El gobierno libanés está bajo fuerte presión de Estados Unidos, Europa y países árabes para reducir la influencia de Hezbolá en su territorio. Las potencias advirtieron que, si el grupo no se repliega y el Estado no recupera el control total, el Líbano podría quedar aislado política y económicamente, e incluso verse arrastrado a una nueva guerra con Israel.
En medio de este clima de tensión, el ministro de Asuntos Exteriores de Irán, Abbas Araghchi, anunció una visita a Beirut para el jueves. Irán es el principal aliado y patrocinador de Hezbolá, y su llegada busca mostrar apoyo político al movimiento chií en un momento en que su poder está siendo cuestionado tanto dentro como fuera del país.
El presidente libanés, Joseph Aoun, dijo que el despliegue del ejército en el sur del país tiene como objetivo “garantizar que las decisiones de guerra y paz sean tomadas solo por el Estado”, una forma de marcar distancia con las operaciones militares de Hezbolá contra Israel. Aoun también pidió resolver viejos conflictos fronterizos, como la presencia israelí en pequeñas zonas del sur del Líbano, y crear áreas de seguridad que reduzcan el riesgo de nuevos enfrentamientos.
El presidente del Parlamento, Nabih Berri, un aliado de Hezbolá, respaldó públicamente al ejército y elogió sus avances en el sur, aunque acusó a Israel de violar a diario la soberanía libanesa.
Por su parte, el Ministerio de Asuntos Exteriores libanés emitió un comunicado en el que aseguró que los ataques israelíes contra Hezbolá no debilitan el esfuerzo por desarmar al grupo, sino que podrían incluso reforzar el papel del Estado. “Israel espera que el ejército libanés continúe con su labor de imponer su autoridad al sur del río Litani y en todo el país”, señaló el comunicado.
El ejercito habia fijado un plazo de fin de año para retirar el armamento no estatal del sur del Libano.
El presidente Aoun pidió más ayuda internacional para el ejército, que sigue siendo la única institución estatal con legitimidad nacional. Según el mandatario, “solo un Estado fuerte puede garantizar la paz y la seguridad en el Líbano”.
Desde Naciones Unidas, la enviada especial para el Líbano, Jeanine Hennis-Plasschaert, celebró el avance de las Fuerzas Armadas Libanesas (FAL) y destacó que ahora “tienen el control operativo del sur del Litani”, una zona históricamente dominada por Hezbolá. “Es un progreso innegable, pero aún queda mucho trabajo por hacer”, afirmó en la red social X.
Diplomáticos occidentales y árabes consideran que el despliegue militar representa una oportunidad para cumplir con la Resolución 1701 del Consejo de Seguridad de la ONU, que puso fin a la guerra de 2006 entre Israel y Hezbolá. Dicha resolución exige que no haya fuerzas armadas fuera del control del Estado en el sur del país.
Aun así, varios países temen que los avances sean frágiles si Hezbolá no se compromete a desmilitarizarse y no llega apoyo financiero rápido al gobierno libanés, muy afectado por la crisis económica.
Irán, por su parte, intenta contener la presión internacional. Con la visita de Araghchi a Beirut, busca dejar claro que sigue siendo un actor clave en la región, aunque enfrenta sus propios problemas internos y las sanciones impuestas por Occidente.
En Israel, el gobierno de Benjamin Netanyahu ha reiterado que continuará atacando objetivos de Hezbolá en la frontera norte para proteger a sus comunidades, pero advierte que no busca una guerra total con el Líbano. Altos mandos militares reconocen que un conflicto abierto sería devastador para ambos países.
El futuro inmediato del Líbano dependerá del equilibrio entre la presión internacional, las promesas de apoyo económico y la capacidad del ejército para mantener la calma en el sur. Por ahora, el gobierno de Aoun intenta presentarse como el único actor legítimo capaz de garantizar la estabilidad, mientras Hezbolá enfrenta un aislamiento creciente, incluso dentro de sus propias fronteras.
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