Gabriel Ben-Tasgal / España y el borreguismo

No importa si hablamos de un programa de cotilleo (chismes). Puede tratarse del popular Andreu Buenafuente o el anacrónico Gran Wyoming. Todos recitan a coro que Israel está cometiendo un genocidio y, si alguno de ellos se atreve a desentonar, entonces el resto de la manada iniciará cualquier entrevista (incluso si el agraciado es el delantero centro del Barça) con una pregunta obligada: ¿Qué opina, señor Lewandowski, sobre la negativa de Isabel Díaz Ayuso a condenar el evidente, concreto e inhumano crimen de guerra israelí en Gaza que no es otra cosa que un genocidio?

El “borreguismo” se ha transformado en norma en la España moderna. Millares de legos en temas de Medio Oriente salen a la calle, vociferando “dogmas contundentes”, para luego cancelar fulminantes a quien se atreva a cuestionar “lo que todos sabemos”.

Las comparaciones son inevitables: ¿Existen tantas diferencias entre las nazificadas masas alemanas, convencidas que el judío era un “virus”, frente a los actuales manifestantes españoles adoctrinados que el soldado israelí es la personificación del demonio sobre la tierra? Si, existen diferencias. Como bien afirmó el Presidente Pedro Sánchez: “España, como saben, no tiene bombas nucleares, tampoco tiene portaaviones ni grandes reservas de petróleo. Nosotros solos no podemos detener la ofensiva israelí”. En otras palabras, la máxima autoridad de gobierno asume que no cuentan con los medios para hacer lo que ansiosamente desean.

Hoy, en España, deslegitimar al Estado de Israel es el “bon ton”. Para hacerlo, se asume como “100% verdaderas” las cifras de muertos regaladas por las autoridades yihadistas de Hamás; se hacen malabarismos legales para explicar que el sitio legal a la Franja de Gaza es piratería marítima; que el pueblo judío le ha robado la tierra al “indefenso y milenario” pueblo palestino y que el terrorismo es un comprensible derecho a la defensa propia.

Una eminencia como John Spencer (jefe del Departamento de Guerra Urbana en el Instituto de Guerra Moderna del Modern War Institute), jamás recibirá una invitación al “Hormiguero” para exponer que cuando Hamás usa a sus civiles como escudos humanos o cuando la guerra que se propone incluye túneles por debajo de edificios, es imposible que no se produzcan daños colaterales graves. Y, sin embargo, el mismo Spencer dirá que el ratio (bajas civiles en relación a las militares) es sorprendentemente bajo en Gaza y que las cifras ofrecidas por Hamás son falsas.

El borreguismo español no surge solo: responde a la acción concertada de tres vectores. Primero, los medios, que “conocen el paño”. Saben que sobre Israel “opina todo el mundo” y que las licencias intelectuales que se permiten en un asunto tan complejo serían inadmisibles en otros temas. La propaganda demonizadora se impulsa desde cabeceras con participación de capital extranjero —incluyendo qatarí— (caso de El País), pasa por una TVE desbordada, continúa por cadenas militantes como laSexta y encuentra eco en medios regionales como La Vanguardia o TV3. Salvo excepciones notables —Libertad Digital, OKDiario—, demasiados editorialistas actúan como pastores que arrían a la audiencia hacia conclusiones prefabricadas.

Segundo, la judeofobia es impulsada por una inmigración musulmana que trajo consigo décadas de formación teológica en donde el judío es un dhimmi que no posee derechos nacionales. La alianza entre la extrema izquierda woke y el radicalismo islámico es acompañada por líderes con poca columna vertebral (como parte del Partido Popular) y por otros que, desde hace tiempo, han caído gustosos en los brazos de la depravación moral (la dirigencia de Podemos o de Sumar).

La decadencia intelectual de la izquierda es tal que son incapaces de aprender de la historia. Su odio hacia la modernidad y las sociedades-estado es tal (Israel representa el 100% de lo que aborrecen), que están convencidos que una vez derrotados los malvados, serán capaces de dominar e instruir a los pero-modernistas yihadistas. Están equivocados. Los últimos están más convencidos, tienen más hijos y son más violentos.

El promotor más notable del borreguismo español es el Presidente Sánchez y su gobierno. Como otros tantos exponentes, el líder del PSOE ha utilizado la técnica de la “gota de escape” para distraer la atención de sus incontables casos de corrupción o del hecho que sigue gobernando sin aprobar los presupuestos con el fin de impedir la alternancia democrática.

Sin embargo, este fenómeno no se ha confeccionado por meros factores circunstanciales. Si Sánchez hubiese optado por movilizar a los borregos contra la escudería ciclista “Bahrain Victorious”, argumentando que en dicho país han impuesto, a la fuerza, una dictadura sunita cuando la mayoría de la población es musulmana chiita… ¿creen ustedes que los líderes etarras hubieran asumido el reto que le proponía el presidente del gobierno? ¿Doña Montse se lanzaría a condenar a los golfos del Golfo? Permítanme dudarlo.

El borreguismo se ha impuesto en España porque existen prejuicios acumulados contra los judíos, un antisemitismo atávico del que no se asume la gravedad (nuevamente, porque para hacerlo se debe poseer un sentido de la autocrítica desarrollado). Este antisemitismo tiene raíces profundas que se remontan a la época visigoda, cuando se comenzaron a imponer conversiones forzadas al cristianismo, marcando el inicio de una política sistemática de exclusión religiosa. Durante siglos, autores (el peor de ellos, Quevedo) y predicadores cristianos avivaron el odio hacia los judíos desde púlpitos, universidades y textos doctrinarios, generando una cultura de sospecha y rechazo.

Incluso tras la expulsión de los judíos en 1492, el antisemitismo no desapareció; por el contrario, se transformó en un “antisemitismo fantasmal“, dirigido contra los conversos o “cristianos nuevos”, a quienes se acusaba de practicar el judaísmo en secreto. Esta obsesión se institucionalizó con la Inquisición, y perduró culturalmente hasta bien entrado el siglo XX.

Durante la dictadura de Francisco Franco, la judeofobia se enmascaró bajo el discurso de la conspiración judeo-masónica-comunista. Aunque en España casi no vivían judíos, se les acusaba de ser parte de una red global que intentaba destruir la civilización cristiana. Este discurso conspirativo, repetido por funcionarios del régimen y recogido en medios oficiales, consolidó aún más un antisemitismo sin judíos, profundamente incrustado en la narrativa nacional.

Siendo así, la crítica a Israel en ciertos sectores españoles no responde a un legítimo desacuerdo político, sino que se asemeja más a una máscara de ese viejo odio: la judeofobia recalentada y servida en plato moderno.

Israel y el pueblo judío cuentan con fieles amigos y simpatizantes en España. Suelen ser ciudadanos que defienden valores judeocristianos modernitas, que aman los Fact’s y no las narrativas… o que están hartos de que los Bardem, Borrell e Iglesias los señalen como intelectualmente inferiores. Sin embargo, observando a lo lejos a los que se han curado de la judeofobia fantasmal, estos parecen superados y desbordados por una sociedad sumida en el borreguismo.
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Gabriel Ben Tasgal: Nacido en Argentina, hoy vive en Israel. Tiene maestría en Ciencias Política de la Universidad Hebrea de Jerusalém y maestría en Publicidad y Relaciones Públicas de la Universidad Autónoma de Barcelona (España). Es uno de los mayores expertos en politica israeli y Medio Oriente. Director de Hatzad Hasheni (La Cara de la Verdad) desde su fundación en el 2010. Periodista profesional, educador y reconocido orador. Casado y padre de Galit y Eitan, reside en Israel desde 1989. Autor de 300 Preguntas en 300 Palabras: Mitos y realidades sobre el conflicto israelí palestino, un material actual y ágil en donde recorre la naturaleza del conflicto palestino-israelí, su historia y sucesos más importantes. Cada una de las 300 preguntas las responde en sola y únicamente 300 palabras. Un libro imprescindible para comprender el conflicto y, sin lugares a dudas, la base étnico religiosa que divide y enfrenta a los pueblos en el Medio Oriente.