Hay momentos en los que negarse a luchar es, en sí mismo, un fracaso moral.
Cuando el objetivo es borrar, sobrevivir se convierte en un deber.
El texto de Al Hanisim, que recitamos en Janucá durante la Amidá y en la bendición de agradecimiento después de las comidas, aparece por primera vez en el Tratado de Soferim, una obra litúrgica compuesta alrededor del año 750 de la era común.
Recitar estas palabras en los tiempos que vive hoy Israel se convierte en una meditación profunda sobre el poder, la supervivencia y la responsabilidad moral. Nos recuerda aquello que realmente importa: la necesidad y el precio de luchar por nuestra esencia, por nuestra identidad y por nuestra continuidad en la historia historia.
La amenaza griega no fue únicamente militar; fue, sobre todo, ideológica.
“El malvado reino griego se levantó contra Tu pueblo Israel”, dice la oración, “para hacerles olvidar Tu Torá y abandonar las leyes de Tu voluntad.”
Lo más insidioso fue el intento de borrar a nuestro pueblo cultural, educativa y racionalmente, envuelto en el atractivo de una sofisticación intelectual seductora. Para los griegos, el judaísmo podía sobrevivir… siempre y cuando dejara de insistir en su singularidad.
Grecia ofrecía belleza, razón y unidad cívica.
El judaísmo respondió con pacto, responsabilidad y lealtades que no podían diluirse en un imperio.
A los griegos no les molestaba que los judíos fueran judíos; les inquietaba que hubiera judíos que se negaran a dejar de ser diferentes.
Cuando Al Hanisim finalmente describe la intervención divina, lo hace con una sobriedad que sorprende. Dios no suspende las leyes del mundo. No desciende fuego del cielo ni se rasga el firmamento. En cambio, Él “pelea su pelea”, entregando “a los poderosos en manos de los débiles, a los muchos en manos de los pocos.”
El milagro no es la desaparición del conflicto, sino la subversión de las jerarquías humanas. Es una teología que no rehúye la realidad: una fe con filo, con responsabilidad, humanas. Es una teología que no rehúye la realidad: una fe con filo, con responsabilidad, con peso moral.con peso moral. La historia judía —insiste la oración— no se define por el espectáculo, sino por esos instantes cargados de sentido en los que el coraje humano se alinea con el propósito divino.
El aceite es la culminación. La guerra es la prueba.
Esta distinción es crucial al contemplar las batallas que Israel enfrenta hoy contra quienes buscan su destrucción y encuentran seguidores fervorosos en todos los rincones del mundo. Estas guerras suelen describirse en términos de misiles, fronteras, treguas y disuasión.
Pero Al Hanisim nos exige mirar más hondo: hacia la esencia misma de la confrontación.
Como en tiempos de Grecia, hay quienes no solo buscan territorio. Buscan borrar la soberanía, la memoria, la particularidad judía. Emplean todas sus armas —físicas, ideológicas, simbólicas— para sostener que la autoafirmación judía es ilegítima.
Los judíos pueden existir, sugieren, pero solo si renuncian a su diferencia, si abandonan su singularidad, si se disuelven en las abstracciones morales de otros y, por supuesto, si desaparecen de la Tierra de Israel.
Eso también es helenismo.
El rabino Nathan Lopes Cardozo ha advertido durante años que el mayor peligro para el judaísmo no es la destrucción, sino la seducción del Otro: el vaciamiento lento y elegante del significado, hasta que ya no quede nada digno de ser defendido.
En ese sentido, el campo de batalla moderno no es solo físico. Es existencial.
Al Hanisim rehúsa romantizar la guerra. No glorifica la violencia. No celebra la conquista. Al final, hace algo profundamente judío: dirige la gratitud no al poder humano, sino a Dios. La respuesta a la victoria no es el triunfalismo, sino la humildad.
El poder judío —cuando existe— es siempre provisional, siempre responsable. Ese mensaje es urgente hoy. En un momento en que Israel se ve obligado a defenderse en múltiples frentes —militares, diplomáticos y morales— la tentación de glorificar la fuerza o de abandonar el lenguaje ético es real.
Janucá rechaza ambos extremos.
Los Jasmoneos no fueron perfectos: la tradición honra su valentía y también recuerda su corrupción posterior. Incluso la propia festividad encierra una advertencia: la supervivencia sin humildad, el poder sin moderación, termina por derrumbarse desde dentro.
El aceite puede no aparecer en Al Hanisim, pero la vigilancia ética arde en cada una de sus palabras.
Y, sin embargo, la oración insiste: la guerra era inevitable. Hay momentos en los que negarse a luchar es, en sí mismo, un fracaso moral. Cuando el objetivo es borrar, sobrevivir se convierte en un deber.
El Israel moderno no eligió sus guerras; las heredó, como los judíos de Janucá heredaron las suyas, atrapados entre el anhelo de normalidad y la negativa a desaparecer en silencio. Eso también es parte de la historia judía.
Encendemos velas con canto y bendición, pero no existe bendición para la guerra. Por eso recitamos Al Hanisim en voz alta, en oración pública, para recordar algo que la comodidad del ritual puede adormecer: la luz solo aparece cuando alguien arriesga todo para proteger el significado.
Janucá no derrota la oscuridad con prodigios. Su mensaje es otro: negarse a someterse a narrativas que niegan al judío el derecho a luchar por su supervivencia, su dignidad y su diferencia.
El aceite arde porque hubo quienes lucharon. Y esa verdad —incómoda, sobria, esencial— es lo que Al Hanisim exige que recordemos, especialmente ahora.
Y aun así, soy optimista.
Es el mismo fulgor que liberó a Adam, la primera criatura, del pánico cuando su primer día se oscureció y creyó que la muerte lo alcanzaba, hasta que recibió la luz de las luminarias.
Es el ardor que encendieron los secuestrados en los túneles de Hamás, antes de su muerte, con los escasos elementos que hallaron allí, una llama que nadie pudo impedir.
Es el resplandor que Moshé encontró en la zarza ardiente, cuando pastoreaba el rebaño de su suegro en el desierto y vio un fuego que ardía sin consumirse, y desde allí escuchó la Voz.
Un fuego más allá del calor: transformación que purifica sin destruir, luz que ilumina sin cegar, vocación que transfigura a quien la escucha.
Es el fuego que separa lo sagrado de lo profano en la Havdalá, cada semana, como en la Creación.
Es la luz que portamos, como aquella “luz eterna” del Templo de Jerusalén —el Ner Tamid, la Menorá de siete brazos— que debía arder “delante de Dios, continuamente”.
Es la luz que nos mantuvo unidos y nos guio en el desierto.
Cuando volvamos a ver la luz de las gráciles y vaporosas candelitas, nos reencontraremos con nuestro espíritu, el mismo que presenció la irradiación del Monte Jorev en la Revelación.
La luz divina que ilumina el camino humano.
Es lo que enlaza el gran milagro de nuestra existencia con la luz eterna.
Janucá sameaj.
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Las opiniones, creencias y puntos de vista expresados por el autor o la autora en los artículos de opinión, y los comentarios en los mismos, no reflejan necesariamente la postura o línea editorial de Enlace Judío. Reproducción autorizada con la mención siguiente: © EnlaceJudío
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