Siria se ha convertido en el mejor ejemplo de lo que puede pasar cuando las guerras no se planean adecuadamente, y el análisis de su situación nos puede ayudar a entender lo que están haciendo Estados Unidos e Israel en el Medio Oriente.
A menudo escucho la queja de que Israel debió destruir por completo a Hezbollá y a Hamas, o provocar la caída total del régimen iraní.
Seamos honestos: Esta opinión, que en principio parece muy lógica, está equivocada. En primer lugar, porque es irreal. En segundo, porque no toma en cuenta las consecuencias posibles.
Que es imposible destruir por completo a grupos o ideologías como Hamas o Hezbollá, nos lo ha demostrado la historia. El nivel destrucción y colapso sufrido por la Alemania nazi en 1945 fue muy superior y profundo al que viven ahora Gaza, y no se diga Líbano.
Y, con todo y eso, el triunfo aliado se limitó al desmantelamiento de la estructura de poder estatal del nazismo, pero no se reflejó en una destrucción del nazismo. Hoy por hoy, ochenta años después, hay grupos neonazis en todos lados, e incluso neonazis como Nick Fuentes ganan popularidad en las redes sociales.
Se ganó la guerra, sin duda, pero no se destruyó al nazismo.
Y no es que no hubiera voluntad. Es más simple: el nazismo fue un fenómeno tanto militar como social. En lo militar, fue derrotado y gracias a ello desapareció su poder militar.
Pero lo militar y lo social son esferas distintas, y por ello era imposible pretender que la victoria militar sería lo mismo que la victoria social. Los fenómenos sociales son más profundos y complejos, y por ello el nazismo sobrevivió en esta dimensión, una en la que las estrategias militares son irrelevantes. El combate se tiene que hacer de otra manera.
Israel lo entiende bien, y por eso varios de sus funcionarios han sido explicitos al señalar que no tienen la intención de destruir a Hezbollá o a Hamas como fenómeno social.
Va a sonar extraño lo que digo, pero esa es la postura correcta, porque debido a lo complejo que es lo social, cualquier persona que haya estudiado el tema adecuadamente sabe que es imposible lograr esa destrucción. La única alternativa efectiva sería el exterminio absoluto de la población libanesa chiíta, o de la población palestina. Cosa que Israe, obviamente, ni siquiera va a intentar.
En cambio, sería un error gravísimo establecer como objetivo de guerra algo que, de antemano, se sabe que no se puede lograr.
Pero ¿no sería lo ideal que Hamas, Hezbollá y los ayatolas pasaran al polvo de la historia?
Sí, en principio eso sería lo ideal, pero también hay que saber hacer las cosas (y me refiero a lo militar). En los tres casos, el colapso significaría un vacío de poder en Gaza, Líbano e Irán, y si no se han tomado las medidas necesarias para esa coyuntura, el resultado siempre es contraproducente.
Ahí está el caso de Siria, sumida en el caos total tras la caída del régimen de Bashar Al-Assad.
Es curioso, porque Israel nunca se propuso tirar al gobierno sirio. Esto fue una consecuencia colateral de la derrota de Hezbollá, principal apoyo de Assad. Tan pronto sus enemigos vieron que el viejo perro guardián ya no estaba presente, reactivaron la rebelión y en cosa de dos semanas lo obligaron a huir del país, logrando tomar el poder de manera inmediata.
Los problemas actuales en Siria se deben a que el nuevo gobierno puede ser cualquier cosa, menos algo unificado. Siria todo el tiempo está rayando en la posible reactivación de la guerra civil, y el auge del radicalismo hace que Israel se mantenga todo el tiempo alerta para ponerles alto cada vez que sea necesario.
Eso es lo que pasa cuando tiras un régimen sin preparar adecuadamente la transición.
Todo se pone peor.
Por eso es que Israel y Estados Unidos no tomaron la decisión de tirar a los ayatolas, o de destruir por completo a Hamas y a Hezbollá. No, por lo menos, en este momento. Si lo hubieran hecho, habría pasado algo muy similar a lo que está pasando en Siria, y la inestabilidad en el Medio Oriente sería infinitamente más peligrosa que la situación actual. Una derrota aplastante de los regímenes enemigos de Israel habría significado, paradójicamente, una crisis de seguridad todavía mayor.
Es lógico suponer que Israel sabía que si aplastaba el poder militar de Hezbollá, Assad caería y el caos llegaría a Siria. De todos modos, siguió adelante por una razón muy lógica: el riesgo y peligro que podrían llegar a reperesentar los alebrestados islamistas sirios era muy inferior al que representaba Hezbollá.
Entonces, la decisión era cambiar un mal mayor por un mal menor. Por ello, se continuó con el desmantelamiento de Nasrallah y su gente, sabiendo que controlar a los sirios sería más fácil.
Pero vale: controlar a los sirios. Replicar esa misma dinámica en todos lados era imposible, tan sólo por cuestiones geográficas (la facilidad con la que desde el Golán Israel mantiene a raya a los extremistas sirios no se puede lograr si hay que controlar a los extremistas de todo el Medio Oriente).
En pocas palabras, no era el momento de provocar la caída total de esos regímenes.
Ya llegará ese momento, y entonces se tendrá que proceder.
Mientras tanto, Israel hizo lo correcto al experimentar en cabeza siria, y evitar que su triunfo militar deviniera en un descontrol mayor y un riesgo todavía más peligroso para la seguridad del estado judío.
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