Lo que estamos presenciando en esta primera semana de marzo de 2026 no tiene precedentes en la historia moderna del Medio Oriente.
Tras el inicio de las operaciones “Furia Épica” y “León Rugiente” por parte de Estados Unidos e Israel el pasado 28 de febrero, el régimen de Teherán ha respondido no con una defensa táctica, que proteja a su población, sino con una explosión de violencia multidireccional y si me apura irracional.
¿Es un movimiento suicida? ¿O es la ejecución de la doctrina de “caos regional” para forzar un alto al fuego? Hoy analizamos el nuevo frente en Azerbaiyán y la desesperada situación que se vive dentro de las ciudades iraníes.
El ataque de hoy con drones contra el Aeropuerto Internacional de Najicheván, en Azerbaiyán, exhibe un manotazo sin sentido. Irán siempre ha visto con recelo la estrecha alianza entre Bakú y Jerusalén. Para Teherán, Azerbaiyán es una “plataforma del Mossad” en su frontera norte.
Sin embargo, abrir un frente en el Cáucaso mientras tus propias bases navales y centros de misiles están siendo destruidos por la aviación aliada parece, a ojos de cualquier estratega, una maniobra de distracción desesperada. Al golpear a Azerbaiyán, Irán busca intimidar a los vecinos que cooperan con Israel, enviando el mensaje de que nadie está a salvo. Pero el riesgo es altísimo: Azerbaiyán ya ha puesto a sus tropas en alerta máxima y esto podría involucrar a otros actores regionales como Turquía.
Pero, ¿qué pasa dentro de Irán? Mientras los misiles vuelan hacia el exterior, el tejido interno del país se desgarra. La situación en ciudades como Teherán, Isfahán y Kermanshah es crítica.
Los ataques aliados han descabezado a gran parte del liderazgo de la Guardia Revolucionaria y eliminado al Líder Supremo, Ali Jameneí. Esto ha generado un vacío de poder donde comandantes locales están tomando decisiones erráticas.
Tras meses de crisis económica, la guerra ha sido el catalizador de nuevas protestas masivas. Desde finales de febrero, las calles iraníes vuelven a gritar por libertad, pero la respuesta del régimen —o lo que queda de él— ha sido brutal: ejecuciones expeditas y cortes totales de internet.
Con la infraestructura logística dañada y las sanciones “snapback” asfixiando la economía, las ciudades enfrentan escasez de combustible y medicinas. No es que “no tengan nada que perder”, es que el régimen está priorizando su supervivencia militar sobre la vida de 85 millones de ciudadanos.
¿Es esto un suicidio? Para el régimen, la lógica es distinta. Si logran cerrar el Estrecho de Ormuz y atacar infraestructuras petroleras en el Golfo, creen que el shock económico global obligará a Occidente a detener a Israel. Es una apuesta de “todo o nada”.
Irán sabe que su capacidad convencional está herida de muerte —el CENTCOM estima que su inventario de misiles balísticos ha caído un 86%—. Por eso, recurren a la guerra asimétrica: drones kamikaze y ataques a países neutrales para internacionalizar el costo del conflicto.
Lo que suceda en las próximas horas en la frontera con Azerbaiyán y en las calles de Teherán determinará si estamos ante el fin de una era para la República Islámica o ante una conflagración regional de la que nadie saldrá ileso.
Irán está dentro de las grandes potencias petroleras, esos recursos le pueden dar un nivel de vida igual o más alto que otras potencias árabes, pero la cúpula en el poder, los fanáticos religiosos, demuestran que sólo quieren ver al mundo en llamas.
Imágenes cortesía de Media Oriente, por Veo Israel.
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