Queridos javerim y javerot, Jag Haatzmaut Sameaj.
No existe en nuestro calendario ninguna fecha que pueda compararse con el regocijo de tener un Estado soberano e independiente.
Cada uno de nosotros atesora el mérito histórico, anhelado durante generaciones, de contemplarlo y vivir en él o con él.
“Cuando Abraham vio al carnero liberarse de un matorral y enredarse en otro, el Santo Bendito Sea le dijo: ‘Así también tus descendientes están destinados a enredarse… Pero al final serán rescatados y redimidos'” (Bereshit Rabá, 56:13).
Este midrash nos anticipa que nada es fácil, nada está exento de dificultades, pero tras cada tropiezo llegará la redención.
Así debemos ver también los tropezones de nuestros días. Nos levantaremos erguidos y construiremos Israel judío y democrático, con igualdad de derechos y obligaciones.
Por ello, demos rienda suelta a nuestro júbilo y celebremos también este año, en medio de nuestra preocupación y nuestro dolor. Sin olvidar a nuestros hermanos secuestrados y a nuestros soldados heridos ni a los caídos y sus familias que son parte de nosotros.
Tenemos el privilegio de presenciar el cumplimiento de la profecía de Zejariá (8:4-6):
“Así ha dicho H’ Tzevaot –Señor de los Ejércitos–: ‘Aún han de sentarse ancianos y ancianas en las plazas de Yerushalaim, cada uno con su bastón por la longevidad. Las calles rebosarán de niños y niñas jugando’”. El profeta ratifica su visión ante las dudas: “Si esto parece imposible a los ojos del resto de este pueblo… ante mis ojos será maravilloso… Yo salvo a mi pueblo de oriente y occidente para que moren en Yerushalaim. Serán mi pueblo y yo seré su Dios con fidelidad y justicia”.
La verdadera maravilla yace en la cotidianidad: no hay fenómenos sobrenaturales aquí, sino la vida normal elevada a categoría milagrosa.
No olvidemos que el milagro es la vida cotidiana pacífica y hermosa.
Quien carece de conciencia histórica –como el Rashá (Malvado) de la Hagadá que pregunta “¿Qué es este servicio para ti?”– se excluye de la comunidad y niega incluso la obligación de servir a las Fuerzas de Defensa de Israel que garantizan que ancianos disfruten su vejez y niños estudien “Hatikva” en escuelas que algunos eligen abandonar. Es el Rashá empeñado en negar las profecías. Sus obligaciones y sus solidaridades están en otro lado.
Como enseñó el rav Yehudá Amital en 1994:
“Para otras naciones, la normalidad es natural. Para nosotros, todo fenómeno natural se vuelve meta histórica, manifestación divina. ¡Niños jugando en Yerushalaim tras dos milenios! ¿Acaso esto es ‘natural’? Nuestra conexión con esta tierra trasciende el orden mundano”.
Hoy, mientras esperamos que la Guerra de Sheminí Atzeret llegue a su fin, celebremos sin olvidar el dolor de sus víctimas. Revisemos cada minuto desde la Declaración de Independencia y hagámoslo con laudes que honren el milagro; danzas que expresen gratitud; brindis por las profecías cumplidas; banderas azul y blancas en cada hogar y calle.
¡Las maravillas continúan!
Todo ello, mientras oramos por la paz y por tener buenas noticias.
¡Jag Haatzmaut Sameaj!
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