En Hollywood ante los fracasos en taquilla, las malas películas, la falta de creatividad en los guiones, hay quien en dicha industria prefiere llevar los dramas a la vida real.
Se libra una guerra simbólica: quién apoya, quién calla y quién se atreve a ir contra la corriente.
Desde septiembre, más de cuatro mil profesionales del cine de Hollywood —actores, guionistas, técnicos y directores— firmaron una carta comprometiéndose a boicotear las instituciones culturales israelíes. Dicen hacerlo por solidaridad con los palestinos. Pero ese gesto, aparentemente humano y desinteresado, podría tener consecuencias legales.
Varias organizaciones pro-israel han advertido que el boicot podría violar leyes de no discriminación en Estados Unidos y Reino Unido. Y que excluir artistas o festivales israelíes solo por su nacionalidad es, en términos jurídicos, un acto de discriminación.
¿Pero qué hay detrás de estas decisiones? ¿Activismo genuino o necesidad de alinearse con una narrativa dominante?
En septiembre, el grupo llamado Film Workers for Palestine difundió una carta abierta en la que denunciaba a las instituciones israelíes del cine por “participar en un sistema de apartheid y genocidio”. ¿Le suena? El mismo panfleto de que usan políticos como Pedro Sánchez para limpiar lo sucio en su gobierno.
Entre los firmantes hay actores conocidos, productores, editores y guionistas de estudios de gran nivel.
El mensaje se viralizó en cuestión de horas. Pero la reacción fue inmediata:
El Louis D. Brandeis Center for Human Rights Under Law, una organización jurídica judía con sede en Washington, envió cartas a estudios y agencias de talento advirtiendo que ese tipo de boicot podría violar la ley.
En Reino Unido, UK Lawyers for Israel hizo lo mismo, citando la Equality Act 2010.
Y en Israel, recordaron la existencia de la ley anti-boicot, que permite demandar a quienes promuevan campañas de exclusión contra entidades israelíes.
Hasta ahora no se ha presentado una demanda concreta, pero la advertencia está sobre la mesa.
Los estudios Warner Bros. y Paramount han respondido públicamente que esos boicots violan sus políticas internas de no discriminación.
Hollywood, acostumbrado a controlar sus propias narrativas, enfrenta ahora un dilema que va más allá de la política: el miedo a ser cancelado.
Las estrellas del espectáculo viven en una paradoja. Su influencia es enorme, pero su libertad es frágil.
Desde el punto de vista psicológico, muchos artistas sienten una presión invisible de pertenencia: si el grupo dominante —el círculo de colegas, los productores o las redes sociales— adopta una causa, quedarse en silencio se percibe como traición.
A esto se suma la llamada “culpa del privilegio”: la idea de que el éxito económico o la fama deben compensarse con una postura moral visible.
El resultado es un activismo performativo, donde el acto de firmar, compartir o denunciar se convierte en una forma de autoprotección emocional.
No siempre se trata de convicción ideológica. Muchas veces es miedo a ser el único que no firmó.
Las leyes estadounidenses y británicas contra la discriminación prohíben tratar de manera desigual a personas o instituciones por su origen nacional.
Si un estudio, festival o sindicato de Hollywood decidiera aplicar un veto contra creadores israelíes, podría ser demandado.
De hecho, algunos grupos legales ya preparan documentación para posibles litigios.
Pero demandar a una estrella de cine por su opinión pública sería una batalla compleja y políticamente explosiva.
El debate no es solo sobre Israel o Palestina. Es sobre la ligereza de opinar sobre lo que no se sabe en una industria en donde al parecer los dramas en la pantalla son tan malos, como los que de la vida real.
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