“Toda controversia que sea por causa del Cielo, al final perdurará; Pero una que no sea por causa del Cielo, no perdurará. ¿Cuál es la controversia que es por el bien del Cielo? Tal fue la controversia de Hilel y Shamai. ¿Y cuál es la controversia que no es por causa del Cielo? Tal fue la controversia de Koraj y toda su congregación” Avot, 5:17
La Mishná nos revela una verdad fundamental: no toda disputa es igual. Hay desacuerdos que edifican, que abren caminos hacia la luz de la verdad; y hay otros que desgarran, que solo dejan ruinas a su paso. Cuando el desacuerdo nace del anhelo sincero por esclarecer, por acercarse a una comprensión más profunda, se convierte en un acto sagrado y perdurable. En cambio, los conflictos guiados por el ego, por el deseo de dominar o humillar al prójimo, están condenados a desaparecer sin dejar huella, salvo la del dolor.
Este principio se manifiesta con fuerza en la parashá de Koraj (Números 16), donde un levita, movido por la ambición, encabezó una rebelión contra la autoridad de Moshé y Aarón, cuestionando no solo su liderazgo, sino el orden espiritual mismo del pueblo. Reunió a 250 hombres destacados e intentó corroer los cimientos de la comunidad con acusaciones de arrogancia. Pero el Cielo respondió: la tierra se abrió bajo sus pies y se tragó a Koraj y a sus seguidores; un fuego celestial consumió a quienes profanaron lo sagrado con su insolencia.
El orgullo de Koraj, Datán y Aviram nubló su discernimiento y los condujo a su perdición.
La historia de su rebelión encierra profundas lecciones para todo aquel que aspire a liderar. Nos habla del respeto a la autoridad legítima, del peligro de la soberbia, de la necesidad de una comunicación transparente, del abordaje sano del conflicto y de las severas consecuencias de la desobediencia. Aprendiendo de sus errores, los líderes pueden convertirse en verdaderos servidores del pueblo, guiando con humildad y propósito. Pues, en esencia, el liderazgo genuino no es el arte de ejercer poder, sino la noble misión de cuidar, inspirar y construir un destino compartido.
La revuelta de Koraj no fue un acto de conciencia ni de justicia, sino una búsqueda desesperada de grandeza personal, disfrazada de discurso teológico. No anhelaba la verdad ni el bien común, sino su propia exaltación. Por eso su revuelta fue breve, ruidosa y trágica. Como las tormentas de verano: intensas y pasajeras.
Hoy, en medio de noches sin descanso y bajo el ulular de alarmas que nos empujan a buscar refugio, surgen pensamientos insólitos. Me asalta una pregunta: ¿y si Koraj hubiera vencido? ¿Qué clase de liderazgo habría definido el rostro del pueblo? Nuestra historia ha conocido demasiadas figuras como él, capaces de encantar con su voz, pero dispuestas a dividir con sus actos.
Las Escrituras nos presentan a Yeroboam ben Nevat, rey del norte, quien, por temor a perder el control, desvió al pueblo con ídolos y ritos ajenos (I Reyes 15:30), llevándose consigo generaciones enteras. En contraposición está Moshé, cuya grandeza radicaba no solo en su integridad, sino en su capacidad de formar a otros en ese camino. Como señala el Deuteronomio (33:21), sus actos, y los del pueblo que guio, son su legado.
El conflicto, cuando surge de valores enfrentados o de una comunicación quebrada, puede carcomer incluso a las comunidades más firmes. La Torá da cuenta de cómo Moshé fue criticado por su propio pueblo e incluso por sus hermanos Aarón y Miriam. No obstante, supo responder con paciencia y fe.
El clamor inicial de Koraj fue: “¡Basta ya de vosotros! Porque toda la congregación es santa…” (Núm. 16:3). A simple vista, una afirmación noble. Pero su pecado no fue la demanda de igualdad, sino la ruptura del vínculo comunitario, el aislarse en su verdad como si fuera única. Esa desvinculación transformó el debate en destrucción. No fue una simple diferencia de opinión, sino una fractura deliberada de la unidad nacional.
Hasta hoy vemos líderes que siembran discordia, que ven en la división una herramienta para perpetuar su influencia. Y no hablo solo del ámbito político: cualquier figura que suprime la diversidad de pensamiento y teme al disenso, entorpece el florecimiento de su comunidad. Por eso resuena con tanta fuerza el ejemplo de Hilel y Shamai, quienes, aun en su apasionado desacuerdo, debatían “por el bien del Cielo”.
La Torá es diálogo, es búsqueda incesante.
Los sabios del Talmud, con aguda intuición histórica, retratan a Koraj diciendo: “Que la Torá no es del cielo, ni Moshé un profeta, ni Aarón un Sumo Sacerdote” (Talmud de Jerusalén, Sanedrín 10:27d–28a). Esta postura evoca la célebre discusión del Talmud de Babilonia (Baba Metzia 59a), donde, al rechazar señales celestiales en un debate halájico, los sabios afirman: “La Torá no está en el cielo”. El valor no reside en quién gana el argumento, sino en la responsabilidad compartida de buscar sentido desde la tierra.
Koraj y sus émulos volverán a aparecer, una y otra vez, como fantasmas del ego humano. Pero también lo harán Moshé, Hilel, Aarón, y todos aquellos que entienden que el liderazgo no consiste en levantar la voz por encima del resto, sino en inclinar el oído hacia el clamor de todos. Ellos nos enseñan que disentir, cuando se hace desde el amor a la verdad y el compromiso con la comunidad, no debilita: eleva.
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