Los judíos en la India antigua

A orillas del río Indo, surgió una civilización adelantada a su tiempo: calles rectas, casas con sanitarios, canales de agua y ruidosos mercados daban forma a sus asombrosas ciudades.

Nadie sabe aún con certeza qué idioma hablaban aquellos pueblos, ni por qué desaparecieron, pero dejaron un eco de ingenio y armonía que aún palpita en el polvo de sus ruinas.

Con la llegada de los arios hacia el 1500 a.C., India entró en una nueva era. El sánscrito floreció, se compusieron los vedas, textos sagrados del hinduismo y nacieron conceptos espirituales que aún hoy rigen millones de vidas: el karma, el dharma y el ciclo eterno de renacimiento. Más tarde, los imperios Maurya y Gupta unieron a la gente bajo ideas de justicia, sabiduría y belleza.

Durante siglos, invasores y viajeros llegaron desde el norte y el oeste. Algunos arrasaron, otros se quedaron y dejaron huella. En el siglo VII llegó el  islam, y con éste nuevas formas de rezar y construir, y con su llegada nacieron sultanatos y el grandioso Imperio mogol, cuyo arte y arquitectura parecían esculpidos por la fe y el amor.

El Taj Mahal se levantó como un poema tallado en mármol, testigo de una época donde la belleza era una forma de poder y la diversidad, una realidad inevitable. La India era un crisol ardiente de colores, lenguas, dioses y sueños.

Los judíos han estado en India desde, al menos, el siglo I a.c. incluso, algunas tradiciones orales sitúan su llegada mucho antes, en tiempos de la destrucción del primer templo de Jerusalén, en el año 586 a.c.

A lo largo de la antigüedad y la Edad Media, los judíos gozaron en general de libertades religiosas, algo muy poco común en el resto del mundo. Vivieron sin persecuciones, construyeron sinagogas y mantenían sus costumbres, rezos y festividades.
Antes de la llegada de los británicos, muchos se dedicaban al comercio marítimo, especialmente de especies y de perlas, y gracias a su conocimiento en idiomas y redes internacionales trabajaban como médicos, artesanos y asesores de las cortes reales.
Fue así como en este rincón del planeta floreció una comunidad judía.

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Nadia Cattan: