Vivimos en una era donde la información ya no está centralizada en un puñado de actores.
Con la expansión de las redes sociales, la competencia por la atención se volvió voraz. En esta carrera, los temas más sensibles se convierten fácilmente en herramientas manipulables para lograr visibilidad. Ya no basta con decir la verdad: es necesario decirla de forma que genere clics. En ese escenario, incluso el dolor —y los conflictos históricos complejos— pueden transformarse en productos.
Uno de ellos, quizás el más antiguo y persistente, es el antisemitismo.
No me interesa aquí analizar sus causas profundas, ni juzgar motivaciones individuales. Más que darle la razón a cualquiera de los dos bandos, me interesa observar su funcionamiento como fenómeno cultural rentable: cómo se distribuye, quién lo compra y qué se gana con él.
Hace unos días vi una noticia en primera plana sobre el Festival de Cannes que, más que hablar de las nuevas películas o de los vestuarios más ostentosos, el periódico en cuestión decidió, porque finalmente su objetivo último es vender noticias, titular: “Arranca el Festival de Cannes con presiones sobre Gaza”. Claramente se ve un ejemplo donde la necesidad urgente de lograr la atención de un público cada vez más difícil hace que la publicación se desvíe de su enfoque natural —hablar de cine— hacia un enfoque distinto, dándole un toque extra: vender un poco de antisemitismo para que sea comprado a base de views y likes.
Si vamos más a fondo, los artistas se manifestaban sobre Gaza, específicamente por la muerte de una fotoperiodista en medio de los combates. En un festival tan importante, donde sus voces pueden ser escuchadas, no se manifestaron por la invasión de Ucrania ni por la terrible situación de los cristianos en Nigeria, donde son masacrados sin que el mundo haga nada. Prefieren tomar como bandera un conflicto complejo y difícil de entender. En muchos casos, más que una preocupación real por los palestinos, que llevan décadas sufriendo horrores en países como Líbano, Siria, Jordania o en la misma Gaza en manos de Hamas, lo que parece motivarlos es la visibilidad.
¿Por qué ocurre esto? Porque el antisemitismo, en su forma más disfrazada, sigue siendo una moneda de alta circulación.
Los likes no dejan de fluir, ni el apoyo incondicional de mucha gente que lo hace creyendo que, al hacerlo, se está posicionando del lado bueno del mundo. Esto complica más las cosas: personas con poco conocimiento del conflicto terminan tomando partido al ser bombardeadas diariamente con información antiisraelí o abiertamente antisemita. Si alguien, usando su lógica, concluye que Israel no es del todo culpable, es atacado por hordas que lo califican de vendido y lo excluyen de debates o espacios públicos, como ocurre con brillantes israelíes a quienes se les niegan invitaciones a universidades solo por apoyar a su país.
¿Entonces quién apoya a Israel?
De entrada, los judíos, que están íntimamente involucrados con el conflicto y saben que la existencia del Estado de Israel es la única vacuna contra las matanzas a civiles judíos. Desde que se creó Israel, no habían existido muertes masivas hasta el 7 de octubre, cuando ocurrió dentro de su propio territorio. Antes eran comunes, culminando en el Holocausto, que representó el mayor atropello que recuerda la humanidad contra un pueblo. También hay otros grupos cuyas creencias religiosas los alinean con los judíos, y algunos sectores más que no es momento de detallar.
El caso es que hablar bien de los judíos lleva al aislamiento.
Si no estás realmente involucrado en el tema, ¿para qué hacerlo?
El producto antisemita es utilizado por una gran cantidad de dictadores; prácticamente todos lo emplean. La mayoría de los países islámicos lo usan para cohesionar a sus pueblos y darles un enemigo común. Ahora que ser abiertamente antisemita está mal visto por sus evocaciones al Holocausto, el discurso se disfraza como una causa antiisraelí. Las televisoras mundiales aprovechan este tema para captar la difícil atención de las audiencias. Los influencers saben que es un asunto que puede generar muchos likes instantáneamente, lo que llena las redes de mentiras que, al llegar como avalancha, se vuelven imposibles de detener. Existen periodistas cuyo único trabajo parece ser difamar a Israel en cualquier forma que encuentren.
Catar dirigió millones de dólares, que hicieron billonarios a varios miembros de Hamás, con la consigna de que usaran ese dinero no para mejorar la vida de sus habitantes, sino para construir túneles y armarse con el objetivo de atacar a Israel. Ante esto, Catar se convierte en un país con influencia para controlar el polvorín de Medio Oriente. En otras palabras, crean el problema para tener el poder de pararlo.
Dicho de forma más clara: si hoy Israel dejara de existir, ningún país donaría un solo dólar para su reconstrucción ni para asuntos humanitarios.
Basta ver la miseria en que viven países africanos o centroamericanos, sin que reciban más que algunas dádivas, y nunca las escandalosas cifras que el mundo destina a mantener vivo este enfrentamiento.
El conflicto árabe-israelí es más provechoso para el mundo mientras exista. Desaparecerlo implicaría retirar fondos a miles de personas que perderían de inmediato su empleo.
Lo más triste de todo esto es que estas presiones económicas y políticas crearon a un grupo de personas educadas, desde la infancia, para morir matando a los infieles. Este fenómeno no tiene precedentes en la historia de la humanidad. Siempre han existido ideologías que piden sacrificios por un bien mayor, ya sea nacional o religioso, pero nunca había sido un fin en sí mismo, con una recompensa en el otro mundo.
La reflexión importante sería: ¿es justo que, en aras de vender, se tergiverse la verdad y se ponga en riesgo a una población que debe cuidarse constantemente de ataques? ¿Dónde queda la importancia de la verdad en los sucesos?
La historia nos ha demostrado que las grandes desgracias muchas veces han comenzado con los judíos, pero no terminan ahí.
Si perdemos la capacidad de informar con veracidad y equilibrio en estos asuntos, poco a poco eso va a permear otras estructuras que terminarán afectando a todo el mundo.
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