Rubén Kaplan / Greta Thunberg y la maquinaria global de la propaganda antiisraelí

Greta Thunberg, la activista sueca que se convirtió en un símbolo mundial de la lucha contra el cambio climático, volvió a ocupar las primeras planas. Esta vez no fue por cuestiones ambientales. Su aparición en Berlín vistiendo una camiseta con la inscripción árabe Yalla Intifada”, sumada a su participación en flotillas hacia Gaza y a reiteradas manifestaciones contra Israel, reabrió un interrogante mucho más amplio:

¿Cómo una joven que movilizó a millones de personas en defensa del planeta terminó transformándose en uno de los rostros más visibles de la campaña internacional contra el Estado judío?

No se trataba de una expresión humanitaria ni de un llamado abstracto en favor de los derechos palestinos. Esa consigna constituye una exhortación a las intifadas, movimientos que estuvieron marcados por atentados suicidas, ataques armados y asesinatos de miles de civiles israelíes. Que una de las activistas más conocidas del mundo adoptara públicamente semejante lema constituye una nueva etapa de una transformación que comenzó hace tiempo: la joven que alcanzó notoriedad internacional defendiendo el medio ambiente pasó a convertirse en una de las principales amplificadoras de la campaña contra Israel.

La respuesta no debe buscarse únicamente en Greta Thunberg. Ella representa una figura emblemática de un fenómeno mucho más amplio que involucra organizaciones militantes, universidades, redes sociales, gobiernos, fundaciones privadas y una poderosa maquinaria de comunicación que, desde hace años, procura instalar una determinada narrativa sobre Israel en amplios sectores de la opinión pública occidental.

Quien crea que se trata simplemente de una sucesión espontánea de protestas debería formularse una pregunta elemental:

¿Qué explica que, casi simultáneamente, aparezcan las mismas consignas, los mismos símbolos y los mismos métodos de movilización en universidades norteamericanas, capitales europeas y manifestaciones celebradas en distintos continentes?

Las campañas internacionales de semejante magnitud no suelen sostenerse únicamente por la indignación de millones de personas. Requieren recursos económicos, estructuras permanentes, organizaciones capaces de movilizar activistas y una intensa actividad en los ámbitos académico, político, cultural y mediático.

Uno de los episodios más inquietantes ocurrió recientemente en Estocolmo. Durante una manifestación propalestina fue instalada una reproducción del acceso al campo de exterminio de Auschwitz. Sobre su entrada original podía leerse la inscripción alemana Arbeit macht frei (“El trabajo hace libre”), la cínica mentira con la que el régimen nazi recibía a quienes, en su inmensa mayoría, serían asesinados. En su perverso remedo, aquella inscripción fue reemplazada por una única palabra: “Gaza”.

No fue solamente una provocación.

Constituyó una verdadera inversión de la memoria histórica.

El pueblo que padeció el Holocausto pasó a ocupar el lugar de sus verdugos, mientras el principal símbolo del exterminio nazi era utilizado para demonizar al único Estado judío del mundo.

Ese episodio no constituye un hecho aislado. Se suma a consignas como Globalize the Intifada (“Globalizar la Intifada”), que propone extender internacionalmente un movimiento asociado históricamente con atentados terroristas y ataques contra civiles israelíes, y From the River to the Sea (“Del río Jordán al mar Mediterráneo”), expresión interpretada por numerosos sectores como la negación del derecho de Israel a existir al propugnar un único Estado palestino entre ambos límites geográficos. A ello se agregan los campamentos universitarios, las campañas de boicot académico y cultural y la creciente hostilidad hacia estudiantes judíos registrada en numerosos campus occidentales desde el 7 de octubre de 2023.

Nada de ello parece responder únicamente a reacciones emocionales o improvisadas. Detrás de muchas de estas iniciativas existe una compleja infraestructura integrada por organizaciones internacionales, centros académicos, plataformas digitales y movimientos de activismo que cuentan con importantes recursos financieros y una notable capacidad de movilización.

Durante los últimos años, Qatar ha destinado decenas de millones de dólares a organizaciones, centros de estudio y diversas iniciativas de proyección internacional. Paralelamente, ha realizado importantes aportes a universidades occidentales mediante donaciones, convenios y programas académicos. Irán, por su parte, continúa financiando y respaldando a Hamás, la Yihad Islámica Palestina y otras organizaciones que forman parte de su estrategia regional. Aunque se trata de mecanismos diferentes, ambos revelan que la influencia política y cultural también puede construirse mediante recursos económicos.

Especial atención merece el papel de determinadas fundaciones privadas. El destino de los recursos distribuidos por Open Society Foundations, fundada por George Soros, Ford Foundation, Rockefeller Brothers Fund, Tides Foundation y otras entidades que financian proyectos de activismo internacional debería ser objeto de una investigación rigurosa cuando aparecen vinculadas, directa o indirectamente, con organizaciones protagonistas de campañas de deslegitimación contra Israel. Seguir el recorrido de esos fondos, identificar a sus beneficiarios y determinar el alcance de su influencia constituye una investigación que ya no se puede seguir postergando.

La batalla tampoco se libra únicamente en el terreno político. También se desarrolla en universidades, festivales culturales, redes sociales y medios de comunicación. Actores como Javier Bardem, músicos como Roger Waters y celebridades del activismo como Greta Thunberg han contribuido, con distinta intensidad y motivaciones, a amplificar una visión profundamente crítica hacia Israel, al que acusan de cometer genocidio en Gaza. En otros casos, como el del rapero Kanye West, el antisemitismo dejó de manifestarse de forma encubierta para expresarse abierta y crudamente.

Las guerras del siglo XXI ya no se libran solamente con ejércitos, misiles, drones o servicios de inteligencia.

También se combaten mediante relatos.

Quien consigue instalar una narrativa antes de que los hechos sean plenamente comprendidos obtiene una ventaja estratégica de enorme importancia.

La crítica a las políticas de cualquier gobierno democrático forma parte del debate legítimo. Muy distinto es convertir al único Estado judío del mundo en el blanco permanente de campañas que trivializan el Holocausto, justifican el terrorismo o presentan el antisemitismo bajo la apariencia de un discurso de derechos humanos.

Greta Thunberg no creó esa maquinaria.

Pero su transformación en uno de sus rostros más visibles obliga a dirigir la mirada mucho más allá de su figura. Las campañas internacionales de semejante magnitud requieren financiación, organización, costosas estructuras permanentes y portavoces capaces de influir sobre millones de personas.

Comprender quiénes sostienen esa estructura, cómo opera y cuáles son sus objetivos constituye una tarea ineludible. Porque detrás de muchas de las campañas que hoy conmueven a la opinión pública mundial no solo hay consignas: también existen intereses, recursos económicos y estrategias cuidadosamente diseñadas.

Rubén Kaplan
Periodista y escritor
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