Irving Gatell/ ¿Cuánto tiempo pasará antes de que el yihadismo desaparezca?

Los procesos históricos son lentos, y hay que entender en qué momento de su evolución histórica se encuentran las naciones islámicas para darnos una idea de cuánto tiempo tendremos que soportar el flagelo del yihadismo.

¿Cuál es la principal diferencia entre el mundo occidental y el mundo islámico? A efectos de un análisis social y político, no lo son las creencias religiosas. Eso es contingente. La diferencia profunda que determina los principales contrastes entre ambas sociedades, es que occidente ya pasó por el proceso de separación de “Iglesia y Estado” (entiéndase “Religión y Estado”). El islam no.

Por eso ya no hablamos de una sociedad cristiana cuando nos referimos a Europa, Estados Unidos, América Latina y otras naciones, herederas directas de la cultura europea. Quienes son más quisquillosos con la terminología prefieren hablar de post-cristianismo o de “cristianismo cultural”. De ese modo reconocen el origen de los valores y paradigmas con los que viven y conviven todo el tiempo, pero señalando que la práctica de la religión, o incluso la creencia, son optativas.

En el mundo islámico, en cambio, la religión lo impregna todo, incluyendo (o empezando por) la política.

El mejor ejemplo de ello son gobiernos como el de Irán, el de Paskistán o el de los talibanes en Afganistán. Son la muestra perfecta de cómo el pensamiento religioso pueda interferir con el éxito político y económico. Y es lógico: un estado puede perder de vista que su objetivo debe ser la máxima eficiencia posible, por culpa de la idea de que tiene que “cumplir con la voluntad de D-os”. Máxime si está atorado en la idea de que “la voluntad de D-os” es la guerra santa contra los infieles.

A menudo me preguntan cómo desarraigar esa idea de la gente en esos lugares del mundo (particularmente en Gaza). Siempre salen a flote las ideas clásicas: un nuevo modelo educativo, un gobierno duro que les prohíba estudiar cualquier modo de radicalismo, etc.

La realidad es que eso, lamentablemente, no va a cambiar en el corto ni en el mediano plazo.

Los musulmanes que viven en países islámicos no se sujetan a criterios ideológicos del mismo modo que nosotros, los judíos, cristianos, musulmanes y ateos que vivimos en occidente y bajo los parámetros de la cultura occidental.

Al final del día, e independientemente qué tan convencidos estemos de cualquier posicionamiento político, nosotros sabemos que la ideología es optativa. Renunciar a sus creencias o a sus militancias podría ser visto por muchos extremistas como una posibilidad traidora deleznable, pero de todos modos reconocen que, al final y en el fondo, es una opción. Habrá quien jure que nunca va a cambiar su postura, pero no por ello deja de saber que podría hacerlo.

En una sociedad en cuyo paradigma religión y estado son lo mismo, esto es imposible. Pensar lo contrario no sólo es visto como herético, sino como peligroso.

Así éramos en occidente nosotros mismos antes del siglo XVIII. ¿Cuántas guerras no asolaron Europa tan sólo por el posicionamiento religioso? Ahí tenemos la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), el último gran round entre católicos y protestantes para repartirse el continente.

Fenómenos como la Inquisición fueron posibles justo porque la religión jugaba el papel central en las políticas de estado. Los papas tenían que validar las ceremonias de coronación. El Vaticano tenía el control político de una amplia región en el centor de lo que luego vino a ser Italia (los llamados Estados Papales). Las familias aristocráticas procuraban colocar a sus miembros en posiciones de obispo o arzobispo para garantizar la consolidación de su poder. La excomunión podía ser una amenaza creíble contra todo aquel político que desafiara los intereses de la iglesia.

Un día (es un modo de decirlo) descubrimos que nos iba mejor si dejábamos el asunto religioso relegado al nivel de lo personal, lo íntimo. Entendimos que el estado debe tratar por igual a sus ciudadanos, sin importar su credo religioso. Mejor aún: a efectos legales, no debe haber religiosos. Sólo ciudadanos.

Así, poco a poco los extremismos religiosos matizaron sus posturas, y quienes se aferraron a sus ideas, creencias o modos de vida radicales, quedaron relegados a grupúsculos poco influyentes, o pintorescas comunidades que voluntariamente optan por el aislamiento (como los amish, en Estados Unidos).

El radicalismo no desapareció. Lo hay entre cristianos y judíos. Y si bien hay sectores que pueden ser “peligrosos”, lo son a nivel doméstico. No están organizando una yijad. No están provocando una guerra como la de Pakistán-India. No están secuestrando aviones y embarrándolos en edificios importantes. No están poniendo bombas en los trenes. Y si llegaran a hacer algo parecido, serían perseguidos y procesados por la justicia.

El islam es 600 años más joven que el cristianismo. Su proceso de evolución es único, original, intransferible.

La mala noticia, entonces, es que el yihadismo seguirá ahí, como una lacra con la que tendremos que lidiar.

La buena noticia es que los países islámicos poco a poco van entendiendo que el yihadismo afecta los mercados, y sin un mercado que funcione adecuadamente, las cosas no se mueven hacia adelante. Gracias a ello, los países musulmanes de la zona arábiga y del norte de África poco a poco se mueven hacia políticas más duras contra el extremismo, y dinámicas económicas y sociales más razonables y “modernas”. El yihadismo empieza a concentrarse en las montañas que van desde el Cáucaso hasta el Punjab. Digamos que desde Turquía hasta Pakistán, pasando por Irán y Afganistán, y otros países pequeños que se ubican por ahí.

En otras palabras, es una guerra que se le va ganando a ese fundamentalismo islámico.

Pero no esperes que su derrota vaya a ocurrir la próxima semana. Todavía falta mucho para llegar al momento en que los yihadistas queden reducidos a un tipo de fanatismo como el de los judíos que no quieren ser molestados porque prefieren estar encerrados estudiando, o los cristianos metiches que todas las semanas van y tocan a tu puerta para platicar contigo de sus creencias.

Hay niveles, y el fanatismo religioso no es la excepción.


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Irving Gatell: Nace en 1970 en la Ciudad de México y realiza estudios profesionales en Música y Teología. Como músico se ha desempeñado principalmente como profesor, conferencista y arreglista. Su labor docente la ha desarrollado para el Instituto Nacional de Bellas Artes (profesor de Contrapunto e Historia de la Música), y como conferencista se ha presentado en el Palacio de Bellas Artes (salas Manuel M. Ponce y Adamo Boari), Sala Silvestre Revueltas (Conjunto Cultural Ollin Yolliztli), Sala Nezahualcóyotl (UNAM), Centro Nacional de las Artes (Sala Blas Galindo), así como para diversas instituciones privadas en espacios como el Salón Constelaciones del Hotel Nikko, o la Hacienda de los Morales. Sus arreglos sinfónicos y sinfónico-corales se han interpretado en el Palacio de Bellas Artes (Sala Principal), Sala Nezahualcóyotl, Sala Ollin Yolliztli, Sala Blas Galindo (Centro Nacional de las Artes), Aula Magna (idem). Actualmente imparte charlas didácticas para la Orquesta Sinfónica Nacional antes de los conciertos dominicales en el Palacio de Bellas Artes, y es pianista titular de la Comunidad Bet El de México, sinagoga perteneciente al Movimiento Masortí (Conservador). Ha dictado charlas, talleres y seminarios sobre Historia de la Religión en el Instituto Cultural México Israel y la Sinagoga Histórica Justo Sierra. Desde 2012 colabora con la Agencia de Noticias Enlace Judío México, y se ha posicionado como uno de los articulistas de mayor alcance, especialmente por su tratamiento de temas de alto interés relacionados con la Biblia y la Historia del pueblo judío. Actualmente está preparando su incursión en el mundo de la literatura, que será con una colección de cuentos.