El sábado 7 de octubre de 2023, mientras en Israel comenzaba la invasión terrorista por parte de Hamás y en Gaza empezaba a vibrar con fuerza la tragedia que se venía, abrí la página de Facebook de un conocido medio costarricense. No era CNN ni BBC; era un portal local, de esos que uno revisa junto con el café y el gallo pinto.
El titular decía: Costa Rica condena de la manera más enérgica el ataque de Hamás a Israel. Lo que vino después fue aún más revelador que la nota en sí, comentarios que iban desde un “¡Solidaridad con Gaza!” hasta un “Israel debe defenderse, punto”. En cuestión de horas, lo que parecía un simple reporte periodístico se transformó en un campo de batalla simbólico, con ticos discutiendo como si tuvieran a Tel Aviv y a Rafah a la vuelta de la esquina.
El episodio no fue aislado. Desde entonces, los medios de comunicación costarricenses, y muy en particular, sus audiencias digitales, han convertido el conflicto Israel – Hamás en un espejo de pasiones, prejuicios y tensiones internas. Y, créanme, lo que uno encuentra en esos espacios dice más de nosotros como sociedad que del propio Medio Oriente.
Al observar la cobertura de los principales diarios y portales nacionales, emergen patrones claros. La Nación, fiel a su tradición institucional, suele enmarcar las noticias desde la óptica de la política exterior y los intereses económicos de Costa Rica.
Por su parte, un medio como Amelia Rueda, escribe desde otro prisma. Allí, las palabras “derechos humanos” aparecen como un mantra constante. El enfoque es narrar el sufrimiento en Gaza, citar a ONGs internacionales y dar espacio a voces críticas con el gobierno costarricense por supuesta complacencia hacia Israel. Uno podría decir que mientras La Nación pone los reflectores en la Cancillería, Amelia Rueda prefiere enfocar su cámara en las calles bombardeadas.
Y luego está Semanario Universidad, que no disimula su afinidad con la causa palestina. Su cobertura es abierta en su postura, y no hay nada de malo en reconocerlo: cada medio tiene un ADN editorial, aunque insistan en disfrazarlo de neutralidad.
Lo interesante, sin embargo, ocurre en la conversación ciudadana. Las redes sociales costarricenses se han vuelto una especie de laboratorio de pasiones ideológicas. Pero lo más preocupante es el crecimiento del discurso de odio. En TikTok, por ejemplo, se han viralizado vídeos con mensajes que terminan teniendo connotaciones antisemitas y también islamófobas. No estamos hablando de un país lejano; hablamos de Costa Rica, que orgullosamente se autodefine como “nación de paz”.
¿Qué ha ocurrido con ese ADN pacifista? Pues lo mismo que ocurre en cualquier sociedad cuando un conflicto externo toca fibras identitarias: aflora lo mejor y lo peor. Por un lado, abundan comentarios de solidaridad genuina, llamados al diálogo, referencias a la tradición costarricense de defensa de los derechos humanos. Pero, por otro, aparecen insultos viscerales, estigmatización de comunidades locales, comentarios que incluso han llamado la atención como pedir que se intervenga el Centro Israelita o llamar a boicotear productos israelíes o con sello kosher de la comunidad judía costarricense, sin hacer una clara distinción entre lo que ocurre en Medio Oriente y el contexto a nivel nacional.
También han decidido aplicar la cultura de la cancelación con artistas o miembros de la comunidad judía local porque no dicen claramente su oposición a lo que ellos llaman de manera incorrecta como el “genocidio en Gaza”, mientras por el otro promueven los discursos de supuestos judíos costarricenses solo porque su discurso es crítico a Israel, tokenizando con el tema basado en sus preferencias ideológicas, mientras tanto, teorías conspirativas que, aunque recicladas de internet, se propagan como pólvora en chats de WhatsApp e incluso en palabras de diputados, como el caso de Rocío Alfaro argumentando sobre un supuesto “lobby financiero” que le tuerce el brazo a quienes no tienen un argumento a favor de los palestinos.
La desinformación es un capítulo aparte. En varias ocasiones han circulado en grupos fotografías del conflicto en Siria y han sido utilizadas para señalar que se trataba de Gaza, y pese a que se hizo la aclaración el argumento no importó porque de todas maneras en “los territorios palestinos ocurren cosas similares o peores”.
Eso sí, los medios tienen una enorme responsabilidad en estos bulos porque por la intención de tener la primicia informativa no hacen necesariamente un doble check en su información y caen en horrores informativos sin que tengan la decencia en algunos casos de insistir con fuerza que se ha cometido un error informativo.
En este punto cabe preguntarse. ¿se trata este fenómeno como algo exclusivo de Costa Rica? La pregunta es retórica, por cuanto la respuesta es que, para nada, todo lo mencionado anteriormente se puede editar y ponerle el nombre de otros países de la región (o del mundo) y cambiar los nombres por medios locales y tendremos el mismo funcionamiento.
Por supuesto que lo particular del caso tico es la contradicción entre el discurso oficial sobre la neutralidad activa, respeto al derecho internacional, promoción de la paz, la crítica al terrorismo y por otro lado se tiene la intensidad con la que la ciudadanía digital se atrinchera en bandos irreconciliables. Como si un conflicto ajeno nos diera la excusa perfecta para ajustar cuentas internas.
Ahora bien, ¿qué rol juega la política exterior costarricense en todo este enredo? El presidente Rodrigo Chaves y el canciller Arnoldo André han tratado de mantener el delicado equilibrio que históricamente ha definido al país: condenar el terrorismo de Hamás, defender el derecho de Israel a existir, pero al mismo tiempo insistir en la protección de los civiles palestinos y la solución de dos Estados.
No faltan quienes dicen: “¿Y a nosotros qué nos importan los problemas de allá?”. Una postura comprensible, sobre todo en un país que lidia con su propia crisis de seguridad y desigualdad. Pero esa visión pierde de vista algo esencial y es que Costa Rica siempre ha jugado el rol de voz moral en el sistema internacional. Si de repente nos desentendemos del conflicto israelí – palestino, ¿qué coherencia tendría luego levantar la voz en defensa de países cercanos como Nicaragua o Venezuela, lo mismo que crisis en Ucrania, Somalia o Sudán? La neutralidad no es indiferencia; es, o debería ser, una posición activa de principios, pero no validada únicamente en conflictos elegidos de manera superficial o antojadiza.
Preocupa la ligereza con que se sueltan acusaciones de “genocidio” en los comentarios de personas a nivel local. Hasta el momento ningún tribunal internacional ha calificado la situación actual en ese parámetro, y sin embargo la palabra se repite en redes con una facilidad que permite un abuso del lenguaje, que no solo distorsiona la realidad; sino que banaliza conceptos que nacieron para describir los peores crímenes de la humanidad.
Ahora bien, sería injusto reducir todo el debate a la polarización y la desinformación, por cuanto también hay esfuerzos loables de periodistas y académicos costarricenses que buscan explicar la complejidad del conflicto sin caer en simplificaciones. Recuerdo una exposición que brindé para un grupo de estudiantes donde comparé el conflicto palestino – israelí con otros procesos de conflicto en África para señalar que no se puede comparar el surgimiento de Israel con los procesos coloniales, advirtiendo que las analogías fáciles son peligrosas.
En última instancia, el tema no es solo Israel ni Gaza. Es cómo Costa Rica, este pequeño país que abolió su ejército hace más de setenta años, procesa los conflictos del mundo. Lo que decimos en Facebook sobre Hamás o sobre Netanyahu habla también de nuestras propias frustraciones políticas, de la crisis de confianza en las instituciones, del hambre de certezas en tiempos de confusión.
¿Estamos, entonces, condenados a discutir el Medio Oriente con la misma vehemencia tribal con que discutimos los juegos del campeonato de fútbol local? O, para ser más precisos, ¿podremos algún día debatir sobre Israel y Palestina sin importar en automático las trincheras ideológicas globales?
En conclusión, si es que la hay, no es una posición optimista ni pesimista. Más bien es un recordatorio que el conflicto en la Franja de Gaza seguirá proyectándose sobre nuestra esfera pública mientras dure, y muy posiblemente mucho después y dependerá de nosotros, los ciudadanos de a pie y de los medios, decidir si lo hacemos desde la empatía y el rigor, o desde el fanatismo y la desinformación.
Quizá sea mucho pedir. Pero si Costa Rica quiere seguir reclamando el título de “nación de paz”, tendrá que empezar por mirarse en este espejo incómodo y preguntarse si está dispuesta a sostenerlo con hechos, y no solo con frases bonitas en foros internacionales, o si está dispuesto a trabajar en aras de ayudar a construir ese espacio de paz incluso con sus homólogos en Israel y los territorios palestinos en lugar de permitir que se siga importando el odio visceral que desangra la región de “Tierra Santa”.
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