la comida) a disposición de Hamas para que este la vendiera a la población palestina, con el fin de financiarse (algo crítico, ahora que la ayuda iraní se ha visto interrumpida).
En lo segundo, Hamas exige la liberación de los más destacados terroristas presos en cárceles israelíes, como Marwan Barghouti, así como muchos de los que participaron en el atentado del 7 de octubre de 2023.
Israel no va a aceptar esas condiciones. Al contrario: todos los movimientos israelíes van en la línea de crear las condiciones para que la reconstrucción de Gaza implique un cambio total, extremo, de fondo, en el que Hamas no tenga cabida. Estados Unidos y Arabia Saudita comparten esa idea y objetivo.
A efectos prácticos, la situación se resumen entonces en tres alternativas para Israel.
Una, ceder a las presiones de Hamas y aceptar un alto al fuego definitivo, a sabiendas de que Hamas tarde o temprano volverá a dar un motivo para ser atacado. El principal objetivo de esta posibilidad sería lograr la liberación de todos los israelíes secuestrados. Esta idea la comparten destacados personajes del gobierno israelí como Benny Ganz.
En el otro extremo, está la posibilidad de simplemente aplastar a Hamas, aún a costa de poner en riesgo la vida de los últimos secuestrados. Sería tan simple como anteponer los objetivos militares a las expectativas emocionales (en estricto, esta es la postura más ortodoxa respecto a la doctrina militar). Quienes la defienden son políticos como Smotrich o Ben Gvir.
Finalmente, en una suerte de punto intermedio está la postura de Netanyahu, que apuesta por cercar militarmente a Hamas —aunque sin aplastarlo por completo— para que se rinda, acepte el exilio, y libere a los rehenes.
Una cosa es definitiva: voluntariamente o no, personajes como Macron y Pedro Sánchez interfieren negativamente en el proceso, y son los que están provocando que la postura de Netanyahu se vuelva inviable. Al darle esperanzas a Hamas, estos, en vez de aceptar que ya están derrotados y simplemente rendirse, se aferran a sus exigencias fuera de lugar y evitan que se logre una solución negociada.
La postura de Ganz tampoco parece tener futuro. Es demasiado obvia, y Hamas sabe que un alto al fuego “definitivo” sería, en la vida real, temporal. Si de una negociación como esa Hamas liberara a todos los rehenes, en un futuro, cuando las hostilidades volviesen a activarse, Israel no tendría ningún freno para simplemente aplastar a Hamas.
Eso es lo más chocante de todo: el panorama se cierra para que sólo quede como alternativa viable la ruta de la ortodoxia militar. Aceptar que Hamas nunca va a devolver a todos los rehenes, porque son su única carta de negociación, y priorizar la destrucción del grupo terrorista pase lo que pase.
El tiempo corre, y la negativa de Hamas otra vez está llevando la situación al punto en que Israel tendrá que ser práctico y resolver las cosas con el máximo uso de la fuerza.
Una vez más, los palestinos demuestran que nunca pierden la oportunidad de perder una oportunidad.
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