Cuando HaShem tu Dios te haya traído a la tierra que prometió entregar a tus padres Abraham, Isaac y Jacob… una tierra con grandes ciudades que tú no edificaste; con casas llenas de todo tipo de cosas buenas, que tú no trabajaste por ellas; con pozos de agua que tú no cavaste y con viñas y olivares que tú no plantaste, entonces cuando comas y te sientas satisfecho (ve’ajaltá vesabá’ta), ¡ten cuidado de no olvidarte de HaShem, tu Dios, que te sacó de Egipto de la casa de servidumbre! — Deut. 6:10-12
EL PELIGRO DE TENERLO TODO
La Parashá de esta semana nos cuenta que el pueblo de Israel está por entrar a la Tierra Prometida. Y curiosamente, lo que le preocupa a Moshé no es la guerra —HaShem ya le prometió la victoria— sino la paz. Y especialmente, ¡la prosperidad! Porque el pueblo va a heredar una tierra totalmente equipada: pozos cavados y llenos de agua, casas edificadas, viñedos que ya dan fruto. Es como recibir las llaves de una casa totalmente amueblada, con la heladera llena y un negocio funcionando. Todo listo. Y sin haber hecho ningún esfuerzo.
Moshé sabe que esta prosperidad “heredada” es muy peligrosa desde el punto de vista emocional y espiritual. Y lo dice: cuando comas y te sientas satisfecho… ¡ten cuidado! No te vayas a olvidar de Quien te brindó todo lo que tienes. Todos conocemos la escena: el abuelo llegó sin nada, durmió en el piso de un depósito, levantó un negocio trabajando dieciséis horas por día. Se comportó con humildad, trató a los demás con respeto, y jamás se olvidó de agradecer a Dios. El hijo o el nieto hereda la empresa, el apellido, el dinero de más y la casa de verano… y vive quejándose. ¿Cómo puede ser que el que tuvo menos agradecía más? Los psicólogos norteamericanos le pusieron nombre a este fenómeno: «affluenza», la enfermedad de la abundancia. La Torá la describió hace más de tres mil años, en un solo versículo.
ANTES DE COMER: APRECIAR
¿Cuál es el antídoto? La respuesta está escondida en una pregunta que me hice muchas veces: ¿cuál es la diferencia entre las berajot que decimos ANTES de comer y el Birkat haMazón que decimos DESPUÉS? ¿Para qué dos berajot? ¿No alcanza con una, antes o después de comer?
La respuesta: hay que aprender a apreciar, y apreciar me lleva a agradecer.
Antes de comer todavía no recibimos nada, así que la berajá previa —por ejemplo: “boré perí ha’ets”— no puede ser un “gracias“. Es otra cosa: es un reconocimiento. Cuando digo “boré perí ha’ets” recuerdo y afirmo de dónde viene lo que estoy por disfrutar. Si bien la compré yo, con mi dinero, esta manzana no existiría si Dios no la hubiera creado. Y la creó ¡PARA MÍ! Es un segundo de pausa y reflexión antes del primer bocado. La manzana pasó por la tierra, la lluvia, el sol, el agricultor, el camión, el mercado… y llegó a mi mesa. Puedo comerla sin registrar nada. O puedo detenerme un instante y reconocer al Dueño de toda esa cadena. Esto es “apreciar“: entender que nada de lo que tengo es obvio. Y apreciar es exactamente el antídoto contra el “olvido” del que habla nuestro pasuk: es imposible olvidarse de HaShem si Lo nombramos antes de cada bocado.
DESPUÉS DE COMER: AGRADECER
Después de comer, con el estómago lleno, llega el agradecimiento: el Birkat haMazón. Y no es casualidad que la Torá lo formule con las mismas palabras de nuestra Parashá: “ve’ajaltá vesabá’ta —uberajtá—”, “comerás, te saciarás… y bendecirás” (Deut. 8:10).
Fijémonos en el detalle, porque es brillante. La Torá no nos pide agradecer cuando tenemos hambre y nos sirven el plato: cualquiera agradece en ese momento. Nos pide agradecer después, una vez saciados, ¡cuando la comida ya no nos hace falta! Es fácil decir “gracias” al mozo o a quien sirve la mesa cuando trae el plato; el mérito es decírselo al final, cuando ya estamos satisfechos y pensando en otra cosa. El mismo “ve’ajaltá vesabá’ta” que en Vaetjanán es una advertencia —¡cuidado con olvidar!— se convierte una parashá después, en Ekeb, en el momento de bendecir. La abundancia, y la saciedad, es una encrucijada: puede terminar en olvido o puede terminar en berajá. La diferencia entre ambos caminos es una sola: la gratitud.
NUESTROS HIJOS
Y esto nos lleva de vuelta a nuestros hijos. Como los judíos que heredaron una tierra equipada con todo, nuestros hijos muchas veces heredan un mundo que no construyeron. Nadie les preguntó si querían una casa cómoda, colegio privado y vacaciones: lo encontraron todo servido, como Israel encontró los pozos ya cavados. No podemos —ni queremos— dejar de darles. Pero miremos la escena de cualquier cumpleaños de ricos: el chico abre el regalo, lo deja a un costado y pregunta “¿hay algo más?”. Ahí está la «affluenza» en acción. No es un chico malo: es un chico al que nadie le enseñó la secuencia: apreciación, agradecimiento.
La Torá nos da el método, y es el mismo que usamos en la mesa: primero apreciar —saber que esto viene de algún lado, que alguien lo trabajó, que Alguien lo hizo para mí— y después agradecer, decirlo, expresarlo. Un chico que aprende a hacer una pausa antes de comer y a decir “gracias” después de recibir está vacunándose, varias veces por día, contra la enfermedad de la «affluenza».
La mejor herencia para nuestros hijos no es regalarles todo lo que quieren, sino enseñarles a apreciar y agradecer por lo que tienen. Los pozos de agua, después de todo, ya los van a heredar. Lo que no se hereda es la gratitud: esa se enseña.
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