Seguramente lo ha notado. Hoy en día, discutir sobre cualquier cosa, pero sobre todo de política, ya no se siente como un intercambio de ideas, sino como una guerra de religiones.
Grupos de la izquierda radical no solo defienden una ideología; se comportan como una congregación fanática. Tienen sus propios dogmas, sus rituales de pureza y, por supuesto, sus propias excomuniones: la cultura de la cancelación.
Pero, ¿cómo es que un movimiento que se dice ateo y progresista termina pareciéndose tanto a una secta? Y más extraño aún: ¿Por qué termina aliado con el fundamentalismo islámico?
¿Cómo llegamos a esta Inquisición Moderna?
Para entender esto, hay que mirar su lenguaje. Conceptos como el ‘privilegio’ funcionan hoy como el nuevo pecado original. No importa lo que hagas, naces con él y debes pedir perdón perpetuamente.
Este lenguaje no nació de la nada. Viene de las universidades, de teorías como la interseccionalidad. En este sistema, el mundo se divide rígidamente entre ‘opresores’ y ‘oprimidos’. Si cuestionas el dogma, no eres alguien con una opinión distinta; eres un ‘herético’ que debe ser silenciado.
Es la táctica de Saul Alinsky en su libro Reglas para Radicales: ‘Congela el objetivo, personalízalo y polarízalo’. No debaten la idea, destruyen a la persona.”
Aquí es donde la lógica se rompe para muchos. ¿Cómo puede la izquierda radical, que defiende el feminismo y los derechos LGTBIQ+, marchar junto a grupos islámicos que reprimen esos mismos derechos?
La respuesta es el antiimperialismo. Para la izquierda radical, el ‘Gran Satán’ es Occidente, el capitalismo e Israel. Bajo la lógica de que ‘el enemigo de mi enemigo es mi amigo’, ven en el islamismo radical una fuerza de resistencia contra el sistema global.
En su tabla de ‘puntos de opresión’, el musulmán es visto como la víctima máxima del colonialismo. Por eso, la izquierda está dispuesta a ignorar la falta de libertades en esos regímenes con tal de golpear al enemigo común.
Pero cuidado: esta alianza ya ocurrió antes y terminó en tragedia. En 1979, en Irán, los estudiantes socialistas ayudaron al Ayatollah Khomeini a derrocar al Shah. Pensaron que, una vez en el poder, podrían convivir.
¿Qué pasó? En cuanto los islamistas tomaron el control, declararon al marxismo como una ‘ideología satánica’. Miles de esos mismos izquierdistas fueron ejecutados o tuvieron que huir. La fe teocrática siempre termina devorando a la utopía política.
Cuando la política se convierte en religión, la verdad es la primera víctima. La izquierda radical busca adeptos, no ciudadanos; busca conversos, no diálogo.
Entender estas tácticas y este lenguaje es el primer paso para no caer en la manipulación de quienes prefieren la pureza ideológica sobre la libertad real.
La izquierda radical no busca soluciones técnicas a problemas económicos; busca una victoria moral sobre un enemigo imaginario. Por eso, no importa cuántas veces fracase el modelo en la realidad, porque en su mente, la batalla es espiritual y eterna.
Haga memoria ¿puede recordar a líderes polémicos culpando de los problemas de su país a Estados Unidos, España, los neoliberales, el patriarcado o Israel?
“Imágenes cortesía de Media Oriente por Veo Israel”
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