Se movilizan universidades, activistas, gobiernos, artistas. Se pintan banderas, se invoca la justicia con una intensidad que no se aplica a los uigures, rohingyas, kurdos, yazidíes ni tibetanos.
Sin embargo, el pueblo al que se busca reemplazar es un pequeño país, cuya única anomalía parece ser su identidad judía.
Porque, seamos honestos: si los palestinos no fueran percibidos como los enemigos “naturales” del pueblo judío, ya no le importarían a nadie. No hay pasión por su desarrollo, solo una obsesión por su conflicto.
Resulta difícil entender por qué al mundo le cuesta permitir que un pueblo que ha sufrido persecuciones y matanzas, que peleó con sangre el derecho de vivir en la tierra que menciona en sus oraciones, tenga su único Estado nacional.
Un país del tamaño de estado de New Jersey, que se pretende entregar a un grupo de árabes que vivían cerca o que emigraron por el auge económico de los colonos judíos y que, cuando la ONU partió el territorio en dos estados, los árabes atacaron la creación de un estado judío, no proclamaron un estado palestino. No se buscaba otro estado árabe, se quería un Medio Oriente libre de infieles.
Israel, en sus setenta y siete años de existencia, ha sido cuna de un desarrollo espectacular en áreas tan variadas como la medicina, la tecnología, la música o la agricultura, aportando innovaciones constantes al mundo.
Resulta curioso cómo el mundo se maravilla ante ciertas culturas únicas. Se estudia con fascinación a los pueblos longevos para entender cómo viven más. A los sherpas, por su capacidad de respirar en grandes alturas. A los bajau del sudeste asiático, por su habilidad de bucear en apnea profunda. A los gurús del Himalaya, por su conexión espiritual.
Pero con los judíos es diferente. Con solo el 0.2% de la población mundial, han generado una presencia desproporcionada en ciencia, pensamiento, economía y arte.
Israel, un país tan pequeño que su nombre apenas cabe en el mapa, logra avances tecnológicos impresionantes. Y en vez de que el mundo se acerque a entender a qué se debe este éxito y cómo replicarlo, se multiplican voces que lo rechazan con hostilidad, incluso con llamados a su desaparición.
Sintetizar el éxito judío catapultaría a toda la humanidad a niveles de bienestar nunca vistos.
Aunque resulte difícil de entender, deberían existir miles de libros tratando de explicarlo, más que textos destinados a justificar por qué debe ser destruido.
El mundo actúa como si este éxito no pudiera replicarse, como si fueran una especie diferente. Ante el miedo de encontrarse con tanto talento, mejor se les rechaza, alimentando prejuicios infundados ante lo que se desconoce.
Me gustaría explorar, con humildad, desde dónde vienen estos procesos que han hecho a los judíos tan exitosos.
Se habla de la diáspora y del estudio del Talmud como herramientas que transformaron a los judíos en hombres letrados, políglotas, en un mundo mayoritariamente analfabeto. Esto les dio una ventaja cualitativa. Pero mucho antes del Talmud, la identidad judía ya ofrecía una propuesta espiritual y filosófica singular.
La Biblia hebrea contiene leyes adelantadas sobre justicia social y presenta el monoteísmo como pilar de la civilización occidental. No hay héroes musculosos ni semidioses. Hay hombres frágiles, contradictorios, a veces cobardes, que aún así cargan con pactos, visiones y responsabilidades.
Abraham miente sobre su esposa. Jacob engaña a su padre. Moisés se enfurece. David peca. Y, sin embargo, todos participan de algo más grande. No hay redención griega, sino proceso humano. No hay premios ni castigos, sino consecuencias. Lo más notable: no hay ego autoral. Nadie firma los libros. Solo Dios habla.
Es una cultura donde el héroe nunca queda intacto: siempre es corregido. La fuerza está en las ideas que encarna, no en sus hazañas. Donde un profeta harapiento se enfrenta al rey para decirle sus verdades y el rey escucha.
La cultura griega explora la naturaleza humana desde las pasiones: deseo, orgullo, venganza, vergüenza. Sus dioses son un espejo ampliado del alma humana. Su tragedia es introspectiva: se cae por exceso de sus pasiones. Existe el héroe, el vencedor, el más fuerte. Es una lucha constante con las pasiones.
La Biblia hebrea propone otra narrativa: los protagonistas no son trágicos, sino reales. No se glorifica la fuerza, ni la belleza. Se narra el acto, y su consecuencia salta a la vista.
Los griegos buscan causa y efecto; los hebreos, la conciencia.
Los judíos no son una sola raza. En los primeros siglos de nuestra era, antes de la consolidación del cristianismo, el judaísmo fue profundamente proselitista. Varias razas y etnias lo adoptaron como una opción más humana. Estas poblaciones se mezclaron con los antiguos hebreos para crear el judaísmo que salió a la diáspora tras la destrucción del segundo templo de Jerusalén.
Se observa claramente que personas sin sangre hebrea, al unirse al judaísmo, fueron igual de exitosas que las de origen semítico.
Entonces, si no es genético, ¿es religioso? La mayoría de las mentes judías más brillantes del último siglo no vienen de familias observantes.
Un mejor doctor cura más vidas. Una tienda que ofrece mejores productos, favorece a la mayoría. Los judíos han florecido en los países más desarrollados del mundo en diferentes épocas. No restan: multiplican donde se establecen.
No existe, en toda la historia moderna, un intento sistemático de los judíos por apropiarse del país en el que viven. Por el contrario, suelen ser ciudadanos leales. Que algunos judíos se comporten mal solo valida que son, como cualquier otra, una cultura diversa.
Las respuestas no son fáciles, pero creo que el mundo, en vez de rechazar, debería aceptar el genio judío como una oportunidad para aprender, más que como una amenaza a destruir.
Tal vez, en vez de mirar a los judíos con recelo, el mundo debería intentar entender lo que ni siquiera los judíos saben explicar.
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