La profecía es algo bastante más complejo que la mera predicción. Va más allá de decir lo que va a suceder en el futuro. Si lo expresáramos en lenguaje actual, la profecía tiene mucho de análisis político, y los profetas bíblicos se destacaron por una sorprendente lucidez en ello. Por eso, sus paradigmas se mantienen vigentes y nos aclaran, desde hace miles de años, lo que está sucediendo hoy.
El texto bíblico, como cualquier otro texto religioso, puede abordarse desde perspectivas sociológicas y antropológicas, además de la religiosa (que es la más evidente). Y eso es lo que voy a hacer en este caso. No me voy a meter con lo que Zacarías 12 pueda significar desde el enfoque espiritual, porque no soy rabino.
Pero como estudioso de la historia y acostumbrado a usar sus disciplinas complementarias, quiero señalar algunos detalles paradigmáticos en este pasaje bíblico que, sorprendentemente, “se cumplen” en lo que estamos viendo en estos días y en esta guerra (tomando como punto de partida el 7 de octubre de 2023).
El capítulo 12 de Zacarías se proyecta hacia un futuro ignoto en el que ocurrirá una guerra que culminará con la redención de Israel. La descripción de las condiciones de esa guerra resultan en un perfecto retrato de lo que intentó hacer Irán por medio de todos sus “proxies”:
“He aquí, yo pongo a Jerusalén por copa que hará temblar a todos los pueblos de alrededor contra Judá, en el sitio contra Jerusalén. Y en aquel día yo pondré a Jerusalén por piedra pesada a todos los pueblos; todos los que la cargaren serán despedazados, bien que todas las naciones se juntarán contra ella. En aquel día, dice el Señor, heriré con pánico a todo caballo, y con locura al jinete; mas sobre la casa de Judá abriré mis ojos, y a todo caballo de los pueblos heriré con ceguera.
Y los capitanes de Judá dirán en su corazón: Tienen fuerza los habitantes de Jerusalén en el Señor de los Ejércitos, su D-os. En aquel día pondré a los capitanes de Judá como brasero de fuego entre leña, y como antorcha ardiendo entre gavillas; y consumirán a diestra y a siniestra a todos los pueblos alrededor…” (versículos 2-6a).
La idea es clara: Jerusalén (sinécdoque te la tierra de Israel y el pueblo judío) se convertirá en una obsesión para quienes la rodean, y se juntarán para atacarla. Sin embargo, el miedo se apoderará de los enemigos del pueblo judío mientras que los soldados israelitas tendrán una fuerza renovada. A la hora del combate, los jefes militares de Israel serán como una antorcha encendida entre las gavillas de paja, y aplastarán a todos los enemigos alrededor de Jerusalén.
Eso es justo lo que ha sucedido durante el último año con casi veintidós meses. Irán rodeó a Israel con un grupo de aliados que, desde el 7 de octubre de 2023, se levantaron para tratar de destruir a la nación judía. Hezbollá desde Líbano, el régimen de Assad desde siria, las milicias terroristas desde Cisjordania, las milicias chiítas desde Irak, Hamas desde Gaza, los houthíes desde Yemen, los propios iraníes desde su territorio. Una coalición circundante a Israel, lista para el ataque.
Sin embargo (y especialmente a partir de la formidable operación de los beepers que dejaron mutilados o muertos a los comandantes de Hezbollá), el miedo fue invadiéndolos poco a poco, y el espíritu combativo del pueblo judío volvió a levantarse. El resultado ha sido una victoria militar sin precedentes, y que nunca en la historia habíamos tenido la fuerza que tenemos ahora, y eso nos lo dicen los siguientes versos:
“En aquel día, el Señor defenderá al morador de Jerusalén; el que entre ellos fuere débil, en aquel tiempo será como David; y la casa de David como D-os, como el ángel del Señor delante de ellos. Y en aquel día yo procuraré destruir a todas las naciones que vinieren contra Jerusalén” (versículos 8-9).
En la narrativa bíblica, no hubo mejor época militar para Israel que los tiempos del rey David. Este formidable rey es el arquetipo del poder, en todo sentido (y por ello también se convirtió en el arquetipo mesiánico). Sin embargo, aquí se prevé que llegará una época en la que Israel sea más poderoso de lo que fue en los tiempos davídicos, porque incluso “el más débil será como David”.
En términos históricos, estamos viviendo la época en la que el pueblo judío ha sido más poderoso, teniendo en sus propias manos el control de su destino como nunca antes lo había tenido. La reciente confrontación con Irán (en términos bíblicos, el Imperio de los Medos) ha demostrado que no hay mayor potencia militar en Medio Oriente, que Israel.
Pero acaso el rasgo paradigmático más desconcertante y preciso es el que sigue:
“Y derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración. Y mirarán a mí, y a quien traspasaron, y llorarán como se llora por hijo unigénito, afligiéndose por él como quien se aflige por el primogénito. En aquel día habrá gran llando en Jerusalén, como el llanto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido” (versículos 10-11).
El sentido de cohesión que sin duda marca la fortaleza del pueblo judío a la hora de enfrentar a sus enemigos proviene, según este párrafo de Zacarías 12, de una tragedia.
No se dan detalles, pero hay alguien que fue “traspasado”, y cuya muerte provoca un llanto de proporciones nacionales, equivalente al luto que se guardó por un episodio tampoco específicado pero identificado como “el llanto de Hadad-Rimón en el valle de Meguido” (y que probablemente se refiere a la muerte en batalla del rey Josías en el año 609 AEC).
Esto es lo que ha sucedido frente a nuestras propias narices desde el 7 de octubre de 2023. La expresión bíblica “el traspasado” aplica directamente a todas las víctimas del artero atentado terrorista perpetrado por Hamas. Todo Israel puso sus ojos en ello. La cohesión emocional y espiritual generalizada se volvió la esencia misma del espíritu con el que, cada quien desde su trinchera, afrontó el reto que está llegando a su fin con la derrota de Irán.
El autor de este pasaje bíblico conoce demasiado bien al pueblo judío, y nos dice —a su modo— que justo son nuestras grandes tragedias las que nos dan la fuerza para seguir adelante, las que nos hacen indestructibles.
Los profetas bíblicos fueron mucho más que videntes que podían percibir acontecimientos futuros. Fueron profundos conocedores de la naturaleza humana en general, y de la idiosincracia israelita en particular.
Por eso es que sus textos siguen sorprendiéndonos por la lucidez y vigencia con la que parecen hablar de los tiempos que estamos viviendo.
Y por eso no sólo iluminan nuestros caminos, sino que nos llenan de esperanza.
Aunque el análisis lo hagamos desde la historia, la sociología o la antropología.
Sólo hay que poner atención.
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