Irving Gatell/ La conformación del nuevo orden global

Los tiempos que estamos viviendo no son cualquier cosa. Su importancia histórica es equiparable a la de 1945. Afortunadamente, no hemos tenido que presenciar una guerra con un saldo de 55 millones de muertos, pero sí estamos viendo una reconfiguración radical del orden mundial, y eso es lo que determina la relevancia de este momento histórico.

La Segunda Guerra Mundial concluyó con la imperiosa necesidad de redefinir el orden mundial. Era imposible que las cosas siguieran funcionando como antes. Europa había quedado devastada. La Unión Soviética había dado una muestra de poderío. Tras el fin de la guerra, el mundo se reacomodó bajo un bien definida polaridad —primera vez en la historia que esto literalmente afectaba a todo el mundo— en la que los Estados Unidos y la URSS se convirtieron en las indiscutibles cabezas de los polos que, durante el resto del siglo XX, habrían de disputarse la hegemonía global. Capitalismo contra socialismo, le dijimos a esa tensión durante los años de la Guerra Fría.

Todo acabó, básicamente, en 1991 con el colapso de la URSS. El podería militar que llegó a tener no fue suficiente para subsanar los gravísimos defectos de su naturaleza económica. Las doctrinas marxistas no alcanzaron para construir un proyecto sustentable, y así fue como se hundió el más grande intento histórico por extender el socialismo por todo el mundo.

Hubo quienes, en su exacerbado optimismo, vieron en ello algo así como “el fin de la historia”. Pero no había que exagerar. Sólo se había desmoronado la URSS, y todavía faltaba el eco o repetición (muy devaluada, por cierto) de ese orden global. No se volvió a levantar un liderazgo similar al soviético, pero muy pronto (desde 2001) nos dimos cuenta que el nuevo rival sería el islamismo.

Ahora, y con la ventaja de la retrospectiva, podemos entender que el orden global surgido de la Segunda Guerra Mundial quedó herido de muerte en 1991, pero estas cosas nunca se resuelven de la noche a la mañana. Los regímenes políticos caen, pero la gente sigue siendo la misma. Los grupos de poder pueden cambiar de golpe, pero la sociedad no. Así, estos últimos 35 años han sido el lento (aunque incontrolable) desalojo de todo eso que comenzó a caer con la URSS, pero que era tan grande que no podía sino desmoronarse poco a poco.

El conflicto global que estamos presenciando no es sino la estrambótica forma en la que ese proceso por fin parece llegar a su fin.

¿Y porqué podemos decir que esta vez ese proceso sí está llegando a su fin?

Porque ya se vislumbra un nuevo orden global. Ya no quedan dudas sobre cómo se va a organizar la nueva polaridad, quienes son las cabezas que la van a dirigir: Estados Unidos y China. Tan es así, que todo lo que vemos en las noticias es una suerte de juego para ver cómo se reparten al planeta.

¿Qué es lo que podemos apreciar en estos momentos?

En primer lugar, que Estados Unidos, Israel, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos conforman un primer bloque, y su principal rivalidad es contra China, Rusia, Irán, Venezuela, Corea del Norte y Cuba.

Llama la atención que en esta redefinición Europa ya no aparece. No tiene nada de raro. Es un continente agotado, apenas capaz de medio defenderse a sí mismo. Su mejor momento económico ya pasó. Hundido por el peso de la social-democrácia (un modelo poco eficiente y carísimo), hoy por hoy es el continente con menor crecimiento económico en todo el mundo. El estado —como estructura de poder— controla demasiado a los individuos, y hay pocos incentivos para el emprendimiento y la innovación. Será que la Segunda Guerra Mundial los agotó, no nada más materialmente, sino más bien espiritualmente. Europa se convirtió en ese abuelo amable cuya casa es un hermoso museo, pero que ya no quiere meterse en problemas.

Si alguna vez te preguntaste por qué Trump siempre pareció inclinarse a favor de Putin y no de Europa, la respuesta es simple: porque Putin podría ser lo dictatorial y despiadado que quieras, pero el modelo social, económico y político de Europa le resultaba más estorboso a Trump para llevar adelante sus planes de reposicionar a nivel global al liberalismo económico.

Por eso es que Estados Unidos sigue tratando a Europa con la punta del pie (ponle atención a todo lo que está pasando ahora con el asunto de Groenlandia), y con ello pareciera que lo único que va a lograr es que este continente fortalezca sus lazos con China.

Y sí, es correcto. Incluso es probable que Trump quiera eso, o por lo menos le resulte indiferente si pasa eso. El presidente de los Estados Unidos está bien consciente de que la región que se va a convertir en la nueva fábrica de riqueza durante el resto del siglo XXI, es el Medio Oriente. Por eso su apuesta está allí, y la agotada Europa puede hacer lo que bien le plazca.

En última instancia, a Trump le interesa más América Latina, y por eso ya tomó el control de Venezuela, quitándole así un importante apoyo económico a Rusia, Irán y China. Ni qué decir de Cuba. Está sentenciada al colapso, por las buenas o por las malas. E Irán está en el filo de la navaja, cada vez más cerca de colapsar. Rusia no lo está pasando mejor. Sigue empantanado en Ucrania y su poderío militar está cada vez más deteriorado. No pudo hacer nada por Venezuela, salvo atestiguar que los Estados Unidos hacen y deshacen como quieren y cuando quieren.

Así pues, en realidad todo apunta a que China no cuenta ya con Venezuela (ya la perdió), Cuba (la va a perder), Irán (lo mismo) y Rusia (va a quedar muy disminuida). Su último aliado relativamente estable es Corea del Norte, y esto no deja de ser una ironía grotesca. Es uno de los países más pobres del mundo.

No es algo que le preocupe demasiado a los Chinos, por cierto. Esos países son más una carga que una ayuda. Todo el tiempo necesitan dinero y, según parece, muchos de esos préstamos no los van a poder pagar.

Y es que aquí está el cambio más importante de todos: la nueva polaridad ya no es militar ni política, sino comercial. La guerra entre Estados Unidos y China es por mercados, no por territorios. Y los mercados tienen una ventaja: mientras alguien esté dispuesto a comprar, alguien estará listo para vender. Si Estados Unidos tiene éxito en convertir al Medio Oriente en la región de máximo desarrollo económico del mundo, a China no le va a molestar demasiado esa alianza política siempre y cuando encuentre buenos clientes para sus productos. Por eso también tratará con cierta complacencia a Europa. Es un continente moralmente agotado, pero puede comprar todos los cachivaches que lleguen desde China. El mejor proyecto para China es, sin duda, reforzar sus vínculos con la India.

Alrededor de esta polaridad, América Latina, África y los Tigres menores del Asia más oriental tendrán que encontrar su propio lugar.

Por el momento, todo apunta a que América Latina se quedará convertida en zona de influencia estadounidense. Si Cuba cae —y no hay indicios de que pueda mantenerse de pie—, esto será irreversible. Colombia muy probablemente va a expulsar a la izquierda del poder. Brasil podría resistir un poco más, pero también es cuestión de tiempo para que la gente de Lula pierda las elecciones.

África pinta para convertirse en el nuevo territorio de conflictos de interés. Es el enorme rincón del mundo en el que el islamismo seguirá causando serios problemas, y donde tal vez Rusia mantenga un poco de influencia.

Sin duda, la región mejor posicionada ante este nuevo panorama es Asia oriental, e incluso podemos incluir allí a Oceanía. Japón y Corea del Sur, muy de la mano con los Estados Unidos, tienen todo para liderear junto con Singapur y Vietnam (las estrellas ascendentes en la región) una zona que pueda mantener un alto grado de autonomía política y de solvencia económica, y eso los va a dejar en buena posición para comerciar con todos. Es probable que se conviertan en una tentación para China, pero no es muy factible que los pueda invadir. Militarmente, China es menor potente de lo que tanto presume. Su tecnología militar demostró no estar a la altura de los verdaderos retos bélicos tanto en Irán como en Venezuela.

Poco a poco, un nuevo mapamundi empieza a tomar forma. Lo que he descrito apenas es un esbozo al que todavía le falta mucho por madurar, y probablemente haya que hacerle ajustes en el camino.

Una cosa es segura: el mundo en el que yo nací en 1970, ese mundo surgido de la Segunda Guerra Mundial, ya no existe.

Como podamos, tendremos que acostumbrarnos a un nuevo orden que está naciendo frente a nuestras propias narices, para bien o para mal.


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Irving Gatell: Nace en 1970 en la Ciudad de México y realiza estudios profesionales en Música y Teología. Como músico se ha desempeñado principalmente como profesor, conferencista y arreglista. Su labor docente la ha desarrollado para el Instituto Nacional de Bellas Artes (profesor de Contrapunto e Historia de la Música), y como conferencista se ha presentado en el Palacio de Bellas Artes (salas Manuel M. Ponce y Adamo Boari), Sala Silvestre Revueltas (Conjunto Cultural Ollin Yolliztli), Sala Nezahualcóyotl (UNAM), Centro Nacional de las Artes (Sala Blas Galindo), así como para diversas instituciones privadas en espacios como el Salón Constelaciones del Hotel Nikko, o la Hacienda de los Morales. Sus arreglos sinfónicos y sinfónico-corales se han interpretado en el Palacio de Bellas Artes (Sala Principal), Sala Nezahualcóyotl, Sala Ollin Yolliztli, Sala Blas Galindo (Centro Nacional de las Artes), Aula Magna (idem). Actualmente imparte charlas didácticas para la Orquesta Sinfónica Nacional antes de los conciertos dominicales en el Palacio de Bellas Artes, y es pianista titular de la Comunidad Bet El de México, sinagoga perteneciente al Movimiento Masortí (Conservador). Ha dictado charlas, talleres y seminarios sobre Historia de la Religión en el Instituto Cultural México Israel y la Sinagoga Histórica Justo Sierra. Desde 2012 colabora con la Agencia de Noticias Enlace Judío México, y se ha posicionado como uno de los articulistas de mayor alcance, especialmente por su tratamiento de temas de alto interés relacionados con la Biblia y la Historia del pueblo judío. Actualmente está preparando su incursión en el mundo de la literatura, que será con una colección de cuentos.