En Enlace Judío conversamos con Sougand Hesamzadeh, abogada activista de doble nacionalidad iraní-ecuatoriana, quien ha dedicado su vida a denunciar las violaciones sistemáticas de derechos humanos en Irán. Aunque reside desde hace años en Ecuador, se encuentra de paso en México y nos compartió un testimonio profundo, doloroso y necesario sobre la situación actual en su país natal.
En medio de la guerra y bajo un régimen que persigue, silencia y reprime a su propia población, Hesamzadeh describe con crudeza la realidad que vive hoy Irán, una sociedad contenida por el miedo, pero lejos de estar derrotada.
Hesamzadeh recuerda cómo, desde la Revolución Islámica de 1979, Irán ha vivido siete levantamientos significativos. Sin embargo, los focos internacionales solo han puesto atención en los dos últimos: primero en 2022, con el caso de Mahsa Amini, y luego con las protestas masivas que sacudieron al país a finales de ese año y comienzos de 2023, donde —según datos citados por activistas y medios independientes— se reportaron 40,000 muertos y 300,000 heridos en apenas dos días.
“Cuando hablo de ayuda internacional, no busco salvadores”, aclara Hesamzadeh.
“Me refiero a que, ante un régimen que durante 47 años ha transgredido sistemáticamente los derechos de su pueblo, es imposible no reconocer la necesidad de que el mundo ponga atención”.
La abogada detalla cómo el régimen iraní, liderado por los ayatolás, ha consolidado un control férreo sobre la sociedad, en especial sobre las mujeres, consideradas —según explica— “sujetos de segunda categoría”. Desde la obligatoriedad del velo hasta severas restricciones civiles y políticas, las mujeres han sido, paradójicamente, las protagonistas del movimiento “Mujer, Vida, Libertad”, una consigna que exige dignidad y derechos elementales.
Asimismo, contextualiza la dimensión geopolítica del conflicto: Irán ha mantenido durante décadas un discurso amenazador hacia Israel y Estados Unidos, mientras su programa nuclear genera preocupación internacional. En ese sentido, su postura no es de alineamiento político, sino —afirma— de visibilización:
“Lo que agradecemos es que hoy el mundo finalmente está mirando a Irán y a las voces de su juventud, especialmente las mujeres, que han sido sistemáticamente silenciadas”.
Hesamzadeh comparte también experiencias personales que marcaron su activismo. Relata cómo, siendo niña, viajó a Irán y percibió la diferencia de trato entre hombres y mujeres, una vivencia que la impulsó a estudiar Derecho y a dedicar su vida a la defensa de los derechos humanos. Hoy, desde el extranjero, se asume como un puente de voz para quienes no pueden comunicarse libremente dentro del país.
La activista enfatiza que, aunque la represión ha generado miedo, la resistencia persiste. Durante la celebración del Nowruz, miles de iraníes salieron a las calles para honrar su cultura persa y a quienes han perdido la vida en la lucha por la libertad:
“Bailan con lágrimas en los ojos, reconociendo a sus héroes. No permiten que el régimen sienta que ha vencido”, afirma.
Le tenemos más miedo al régimen que a las bombas
“Hoy la gente está apaciguada, pero no tranquila”, sostiene Hesamzadeh. La razón es que cualquier crítica puede tener consecuencias graves. Sin embargo, incluso en ese contexto, la resistencia persiste: “Desde las ventanas la gente sigue gritando, usando megáfonos. Buscan maneras de comunicarse”, relata, evidenciando una forma de protesta que ha migrado de las calles a los espacios íntimos.
Uno de los momentos más reveladores ocurrió durante Chaharshanbe Suri, una celebración ancestral de origen zoroastriano. A pesar del riesgo, hubo personas que salieron a las calles. “Querían vivir su cultura”, explica.
En ese contexto, señala que la presencia de drones estadounidenses generó una percepción de resguardo momentáneo en algunas zonas, lo que permitió a ciertos ciudadanos continuar con sus rituales:
“No se trata de ensalzar la guerra, sino de entender que, en estas condiciones, incluso celebrar se convierte en un acto de resistencia”.
Hesamzadeh subraya que la caída del régimen no será inmediata. Tras más de cuatro décadas en el poder, la estructura política —compuesta por el liderazgo supremo, la Guardia Revolucionaria y el clero— mantiene un control profundo. No obstante, identifica señales de debilitamiento.
“El poder está herido”, afirma. Y ese desgaste podría derivar en fracturas internas:
“El poder en estos sistemas es vertical, pero no todos están alineados. Es plausible que surjan divisiones”.
A nivel geopolítico, insiste en que el análisis no puede reducirse a narrativas simplistas. Señala el papel de Irán en el financiamiento de grupos como Hamás y Hezbolá, así como su impacto en la prolongación de conflictos en la región.
“¿Por qué no pensar que, si Irán deja de financiar estos grupos, podrían mejorar las condiciones humanitarias?”, plantea.
También denuncia prácticas de coerción, como amenazas a familiares de figuras públicas y presión sobre atletas y opositores. En algunos casos, afirma, quienes han manifestado posturas críticas son obligados a retractarse públicamente bajo intimidación.
Sobre la comunidad judía en Irán, Hesamzadeh señala que, aunque existe, vive en condiciones de vulnerabilidad: “Desde pequeños, los niños son expuestos a discursos hostiles hacia Israel. Eso configura un entorno donde ser judío implica vivir con miedo”.
A pesar de todo, su mensaje es contundente, y lo que ocurre hoy representa un punto de inflexión: “Después de 47 años, la gente dice algo muy claro: le tenemos más miedo al régimen que a las bombas. Y eso lo cambia todo”.
Desde el exterior, Hesamzadeh continúa su labor como portavoz a través de la investigación, la escritura y la participación en espacios públicos: “Lo hago por convicción y por amor a mi cultura persa”, afirma.
Su esperanza es concreta y realista: “Que caiga el régimen”. Y aunque reconoce que no será un proceso inmediato, está convencida de que algo ya cambió en Irán. Algo que, esta vez, difícilmente podrá ser silenciado.
La entrevista con Sougand Hesamzadeh ofrece una mirada profunda sobre la situación en Irán, donde convergen factores sociales, políticos y culturales. Su testimonio aporta elementos para comprender una realidad compleja, en la que la resistencia social continúa, incluso en condiciones de alto riesgo.
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