Rebeca Permuth de Sabbagh / Los afortunados

Puedo regresar en el tiempo, cuando Yizkor era, después de romper el ayuno, uno de los momentos más esperados de Yom Kipur. Quienes no teníamos un familiar fallecido debíamos salir de la sinagoga. Se nos permitía ir al jardín con nuestros mejores amigos, conversar —y posiblemente no regresar al servicio— con la excusa de no habernos dado cuenta que el rabino ya había anunciado que podíamos volver a entrar.

Nos preguntábamos, brevemente y en tono de broma: ¿qué pasa allí dentro durante ese servicio conmemorativo? Había algo místico en ello; su secretividad despertaba nuestra curiosidad, pero no lo suficiente como para desafiar la autoridad o la superstición y asomarnos siquiera un instante. De todos modos, las horas de ayuno pasaban más rápido afuera, riendo y charlando en buena compañía, junto a los demás afortunados que podíamos quedarnos fuera.

Hoy llevo cinco años siendo de los que se quedan dentro de la sinagoga. La mística se ha revelado. ¿Qué ocurre realmente adentro? Tristemente, lo descubrí. No hay nada cabalístico ni secreto, pero sí es solemne y desgarrador. Cada uno pronuncia en voz alta el nombre hebreo de su ser querido. Ese alter ego, ese nombre medio oculto en vida pero completamente sagrado en la muerte, que se convierte en el puente entre la memoria y la eternidad.

Pertenecer a esta pequeña congregación de la diáspora en Guatemala amplifica el lo valioso de esta tradición. En una comunidad donde muchos nos conocemos, cada nombre pronunciado resuena con la calidez de la memoria de quienes conocimos en vida. A cada uno nos permite, sin prisa,  tener la oportunidad de decir y escuchar a viva voz,  los nombres de un padre, una madre, un hermano, una hermana, un hijo, una hija. Las miradas silenciosas y afectuosas de quienes conocieron a nuestro ser querido, esos gestos casi imperceptibles, ofrecen un consuelo profundo: la certeza que no recordamos solos, que otros también llevan el dolor de las heridas que el tiempo no logra sanar.

Algunos en la tradición judía indican que en vida somos llamados hij@s de nuestras madres, y en la muerte, hij@s de nuestros padres; pero cuando llega mi turno, no puedo seguir la norma. Desde hace cinco años pronuncio el mismo nombre, y aún decirlo en voz alta me quiebra como la primera vez: Beile bat Rivka. El nombre de mi madre.

Para mí, cada día ella sigue viva, así que es natural seguir llamándola “la hija de su madre”.
Su luz continúa brillando, tan tangible como la vela que encendí en la víspera de Kol Nidre, en la entrada de esta sinagoga a la que asisto desde hace más de cincuenta años.

Recordarla así es enlazarme a una cadena de mujeres judías cuya fuerza y resiliencia me inspiran.
Mi madre fue Beile bat Rivka, y yo soy Rivka bat Beile. El círculo se cierra.

Desciendo de mi bisabuela Beile, asesinada en el Gueto de Varsovia por el tifus impuesto por el régimen nazi—nombre que heredó mi madre. Sigue en la línea mi Bobe Rivka, quien tuvo el coraje y la visión de dejar Polonia, aunque eso significara no volver a ver jamás a sus padres. Ella aseguró la vida de quienes vinimos después. A través de estas mujeres extraordinarias, mi identidad se ancla,  tanto en su dolor como en su valentía.

Cuando termina el servicio de Izkor, salgo a tomar aire y me topo con “los afortunados”. Los veo como yo fui, no hace tanto tiempo: conversando y saludándose con quienes quizás no volverán a encontrarse  sino hasta el próximo Yom Kipur, y con suerte aún afuera, en este mismo jardín.

Hoy, a dos años desde el 7 de octubre, este amargo aniversario resuena distinto. Todos deberíamos estar adentro. Ya no hay más “afortunados” con el privilegio de quedarse afuera. Quienes fueron brutalmente asesinados ese día en Israel, cada uno de nuestros valientes jayalim que han caído defendiendo a nuestra patria ancestral y a nuestro pueblo, así como a quienes se les ha arrebatado la vida en la diáspora bajo el llamado a “globalizar la intifada” —como sucedió en este mismo Yom Kipur en Mánchester, frente a su sinagoga—, son todos nuestros hermanos y hermanas.

Ya ninguno de nosotros puede permanecer cómodamente al margen, mientras otros cargan con este inmenso peso y responsabilidad. Somos un solo pueblo, unidos por la obligación no solo de recordar, sino de luchar.

Yizkor—por cada una de sus almas.
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