Hamás sufrió el martes un golpe de Israel que se esperaba desde hace tiempo pero que no fue ni en Gaza ni en Judea y Samaria: tuvo lugar en Catar, el país árabe con el cuál tiene una estrecha relación desde hace años y que sirvió por años como su santuario seguro. Hasta ahora.
Desde 2012, Catar se consolidó como el principal refugio político y diplomático para la cúpula de Hamás, el grupo terrorista que en 2007 se hizo del poder violentamente en la Franja de Gaza.
La llegada de líderes como Khaled Mashaal (líder de Hamás entre 1996 y 2017) , tras su salida de Siria, marcó el inicio de una relación pragmática: Catar ofreció un espacio para la oficina política de Hamás, canales de comunicación con gobiernos occidentales y una plataforma para negociar liberaciones de prisioneros, ayuda humanitaria y treguas.
Además de Mashaal, varias figuras clave de Hamás convirtieron a Catar en su lugar de residencia y centro de operaciones.
Entre ellos destacan Ismail Haniyeh, jefe del buró político del movimiento desde 2017, quien se instaló en Catar para coordinar la estrategia de la organización y mantener una proyección internacional, hasta su eliminación por Israel en Irán en 2024.
También se estableció Khalil al-Hayya, uno de los principales negociadores y responsables de los vínculos externos, cuya presencia en Doha fue fundamental en las conversaciones con Israel en la guerra y en la gestión de la ayuda hacia Gaza.
Otros líderes que encontraron en el emirato un refugio seguro fueron Zaher Jabarin, encargado de los asuntos financieros y prisioneros, y Musa Abu Marzouk, veterano dirigente y uno de los fundadores del buró político de Hamás.
Doha también acogió a figuras emergentes de Hamás como Muhammad Darwish, implicado en la gestión de relaciones externas y en la organización de apoyos logísticos.
En conjunto, este grupo de altos mandos utilizó Catar no solo como residencia, sino como plataforma política para consolidar la influencia de Hamás en la arena regional y mantener abiertos canales con actores internacionales.
Una de las imágenes más repugnantes del 7 de octubre ocurrió justamente en Catar: altos mandos de Hamás, incluido Haniyeh, rezaron juntos agradeciendo a Alá por el ataque del grupo terrorista contra Israel, mientras veían con júbilo las imágenes de la invasión a través de Al Jazeera.
La función de intermediario de Catar convirtió al rico país árabe en un actor indispensable para quienes buscaban mantener abiertos los cauces diplomáticos con Hamás.
La presencia de Hamás en Catar obedecía a motivos estratégicos claros. Catar combinaba capacidad financiera y voluntad política para gestionar transferencias de dinero a Gaza y coordinar asistencia, a menudo en consulta con EE. UU. y otros mediadores, sin someter públicamente a Hamás a la presión que ejerce Egipto u otros países vecinos.
Catar canalizó miles de millones de dólares hacia la Franja de Gaza durante la última década, convirtiéndose en el mayor patrocinador financiero de Hamás.
Según estimaciones, más de 1.800 millones de dólares fueron transferidos en distintos paquetes de ayuda, que incluían desde combustible y proyectos de infraestructura hasta pagos directos a familias necesitadas.
Uno de los esquemas más notorios consistía en la entrega mensual de 30 millones de dólares, autorizada por Israel y coordinada con Washington, bajo el argumento de aliviar la crisis humanitaria y estabilizar la Franja.
Aunque Catar insistió en que los fondos tenían un carácter estrictamente humanitario, en la práctica estos reforzaron indirectamente la legitimidad de Hamás como autoridad en Gaza.
El dinero no solo aseguraba que los servicios básicos siguieran funcionando, sino que también permitía a la organización presentarse como capaz de garantizar salarios y asistencia.
Este apoyo financiero se convirtió en una de las piedras angulares de la permanencia de Hamás en el poder, al tiempo que daba a Catar un papel protagónico en la ecuación del conflicto palestino-israelí.
Los dirigentes de Hamás han operado desde residencias y oficinas relativamente seguras en Catar, con protección y libertad de movimiento dentro del país —y la posibilidad de desplazarse al extranjero cuando la diplomacia lo requería—, así como espacios para recibir emisarios, medios y enviados internacionales.
Catar les ofreció calidad de vida y servicios que no estaban disponibles en Gaza o en territorios donde su presencia sería inviable, y a cambio Catar obtuvo la capacidad de presentarse como mediador activo en el conflicto palestino israelí.
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