Fernando Yurman / Terremotos

Rescatistas tailandeses llegan al lugar del derrumbe de un edificio en la zona de Chatuchak tras el terremoto del 28 de marzo de 2025 en Bangkok, Tailandia. Lauren DeCicca/Getty Images AsiaPac/Getty Images

Hay desastres telúricos con tanto peso en la memoria social que terminan fundidos como arquetipos. Fertilizan la leyenda. El trauma moviliza moralejas míticas, hace deslizar pisos reales hacia  hondas alegorías y  crea implacables metáforas históricas. Es el caso de los terremotos, que a diferencia del humillante borramiento del huracán o la muda aniquilación de la lava volcánica, parece un juicio tronante. Exalta la refundación que la geología sanciona, como si  el evento fuera un martillazo de Dios. Así ocurrió en Europa con el sismo de Lisboa, que aterró de teología el somnoliento siglo XVIII, entonó el ardiente escepticismo de Voltaire y sepultó el porvenir portugués bajo una sombrilla de épica antigüedad. También con el de San Juan, que brindó a Perón y Evita el brusco escenario de compasión que potenció el populismo paternal que cultivaban. Ni los padres y madres del tango, el folletín o el cine del teléfono blanco hubieran podido ofrecerles un sello populista tan certero a su carrera electoral. Hay desastres telúricos que parecen resetear los discursos, atraviesan la experiencia pública como mantequilla y moldean su sentido. Reinauguran la historia porque en el apocalíptico final está vibrando un comienzo. La subjetividad social remeda el sacudón telúrico pero en las tierras de la memoria, ahí recibe una Tabula rasa para inscribir lo inédito.

Recuerdo haber atendido a un sobreviviente venezolano del deslave de La Guaira de 1999, poco después del ascenso de Chávez, el audaz Timonel del naufragio nacional. Todavía vibraba la alegría idiota de aquellas elecciones, y en aquel entusiasmo, infantil y suicida, el psicópata mandatario había decidido no aceptar la ayuda norteamericana de rescate para evitar que lo contamine el peligroso imperialismo. La precaución infundía en las víctimas la radicalidad protectora que sostenía su farsa. La víctima que atendí recordaba conmovido que cuando lo rodeó el aluvión que arrastraba todo desde la montaña, sin saber que habría de sobrevivir al desastre, pensaba que eso no ocurría solamente en La Guaira, que era el fin del mundo, el verdadero fin universal mencionado por algún pastor.

Ese terror cósmico universal es frecuente en las hecatombes colosales, impresiones similares se habían registrado en muchas víctimas del holocausto y de los desastres de la bomba atómica. Después que el paciente aplacó su traumática conmoción en el tratamiento, trasladó la exaltación chavista al sentido del desastre, porque el Gran Timonel erigió a los militares en los verdaderos salvadores de la patria. Hasta las Madres de la Plaza de Mayo, que apenas  iniciaban su condición de próceres, aplaudieron ese gesto revolucionario de Chávez. Las casas que construyó para el pueblo ese gobierno dadivoso son las que ahora cayeron como papel con el reciente terremoto. Las  que habían caído menos eran privadas, son aquellas en  donde los militares y policías buscaban la cocaína y los dólares que quedaron enterrados por la furia telúrica. Me pregunto si aquella consigna de la última elección chavista, “El Amor con Amor se paga”, la volverían a emplear sus epígonos con los sobrevivientes actuales, aquellos que seguían escuchando los gritos de sus familiares en plena indiferencia oficial.  El drama actual ocurría entre seres desolados, mientras el aparato chavista trataba de rejuntar sus bienes, ya legitimados por este imperialismo distinto, que respetaba mucho su talante comercial y el orden cívico militar que gestionó el hambre que hizo emigrar a siete millones de desesperados. No pudieron disfrutarlo los 149 venezolanos deportados desde Texas el día anterior; tuvieron la mala suerte de quedar sepultados después de descender su avión en Maiquetía.

La memoria de los terremotos, especialmente en urbes capitales, devienen signos de una deriva histórica inexorable. Es la oportunidad para el artificio de la falsa solidaridad o para la revelación política postergada. En su tiempo, la erupción del Vesubio fue retratada con esa doble semblanza para los Dioses mitológicos según las cartas de Plinio el Joven. Ambas cariátides también pregnan los dos desastres de La Guaira, el paternalismo vicioso chavista  en el primero y la rabia popular del segundo por la responsabilidad homicida del régimen. Algunos otros casos fueron clásicos en  diques y torsiones del intenso devenir histórico, pero siempre fue  el destino su interlocutor inexorable. El de Tokio en 1923, Lisboa en 1755, Caracas en 1810, aseveran esa condición que parece más un encuentro con la propia historia que con la naturaleza. Esta última adquiere el aura de una divinidad punitiva. El evento telúrico reinicia todos los costados de la vida desde sus raíces, y deja en el recuerdo del temblor la señal de una honda inermidad. Toda la vida normal se corre, se desfigura, la muerte cambia sus sentidos. La presencia de un poder desnudo que había sido lejano, hace presente lo lejos que estaba cerca y lo cerca que estaba lejos. Es posible renovar la ignorancia, sentir una euforia de la ignorancia”, como llamó el historiador Carlo Ginzburg a esa sed de saber de lo no pensado.

La tentación alegórica que tienen los terremotos es irresistible, en parte porque los suelos no solamente son el hábitat de las raíces y la lealtad quieta de los árboles, es también donde están los humanos y los zapatos necesarios para ponerse en los pies del otro. Ellos brindan la ilusión de estabilidad, esa virtud superior que casi todos los gobiernos cuidan. En ella circula la solidaridad espontánea y también contribuye al eje de sustentación de la identidad, el íntimo lugar propio. Por eso el sismo delata las fallas subterráneas de todo subsuelo, incluso el social. De ahí se advierte que muchos terremotos no requieren que se mueva la tierra, una crisis económica, una derrota militar, una anarquía incontenible, tienen el mismo efecto, mueven el piso de instituciones y discursos carcomidos por el delito y la ineficiencia. 

Nuevamente, Venezuela nos entrega un ejemplo radical, la reacción que está empujando en todos los estados la incertidumbre. Ya sea la rabia por el previsible desequilibrio climático, el nihilismo por la crisis cultural, la violencia étnica, la aprensión  económica, los retos tecnológicos o la seguridad nacional. El nombre de Venezuela proviene del recuerdo de Venecia que habían tenido los conquistadores españoles. Lo asociaron a los palafitos en que vivían los indígenas sobre territorio lacustre, un pueblo sin suelo.

Y este es un tiempo en que todos los estados se sostienen sin convenciones y pactos confiables, como palafitos institucionales, un craso poder sin autoridad que ignora todas sus fallas.

Fernando Yurman
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