LAS 5 TRAGEDIAS QUE RECORDAMOS EN EL DÍA DE DUELO NACIONAL
Tishá BeAb es el día de duelo nacional del pueblo judío. ¿Por qué esta fecha? Nuestros rabinos (Mishná, Taanit 4:6) enumeran cinco tragedias que ocurrieron el 9 de Ab.
1. JET HAMERAGUELIM (aprox. 1450 a.e.c.): Cuando el pueblo judío estaba en el desierto, camino a la Tierra Prometida, ocurrió la crisis de los espías. Al regresar de explorar la tierra de Canaán, los espías convencieron al pueblo de que conquistar la tierra sería imposible. En un terrible acto de ingratitud, el pueblo le reprochó a Dios haberlos liberado de Egipto, insinuando que Él no podría ayudarlos a conquistar la Tierra de Israel. Dios decretó que todos los mayores de veinte años no entrarían a la Tierra Prometida, sino que vagarían por el desierto durante cuarenta años, hasta que esa generación muriera. La noche en que el pueblo lloró y se quejó ante HaShem, mostrando su falta de confianza en Él, fue la noche del 9 de Ab.
2. JURBÁN HABAYIT HARISHÓN (586 a.e.c.): En los días de Tsidkiyahu, el último rey de Yehudá, los babilonios sitiaron Yerushaláim el 10 de Tebet. El sitio duró dos años y medio. El pueblo no tenía provisiones, ni alimentos, ni leña; miles murieron de hambre y de epidemias. El 9 de Tamuz los babilonios abrieron una brecha en la muralla y entraron a la ciudad, saqueando, matando y destruyendo. Aun así, el Bet Hamikdash seguía funcionando, y se ofrecían sacrificios. El 17 de Tamuz, por primera vez desde los días del Éxodo, se interrumpió el sacrificio diario (korbán haTamid). El 7 de Ab, los babilonios entraron al Bet Hamikdash y lo profanaron. El 9 de Ab, cerca del atardecer, encendieron el fuego que quemó nuestro Bet Hamikdash durante esa noche y todo el día siguiente. Miles de judíos fueron asesinados, esclavizados o exiliados a Babilonia. La historia de la destrucción de Yerushaláim y su desolación se relata en Meguilat Ejá.
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3. JURBÁN HABAYIT HASHENÍ (68 e.c.): El 17 de Tamuz los romanos atravesaron las murallas que protegían Yerushaláim. Durante las tres semanas siguientes saquearon la ciudad, destruyeron todo a su paso y mataron a decenas de miles de judíos. El 9 de Ab, después de profanar el Santuario, Tito destruyó nuestro segundo Bet Hamikdash. Cientos de miles de judíos fueron asesinados, vendidos como esclavos o exiliados. Nuestros rabinos explicaron que los judíos de esa generación estaban divididos y peleados entre ellos (sinat jinam) — y que los romanos destruyeron un Bet Hamikdash que “ya estaba destruido por dentro”, porque cuando los judíos no están unidos, la presencia de HaShem no reside entre ellos.
4. NILKEDÁ BETAR (135 e.c.): Los judíos se rebelaron nuevamente contra el imperio romano, esta vez con la aprobación de grandes rabinos y líderes, entre ellos Rabí Akibá. La rebelión de Bar Kojbá fue aplastada por el emperador Adriano. La ciudad de Betar, la última resistencia de los judíos frente a los romanos, cayó en Tishá BeAb. Cientos de miles de judíos — según la Guemará, incluso más — fueron masacrados, y sus cuerpos quedaron sin sepultura.
5. NEJERASH HAHEJAL: En esa misma época, también un 9 de Ab, el Har Habayit — el área más sagrada del Templo — y sus alrededores fueron arados por el general romano Turnus Rufus. Yerushaláim fue convertida en una ciudad pagana, renombrada Aelia Capitolina, y a los judíos se les prohibió entrar en ella.
OTRAS TRAGEDIAS QUE OCURRIERON EL 9 DE AB
- 1096: La Primera Cruzada comenzó el 9 de Ab, destruyendo las comunidades judías de Francia y de Renania, y matando a miles de judíos solo en sus primeros meses.
- 1290: Los judíos fueron expulsados de Inglaterra el 9 de Ab (18 de julio de 1290).
- 1492: Los judíos fueron expulsados de España, después de haber vivido allí durante más de seis siglos. El Edicto de Expulsión obligaba a los judíos a abandonar el país antes de fin de julio; Tishá BeAb cayó el 1 de agosto. Las estimaciones de la población judía de España antes de la expulsión varían: algunas fuentes mencionan 250.000; el historiador Juan de Mariana habla de 800.000; otros estiman 600.000. Aproximadamente un tercio permaneció como “conversos”; un tercio fue asesinado o murió huyendo de España y de Portugal (de donde los judíos fueron expulsados en 1497); y un tercio logró escapar y establecerse en Italia, Marruecos, Argelia, Túnez, Turquía — la colonia más grande de refugiados españoles — Grecia, Egipto, Siria y Érets Israel (Safed y Yerushaláim).
EN LOS TIEMPOS MODERNOS
Alemania entró en la Primera Guerra Mundial el 1–2 de agosto de 1914 — el 9 de Ab — poniendo en marcha la convulsión de la judería europea cuyas consecuencias llevaron al Holocausto.
- El 2 de agosto de 1941 — el 9 de Ab — el comandante de las SS Heinrich Himmler recibió la aprobación formal del partido nazi para la “Solución Final”, el plan que llevó al asesinato de un tercio de la población judía mundial.
- El 23 de julio de 1942 — el 9 de Ab — comenzó la deportación masiva de los judíos del gueto de Varsovia a Treblinka.
- Y el 10 de Ab: el atentado contra la AMIA, el centro comunitario judío de Buenos Aires, mató a 85 personas e hirió a 300 (18 de julio de 1994).
La desconexión unilateral de Israel de Gush Katif — haHitnatkut — comenzó el 10 de Ab, el 15 de agosto de 2005.
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Yirmiyahu y la destrucción del Primer Templo
El primer Bet Hamikdash, el gran Templo de Yerushaláim, fue destruido el día 9 del mes de Ab del año 586 antes de la era común, hace más de 2.600 años.
Esta es la historia.
LA VARA DE YEHUDÁ
Nuestros Sabios explicaron que los enemigos de Israel son como la vara con la cual Dios castiga al pueblo de Israel por sus transgresiones. Por eso, cuando ayunamos en memoria de la destrucción del Bet Hamikdash, no lo hacemos para expresar nuestro resentimiento contra el enemigo, sino para tomar conciencia de nuestra propia responsabilidad colectiva en estos eventos y reflexionar sobre qué hicimos mal para merecer el abandono de Dios. La presencia de HaShem se aleja de nosotros cuando abandonamos la Torá y sus caminos de bien. Y sin Su protección, quedamos expuestos y vulnerables frente al enemigo.
El primer Bet Hamikdash fue destruido por tres razones principales: los judíos practicaban la idolatría (abodá zará), el asesinato con impunidad (shefijut damim) y la promiscuidad sexual (guilui arayot). Estos son los tres pecados capitales del judaísmo.
Para advertir al pueblo, Dios envió a Sus profetas para indicarles a Sus hijos que estaban tomando el camino equivocado. Los profetas hablaban con pasión al pueblo, y especialmente al rey y a la aristocracia, transmitiéndoles “el punto de vista de Dios” sobre su conducta. Los profetas denunciaban la injusticia y advertían que, si continuaban por ese camino, HaShem se alejaría de ellos y caerían en manos del enemigo, que siempre está al acecho. Esos adversarios de Israel actuarían sin piedad, y Dios no lo iba a impedir — a menos que cambiaran su conducta.
Pero el pueblo judío no escuchó a los profetas… y la ciudad de Yerushaláim y su Templo fueron destruidos.
En los últimos años del primer Bet Hamikdash, el profeta más prominente fue Yirmiyahu (Jeremías), que vivió en los tiempos del último rey de Yehudá: Tsidkiyahu.
¿CÓMO SUCEDIÓ?
Para entender qué llevó al pueblo de Israel a abandonar la Torá, tenemos que remontarnos a los tiempos del rey Menashé. Menashé reinó en Yehudá por más de 50 años. En su afán por hacer la paz y disfrutar de los beneficios económicos de pertenecer al poderoso imperio asirio, Menashé transformó a Yehudá en una provincia asiria en todo sentido. El precio de hacer tratados comerciales y militares con Asiria era que también tenía que adoptar a los dioses y el culto asirio, y erradicar la Torá y la observancia de las mitsvot. ¡Y lo logró! Dos generaciones de asimilación colectiva-nacional terminaron con toda práctica judía, y se alejaron completamente de Dios y de Su Torá. Yehudá nunca se recuperó completamente de eso. El Bet Hamikdash fue usado para el culto de ídolos, y los kohanim que se negaron a servir a los ídolos fueron expulsados o eliminados.
Los jueces judíos, famosos por su sentido de la equidad, también se asimilaron y ya no juzgaban con la justicia de la Torá. Seguían la justicia asiria, que siempre favorecía al más poderoso. Después de Menashé reinó su hijo Amón. Fue tan malo como su padre, pero al menos gobernó por poco tiempo: dos años.
A Amón lo sucedió Yoshiyahu (640–609 a.e.c.), quien implementó una extraordinaria revolución religiosa para volver a servir a Dios. La historia de Yoshiyahu es fascinante. Durante su reinado, mientras se hacían ciertas reparaciones en las paredes del Bet Hamikdash, se encontró un Séfer Torá escondido en el interior de una pared. Después de más de 60 años de abandono religioso, no existía ningún otro Séfer Torá. Al leer la Torá por primera vez en su vida, el rey Yoshiyahu se conmovió y decidió volver a Dios. Así comenzó un proceso de Teshubá colectiva nacional, que tuvo un éxito parcial.
Es entonces cuando el profeta Yirmiyahu comienza su misión: tratar de convencer al pueblo judío de volver a la observancia religiosa.
Veamos ahora algunas ilustraciones de su profecía y de sus advertencias sobre las prácticas idólatras e inmorales que el pueblo había adoptado desde los tiempos de Menashé.
En el capítulo 10 de Yirmiyahu leemos:
“No sigan el ejemplo de las otras naciones, ni se atemoricen por las señales del cielo (=la astrología), como hacen esas naciones. Las prácticas de esos pueblos son vanidad. Cortan un árbol en el bosque, un escultor lo talla con su martillo, luego lo adornan con plata y oro, y lo aseguran con clavos para que no se caiga [¡y adoran ese pedazo de madera como si fuera un dios!]. Los ídolos son como espantapájaros en un campo de melones; no pueden hablar, y hay que cargarlos [para transportarlos] porque no caminan. No les teman a esos ídolos [=superstición], que no le hacen mal ni bien a nadie. [Entiendan que] HaShem es el Dios verdadero, el Dios de la vida, el Rey eterno…”
En el capítulo 17 Yirmiyahu trata de persuadir al pueblo de volver a observar el Shabbat. Los yehudim estaban tan asimilados que para ellos el Shabbat era un día más. Los asirios, que eran comerciantes muy astutos, habían contribuido a esta asimilación burlándose de los judíos que no trabajaban en Shabbat, acusándolos de ser perezosos. HaShem le ordena a Yirmiyahu pararse en la entrada del mercado de Yerushaláim en Shabbat y decirle esto al pueblo:
“Rey y pueblo de Yehudá, habitantes de Yerushaláim que entran por estas puertas: escuchen la palabra de HaShem… en Shabbat, y por el bien de sus propias vidas, no traigan sus mercaderías [para vender o comerciar] por las puertas de Yerushaláim… no hagan ningún trabajo en este día. Consagren el Shabbat, tal como se lo ordené a sus antepasados…”
EL ABANDONO DE LA TORÁ
Yirmiyahu tenía muy claro que el abandono de la observancia religiosa era también responsable de la decadencia del sistema legal y del fin de la justicia social — especialmente de la protección de los derechos de los más necesitados: los pobres, las viudas y los huérfanos. Hay una frase que se repite una y otra vez en las profecías de Yirmiyahu: yedi’at HaShem, “conocer a HaShem”.
Para Yirmiyahu, conocer a HaShem significa:
- Saber que HaShem nos observa permanentemente y nos hace responsables de nuestras acciones.
- “Imitar a Dios”, que es la máxima expresión de la espiritualidad judía.
Pero ¿cómo se imita a Dios? Yirmiyahu le recuerda al pueblo lo que dice la Torá: HaShem es el protector de los huérfanos y las viudas, actúa con bondad hacia los necesitados y libera a los oprimidos. Este mensaje se repite decenas de veces en el libro de Yirmiyahu. En el capítulo 9 vemos un ejemplo muy breve:
“Así dice HaShem: que no se gloríe el sabio en su sabiduría, ni el fuerte en su fuerza, ni el rico en su riqueza. Quien quiera gloriarse, que se gloríe de esto: de entenderme y conocerme, de saber que Yo soy HaShem, que practico la bondad, la justicia y la rectitud en la tierra. Porque en estas cosas Me deleito, dice HaShem.”
En los días del rey Yehoyakim, Dios le habla al profeta Yirmiyahu y le dice que vaya al Bet Hamikdash a transmitir este mensaje:
“Así dice Dios… así les dirás… a todos [los que vienen de] las ciudades de Yehudá… no omitas ni una sola palabra [de lo que te digo]. Quizás escuchen y se arrepientan de sus malos caminos. Si lo hacen, [Yo también] desistiré del mal que pensaba hacer [al Bet Hamikdash y a Yerushaláim] por causa de sus malas acciones. Les advertirás que así dice HaShem: ‘Si no Me obedecen y no cumplen con la ley que les he dado, y si no escuchan las palabras de Mis servidores los profetas, a quienes les he enviado una y otra vez y han desobedecido, entonces haré con esta casa lo que hice con Shiló [el Santuario que fue destruido].'” (Capítulo 26:1–6)
La profecía que anuncia es nada menos que ¡la destrucción del Bet Hamikdash!, que podría correr la misma suerte que el Tabernáculo de Shiló, destruido por los filisteos en los tiempos del profeta Shemuel. Pero si el pueblo se arrepiente y los líderes corrigen sus acciones, la destrucción del Templo puede evitarse…
LA OPORTUNIDAD PERDIDA
¿Y cómo reaccionaron los judíos que estaban en el Bet Hamikdash a las palabras de Yirmiyahu? ¿Prestaron atención a su advertencia? Lamentablemente NO. ¡Todo lo contrario! Los sacerdotes y los “falsos profetas”, que eran asalariados del rey, ¡condenaron a Yirmiyahu a muerte! Alegaron que el joven profeta era un rebelde y un agitador. Acusaron a Yirmiyahu de desmoralizar al pueblo y de trabajar para el enemigo — porque mientras los falsos profetas anunciaban que todo estaba bien, Yirmiyahu estaba criticando el liderazgo del Templo. Con gran hipocresía, los sacerdotes y los falsos profetas lo trataban de traidor. Decían: “¿Cómo puede ser que este hombre diga que el Bet Hamikdash será destruido? ¿Acaso piensa que HaShem no tiene el poder de impedir la destrucción de Su propio Santuario?”
Yirmiyahu fue golpeado públicamente y salvó su vida de milagro.
Lo que Yeshayahu había denunciado un siglo antes — la actitud hipócrita de los líderes de su tiempo — Yirmiyahu lo vivió en carne propia. Sus duras palabras contra esa hipocresía hablan por sí solas:
“Corrijan su conducta y sus acciones, y Yo [Dios] los dejaré seguir viviendo en esta tierra. No confíen en las palabras engañosas que repiten [los falsos profetas]: ‘¡Este es el templo de Dios! ¡Este es el templo de Dios! ¡Este es el templo de Dios! [que jamás será destruido]’. [Solamente] si corrigen su conducta y sus acciones, si practican la justicia entre ustedes, si no oprimen al extranjero ni al huérfano ni a la viuda, si no derraman sangre inocente en este lugar, ni siguen sirviendo a otros dioses… entonces los dejaré seguir viviendo en esta tierra, la tierra que les di a sus antepasados para siempre… [pero ustedes]… siguen robando, matando, cometiendo adulterio, jurando en falso, quemando incienso al [dios pagano] Ba’al, y siguiendo [las prácticas inmorales de] otros dioses extranjeros — ¡y después vienen y se paran ante Mí, en esta casa que lleva Mi nombre [el Bet Hamikdash], y dicen: ‘[Aquí] estaremos a salvo’ [Dios nos protegerá y no dejará que le pase nada a Su casa], para luego seguir cometiendo todas estas abominaciones! ¿Piensan que esta casa que lleva Mi nombre es una cueva de ladrones [un refugio para criminales]?” (Capítulo 7:3–11)
Los yehudim no escucharon a Yirmiyahu y perdieron la oportunidad de absorber el mensaje del profeta y arrepentirse.
EL FINAL
Todo lo que Yirmiyahu anunció se cumplió, etapa por etapa — y nuestro calendario todavía recuerda cada una de esas etapas. Nebujadnetsar, rey de Babilonia, sitió Yerushaláim el 10 de Tebet, el día en que todavía ayunamos. El sitio estranguló a la ciudad: Meguilat Ejá describe el hambre — madres que no podían alimentar a sus hijos, los ricos de Yerushaláim buscando comida en las calles.
El 9 de Tamuz los babilonios abrieron una brecha en la muralla.
El 17 de Tamuz se interrumpió el korbán haTamid, el sacrificio diario que se ofrecía “sin interrupción” desde que fue ordenado en el desierto: ya no quedaban corderos en la ciudad sitiada.
El 7 de Ab el ejército babilonio entró al Bet Hamikdash.
Y el 9 de Ab, hacia el atardecer, le prendieron fuego. Ardió durante toda esa noche y todo el día siguiente (ver video abajo).
El rey Tsidkiyahu intentó escapar por un túnel. Fue capturado cerca de Yerijó y obligado a presenciar la ejecución de sus hijos — lo último que vieron sus ojos, porque luego fue cegado. Los utensilios sagrados de oro y plata fueron llevados a Babilonia. Y los líderes, los artesanos y miles de familias fueron llevados al exilio, donde se sentaron junto a los ríos de Babilonia y lloraron, recordando a Sión (Tehilim 137).
Yirmiyahu, el profeta al que nadie escuchó, se quedó con los más pobres del pueblo que permanecieron en la tierra — y escribió Meguilat Ejá, el libro que leeremos esta noche, sentados en el piso, a la luz de una vela.
EL PROFETA DEL RETORNO
Es este mismo Yirmiyahu quien nos dejó, en medio de Ejá, en el punto más bajo de la catástrofe, los versículos a los que todavía nos aferramos (3:22–23): “La bondad de HaShem no se ha terminado; Su misericordia no se ha agotado. Se renuevan cada mañana — grande es Tu fidelidad.” Y fue Yirmiyahu quien profetizó que después de setenta años los exiliados volverían (29:10) — y volvieron. El profeta del jurbán, la destrucción, resultó ser también el profeta de la gueulá, el retorno.
Sus palabras no fueron escuchadas en su generación. Pero quedaron escritas para todas las generaciones que vinieron después: para nosotros. El 9 de Ab es un día de duelo nacional y de introspección, en el que recordamos los errores de nuestros antepasados para corregirlos y no repetirlos nunca más.
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SINAT JINAM
La Destrucción del Segundo Templo
APRENDER DE LA HISTORIA
El 9 de Ab es el día de duelo nacional del pueblo judío porque en ese día se destruyó el Bet Hamikdash, el Gran Templo de Yerushaláim, y comenzó un exilio que aún no ha terminado.
Estos son días de reflexión: no solo para conmemorar nuestra historia, sino especialmente para aprender de los errores que cometimos en el pasado y no repetirlos. La filosofía de nuestra Torá explica que hay una relación directa entre nuestro comportamiento y el nivel de Protección Divina que merecemos, particularmente en el nivel colectivo, como pueblo. Como lo dice la Torá explícitamente en Parashat Bejukotay (Vayikrá 26) y Parashat Ki-Tabó (Debarim 28), cuando cumplimos nuestra parte del pacto, el Todopoderoso honra Su parte protegiéndonos de nuestros enemigos.
Nuestros sabios analizaron qué llevó a la destrucción del Segundo Templo (año 68 de la era común), y no atribuyeron nuestra derrota al enorme poderío militar de los romanos. En lugar de eso, nos enseñaron a “mirarnos al espejo” y preguntarnos: ¿qué hicimos mal para no merecer la ayuda divina?
La respuesta es muy específica: sinat jinam, el odio irracional entre hermanos. Divisiones entre los propios judíos: sectarismo político, religioso, social. Algo que todavía no hemos superado. Y todo lo que se necesita saber sobre las desastrosas consecuencias de sinat jinam se puede aprender de la historia de dos hermanos.
LOS JUDÍOS LE ABREN LAS PUERTAS A ROMA
En el año 141 a.e.c., los judíos finalmente recuperamos nuestro estado independiente. Por primera vez desde el Reino de Yehudá teníamos nuestro propio ejército, famoso por la bravura de sus soldados. Bajo el liderazgo de Shimón, el último sobreviviente de los hijos de Matitiyahu, gozamos de un período de unión, paz y prosperidad, viviendo de acuerdo a nuestra Torá.
Todo cambió en el año 65 a.e.c. Yojanán Hircano y Yehudá Aristóbulo, descendientes de Shimón, se disputaban el trono y no se podían poner de acuerdo. El odio entre estos dos hermanos se trasladó a sus seguidores, que no dudaron en aliarse militarmente con pueblos no judíos. El estado judío estaba al borde de una guerra civil.
En esos años, Roma había enviado al comandante Pompeyo al Mediterráneo. Al ver la fragilidad política de Judea, Pompeyo se ofreció a “arbitrar” entre los dos hermanos. Los judíos, distraídos con sus batallas internas, aceptaron sin darse cuenta de que caían en una trampa devastadora. Pompeyo eligió a Yojanán, el menos poderoso. Aristóbulo, disconforme, reunió un ejército; Pompeyo trajo el suyo, y en la guerra que siguió murieron más de 12.000 soldados judíos.
Una vez vencido Aristóbulo, y con el ejército judío devastado, Pompeyo desplazó también a Yojanán, se apoderó de Yerushaláim y terminó con el estado judío independiente. Los romanos habían llegado para quedarse — y nosotros, por nuestras luchas internas, les habíamos abierto las puertas.
HERODES Y LA PROVINCIA ROMANA
Judea pasó a ser un estado vasallo de Roma, gobernado por reyes cuya lealtad era hacia el emperador, no hacia sus hermanos judíos.
El más conocido fue Herodes (37–4 a.e.c.), de familia edomita. Herodes recaudó fuertes impuestos, construyó templos paganos en varias ciudades de Israel y, como máxima provocación, colocó un águila de oro — símbolo de Roma — en la puerta del Bet Hamikdash.
Cuando un grupo de jóvenes judíos, alentados por los rabinos, quitó el ídolo, Herodes los mandó quemar vivos junto con dos grandes rabinos de Israel. Flavio Josefo registra la respuesta de esos jóvenes antes de morir: sabían que serían ejecutados, pero también sabían que la vida eterna los esperaba en el ‘olam habá.
En el año 6 de la era común, el emperador Augusto abolió la monarquía y convirtió a Judea en provincia romana, bajo jurisdicción directa del emperador. Los romanos, tolerantes con todos los cultos paganos, nunca aceptaron la religión judía: no entendían la “cláusula de exclusividad” del monoteísmo — por qué los judíos no estaban dispuestos a aceptar otros dioses junto al suyo, como hacían todos los demás pueblos. Ahora, además, los romanos se atribuían el derecho de nombrar al Cohén Gadol, lo que les daba acceso ilimitado a robar los objetos sagrados de oro y plata del Templo. El prefecto Poncio Pilato, por ejemplo, robó artefactos del Bet Hamikdash para financiar un acueducto.
LA PRUEBA DE CALÍGULA
La presión llegó a su punto más peligroso con el emperador Calígula (37–41), que se proclamó a sí mismo “dios” y exigió ser adorado como tal. Calígula ordenó erigir sus estatuas en todo Judea — y finalmente en el mismo Bet Hamikdash. Envió al procurador Petronio con dos legiones para cumplir la orden a cualquier precio.
Pero al desembarcar en Aco, Petronio fue interceptado por decenas de miles de judíos llegados de todo Israel, que desnudaron sus cuellos ante él, con sus esposas y sus hijos, y le dijeron que para erigir esas estatuas tendría que matar primero a la nación judía entera. Petronio, conmovido, demoró la misión todo lo que pudo, hasta que escribió a Calígula tratando de disuadirlo. Calígula le ordenó suicidarse.
Y entonces ocurrió un gran milagro: el 24 de enero del año 41, Calígula fue asesinado por su propia guardia imperial. La pesadilla terminó. Esta vez los judíos nos mantuvimos unidos y firmes — y HaShem estuvo de nuestro lado.
DE MAL EN PEOR
El nuevo emperador, Claudio, permitió en el año 41 que los judíos tuvieran nuevamente su propio rey: Agripas, muy respetuoso de la Torá y protector del Bet Hamikdash. Pero su reinado duró poco: Agripas murió en el año 44, y con su muerte comenzó el período más amargo de nuestra historia bajo Roma. Los romanos favorecían a los paganos que se establecían en Israel, los eximían de impuestos, y confiscaban las tierras de los judíos que no podían pagar los tributos exorbitantes, entregándolas gratuitamente a los paganos.
En tiempos del gobernador Cumano (48–52) ocurrió la terrible ofensa de Apostomus, que quemó públicamente un Séfer Torá. Luego vino Félix (52–60), un ex esclavo que, según denunció el historiador romano Tácito, “practicó toda clase de crueldades y abusos, ejerciendo su poder de procurador con la mentalidad de un esclavo”.
La agresión llegó a su punto máximo con el procurador Florus (64–66), designado por Nerón.
Su objetivo era saquear el oro del Bet Hamikdash. En el año 66 robó doce talentos de plata del Templo, exigió que todos los judíos de la ciudad fueran a saludarlo, y al día siguiente ordenó ejecutar a los líderes que no habían ido.
En un solo día, Florus asesinó a 3.600 judíos — hombres, mujeres y niños — y crucificó a los líderes. Después convocó a los rabinos y a los kohanim para “calmar la situación”; cuando llegaron, su ejército los atacó. Algunos historiadores creen que Florus provocaba deliberadamente a los judíos para que se rebelaran, y usar la rebelión como excusa para saquear el Templo.
LA GRAN REVUELTA
Agripas II trató de evitar la rebelión: el problema era Florus, no Roma, y luchar contra los romanos sería un suicidio. Pero muchos sintieron que habían llegado a un punto de no retorno: si no se rebelaban, desaparecerían.
Así, en el año 66 comenzó la Gran Revuelta (המרד הגדול). Nerón envió la poderosa legión 12ª, “Fulminata” — que fue emboscada y destruida por las milicias judías de El’azar ben Shimón en Bet Jorón, antes de llegar a Yerushaláim. Los romanos quedaron atónitos: no creían que los judíos pudieran luchar con tanto coraje. La nueva autonomía se manifestó hasta en las monedas: mientras los denarios romanos mostraban dioses paganos, las nuevas monedas judías mostraban una copa del Bet Hamikdash, un lulab o una granada, con la inscripción en hebreo antiguo: “Año 1 de la independencia de Tsión — Yerushaláim, la ciudad santa.”
Roma respondió masacrando a los judíos de Aco, Ashkelón, Cesárea y otras ciudades — decenas de miles de víctimas, según Flavio Josefo — y envió 40.000 soldados al mando de Casius Galus, que sitió Yerushaláim. Durante una semana los romanos lo intentaron todo y no pudieron quebrar las defensas judías. Y entonces ocurrió lo que nadie esperaba: como 800 años antes con el asirio Sanjerib, Casius emprendió sorpresivamente la retirada. Fue un verdadero milagro. Y si hubiéramos permanecido unidos, dijeron nuestros sabios, nunca nos habrían vencido.
TODOS CONTRA TODOS
Pero mientras celebrábamos, Nerón preparaba una nueva ofensiva al mando del experimentado Vespasiano. Y nuestro mayor problema no era Roma: era que estábamos más divididos que nunca.
Menajem haGuelilí, tras derrotar a los romanos apostados en Yerushaláim, usó su ejército para atacar a Agripas II y a los saduceos que se negaban a rebelarse: una guerra civil de una semana con miles de muertos. Luego Menajem asesinó a Jananiyá, padre del comandante El’azar — y El’azar se enfrentó a Menajem: “No queremos cambiar un tirano por otro tirano.” A diferencia de la época de Janucá, cuando todos los judíos se sometieron al mando de Matitiyahu y sus hijos y así vencieron al ejército griego, esta vez no había un líder que todos aceptaran.
Yojanán miGush Jalab, del norte de Israel, se autoproclamó líder de la rebelión e invitó a 20.000 guerreros edomitas a pelear junto a él. Pero el sacerdote saduceo Janán ben Janán les cerró las puertas de la ciudad y los dejó durmiendo afuera. Al día siguiente, los hombres de Yojanán abrieron las puertas, y los edomitas, humillados, asesinaron a Janán. Según Flavio Josefo, ese asesinato marcó el comienzo de la guerra civil judía. Después llegó Shimón ben Guiorá con 12.000 hombres, aspirando también al liderazgo. Y El’azar ben Shimón formó su propio ejército. Tres caudillos, cada uno dominando una parte de Yerushaláim, enfrentándose a muerte entre ellos durante tres años, con miles de judíos muertos.
La Guemará en Guitín (56a) cuenta que los rabinos de esa generación — entre ellos Rabbán Shimón ben Gamliel y Rabbán Yojanán ben Zakay — al ver estas guerras internas entendieron que así sería imposible enfrentar a Roma, y sugirieron negociar. Los rebeldes (“biryonim”) se opusieron — e hicieron lo impensable: incendiaron los depósitos de grano, madera y aceite que hubieran permitido sobrevivir el sitio romano durante años, para forzar a los judíos a pelear. La hambruna que siguió cobró decenas de miles de víctimas.
¿CÓMO VENCER A LOS JUDÍOS?
Los hombres de Vespasiano le aconsejaron atacar la ciudad de inmediato. Vespasiano se negó, y explicó por qué: los judíos no estaban fabricando armas ni reforzando las murallas. Se estaban debilitando solos, matándose unos a otros. Si él atacaba, lo único que lograría sería unirlos. Lamentablemente, tuvo razón. La guerra entre Yojanán, Shimón y El’azar solo se detuvo cuando el ejército romano derribó las puertas de la ciudad. Recién entonces las tres facciones se unieron para defenderla. Pero ya era demasiado tarde.
¿APRENDIMOS LA LECCIÓN?
Los romanos no destruyeron Yerushaláim. Los romanos encontraron una ciudad que ya estaba destruida por dentro, y le prendieron fuego. Fuimos nosotros mismos quienes no supimos estar unidos cuando más lo necesitábamos; quienes nos dejamos llevar por sinat jinam, una rivalidad banal entre hermanos, un odio absolutamente innecesario que nos cegó y nos impidió prevenir el mal.
Por esa hostilidad injustificada pagamos el precio más caro: la destrucción de Yerushaláim y un exilio del cual recién estamos saliendo.
Espero y rezo para que este Tishá BeAb aprendamos la lección y seamos más tolerantes y respetuosos unos con otros. Dijeron nuestros sabios:
Si el Bet Hamikdash fue destruido por un odio irracional entre hermanos judíos (sinat jinam), el próximo Bet Hamikdash será reconstruido cuando nos comportemos con amor incondicional (ahabat jinam) los unos con los otros.
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