¿Qué reacción tienes al ver un mundo de colores que sólo es real durante unos instantes? ¿Te da miedo? ¿Te da risa? ¿Te da repulsión? Medita en ello, porque el territorio de los colores irreales es el campo donde libramos nuestras más difíciles batallas.
¿Qué tienen en común los payasos de circo, los carnavales, la caricaturas, y los disfraces de Purim?
Que todos son un colorido montaje que no pertenece a la vida real, pero por unos momentos se materializan enfrente de nosotros para provocar todo tipo de reacciones.
A veces sientes miedo, a veces risa, a veces repulsión.
Pero ¿por qué? ¿Qué podría tener de malo —o de bueno— por sí mismo algo tan banal y frívolo como lo es cualquiera de estas parafernalias de ocasión?
Te lo explico: que se parecen a nuestros sueños.
Joseph Campbell, en su formidable libro El Héroe de las Mil Caras, explicó que los mitos están hechos con el lenguaje de nuestros sueños, y que nosotros soñamos en el lenguaje de los mitos.
El sueño es el momento en el que nuestra psique es más vulnerable. No hay control, no hay razón, no hay lucidez en forma. Sólo una secuencia de imágenes y sensaciones que, cuando las recuerdas después de despertar, se antojan delirantes y sin sentido. A veces los sueños son pesadillas. El sentimiento recurrente es el miedo. Despiertas a media noche paralizado y no sabes qué hacer.
¿Quieres un remedio fácil? Cambia de postura. Si vuelves a dormir, tus sueños discurrirán por otra ruta, y la pesadilla quedará superada.
¿Quieres un remedio profundo? Vuelve a dormir, vuelve al sueño, vuelve al miedo, y enfréntalo. Trata de entenderlo, de entenderte. Busca en lo profundo de tu alma de qué se trata ese pánico, y haz el esfuerzo por dominarlo. Y si no se puede, por lo menos por saber de qué se trata.
¿Por qué nuestros sueños pueden llegar a ser tan terroríficos en algún momento? Porque, de manera natural, al recordarlos cuando estamos despiertos, proyectamos en ello todo aquello que cargamos en el alma y es profundamente oscuro.
Eso es lo que nos aterra de los espectáculos de colores. O, por lo menos, lo que nos perturba. Son el momento en el que, estando despiertos, volvemos a entrar en contacto con la memoria que se queda de nuestros sueños. Por supuesto, lo hacemos tratando de racionalizar lo que sentimos para empatarlo con lo que pensamos.
Así, mucha gente siente un miedo o rechazo natural a los payasos, porque de algún modo son una imagen que nos remite a la sordidez de los viejos circos, tropas ambulantes integradas por personas con historias trágicas que nunca lograron anclarse en esta vida, y no tuvieron más alternativa que hacer su hogar en las carreteras, en las carpas, entre animales, entre disfraces, jugando a hacer felices a los demás, cuando la realidad es que cada uno cargaba un vida difícil, si no es que terrible, a cuestas.
Eso mismo es lo que nos puede aterrar de los disfraces. Saber que, por un momento, nadie es nadie, nadie es nada, porque todo es un juego, una farsa. Pretende ser divertida, por supuesto. Se trata de una fiesta. Pero ¿qué pasa cuando de pronto algo te recuerda que algunas cosas de tu vida son así? Coloridas, despampanantes, pero falsas.
Da un poco de miedo ¿no crees?
Pero acaso lo más fuerte de estas experiencias (el circo, los sueños, los disfraces) es que son una pasarela de símbolos, en medio de los cuales hay una gran cantidad de huecos. Información que falta, impresiones que no son claras, sensaciones que no tienen forma.
¿Qué hacemos los seres humanos ante eso?
Por naturaleza, tratamos de darles sentido. Rellenamos esos vacíos para que nuestra mente se engañe creyendo que el universo está completo.
¿Y con qué rellenamos esos vacíos?
Con lo único que tenemos: nosotros mismos, lo que traemos dentro.
El miedo que te puede provocar todo eso es, antes que nada, el miedo que tienes de ti mismo.
¿Te imaginas lo que es llevar una vida tranquila y normal, y un día enterarte que el rey ha expedido un decreto que dice que el próximo 14 de Adar tú y tu gente serán aniquilados?
Toda tu vida cambia en un momento. Todo se vuelve angustia. Las miradas de tus vecinos ya no serán las mismas. Tratarás de fingir tranquilidad, pero día con día te va a corroer la duda de si algunos de esos ojos a los que estás acostumbrado a ver todos los días, serán los que se inyectarán de odio y desprecio cuando te estén matando.
Sí, esos vecinos que normalmente son amables y cordiales, ¿podrán ser capaces de unirse a las huestes de atacantes que te van a matar sin piedad?
Otra vez a cargar con la parte más difícil de ser judío. Otra vez a buscar adentro la fuerza y la tranquilidad que no vas a encontrar afuera.
Un día te enteras que el principal enemigo del pueblo judío murió. Lo colgaron. Luego, sus diez hijos también. Y te avisan que el rey te ha concedido el permiso de defenderte. Llega el día crítico, y de pronto descubres que tienes muchos amigos. Gente que, sin ser judía, lucha codo a codo contigo. La batalla es cruel, pero la victoria se alcanza. Los enemigos son destruidos. Los asesinos murieron. Los que querían destruir, fueron destruidos.
Regresas a casa todavía preso de la euforia y tratas de dormir, pero en tus sueños—esa noche, y probablemente durante el resto de tu vida—las imágenes volverán a perseguirte. La sensación de miedo, el olor a sangre, los alaridos de dolor de quienes cayeron muertos junto a ti.
Soñarás con eso tal vez todos los días, o todas las semanas, o todos los meses. No sabes, en realidad. Puede ser cualquier noche, y por eso todas las noches te dan miedo.
Sí, ganamos, pero ¿a costa de qué? A costa de entrar en contacto con la experiencia más oscura, y quedar condenados a cargar de por vida con el impacto emocional que nos deja.
Es el precio de ir a la guerra y salir victorioso. Tus enemigos cayeron en el campo de batalla, pero tu mente también.
Por eso la fiesta de disfraces.
El momento en el que, despierto, recrearás por un instante tu mundo onírico, y presentarás la otra batalla, la que no es en la calle o en el campo, sino en tu mente. La guerra en la que no tienes que derrotar a Hamán ni a sus tropas antisemitas, sino a ti mismo.
Para garantizar el mejor éxito posible, enfrentarás borracho esa nueva guerra. Estarás vulnerable. Estarás en la zona limítrofe del descontrol. Estarás expuesto.
Pero estarás con tu pueblo. Estarás con los que te cuidaron y a quienes cuidaste en la batalla, y ahora te cuidarán y los cuidarás en la fiesta.
Y en los sueños.
Recordarás que todo Israel es responsable uno del otro, y sabrás que, pase lo que pase, ahí estaremos todos, peleando juntos, celebrando juntos, fortaleciéndonos juntos, para que ningún payaso, ningún dictador, ningún circo, ninguna farsa, ningún disfraz, ningún terrorista, nos destruya.
La fiesta de disfraces de Purim es la expresión definitiva de que los judíos hemos derrotado a nuestros enemigos en el campo de batalla, pero también hemos derrotado nuestros miedos en lo más profundo de nuestra psique.
Funciona. Por eso seguimos aquí, 2400 años después de que el día más aciago de nuestra historia se convirtió en un día de fiesta y regocijo.
La pesadilla, esa que por un momento tomó el rostro de Hamán, de Isabel, de Torquemada, de Hitler, de Sinwar, de Nasrallah, de tantos otros que les ayudaron y les siguieron, ha terminado.
Todos ellos, muy para su dolor, son polvo en la historia.
Nosotros, los judíos, somos fiesta.
¡Purim sameaj!
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