Rabino Yerahmiel Barylka / Sucot, la fiesta de la redención futura

“En la festividad [de Sucot, el pueblo] es juzgado en relación al agua” (Mishná, Rosh Hashaná 1:2)

Sucot posee múltiples identidades que dialogan entre sí a lo largo de la historia. Además de ser la Fiesta de las Cabañas, se la conoce como Jag Haasif (Fiesta de la Cosecha), Zman Simjatenu (Tiempo de Nuestra Alegría) y Jag .A., la Fiesta de Dios (Éxodo 10:9).

Sucot remite a las viviendas temporales del desierto, aunque algunos la vinculan con las columnas de nube y fuego que guiaban y protegían al pueblo. Jag Haasif resalta el agradecimiento por la abundancia agrícola, mientras Zman Simjatenu enfatiza el regocijo exclusivo que la Torá ordena para esta festividad.

La Mishná (Rosh Hashaná 1:2) afirma que en Sucot se juzga al pueblo en relación al agua, reflejando una antigua ansiedad por el destino físico. En la noche posterior al último día, la gente observaba el humo del altar: si se inclinaba al norte, los pobres se alegraban por lluvias abundantes, aunque los ricos temían por la pérdida de sus frutos. Si al sur, los ricos se regocijaban por la escasez que preservaría sus cosechas. Al este, todos celebraban; al oeste, todos se entristecían. (Yoma 21b). Así germinan las semillas de la bendición divina en el mundo natural. Hoy, seguimos mirando hacia el Mizraj —al este—Jerusalén, fuente de bendiciones universales.

Sucot, junto a Pesaj y Shavuot, celebra la travesía por el desierto y las frágiles cabañas que nos protegieron. Pero también ha adquirido nuevos significados con el tiempo.

¿Es la sucá símbolo de las moradas temporales de los israelitas errantes? Si es así, representa todos los exilios de Israel a lo largo de 4.000 años, y nuestro Día de Acción de Gracias por haber sobrevivido a persecuciones, pogromos y amenazas de asimilación. ¿O evoca las “nubes de gloria” que nos envolvieron con el esplendor divino, anticipando el santuario y el Templo de Jerusalén?

En la bendición posterior a las comidas pedimos que “el Misericordioso restaure el Tabernáculo Caído de David”, lo que sugiere que la sucá simboliza el Templo. La Haftará del primer día nos redirige hacia lo físico y lo espiritual: comemos, caminamos y trabajamos, pero esa cotidianidad puede transformarse en un camino de piedad hacia la Casa del Señor. La peregrinación es tanto un viaje interior como exterior. La visión de Zacarías se cumple cuando los pueblos del mundo celebran Sucot en Jerusalén, reconociendo que “.A. será uno y uno su nombre”.

Rashí explica que esta Haftará fue elegida por mencionar la celebración de Sucot (Zacarías 14:18-19): quienes no suban a Jerusalén no recibirán lluvia, y serán castigados por no honrar la festividad. Así se revela la antigua conexión entre Sucot y los rituales de lluvia.

Las libaciones de agua y las cuatro especies (Levítico 23:40) aparecen en fuentes rabínicas como la Tosefta Sucot 3:18 y el Talmud Taanit 2b. Rashí las une en su comentario sobre Zacarías. Estos rituales se integraron en el Segundo Templo como súplicas por sustento, vitales hasta la llegada de las lluvias.

Sucot marca la transición del árido desierto a tierras fértiles, y del recogimiento de las Altas Fiestas a la alegría. Al salir de nuestras casas y habitar en la sucá, sentimos la vulnerabilidad de quienes carecen de vivienda digna. La fragilidad de la existencia se revela con belleza: desde la sucá vemos las estrellas y recibimos a los ushpizin, los huéspedes históricos.

También sentimos el dolor de no tener espacio como judíos en países soberanos, especialmente tras dos años de guerra que han despertado antiguos odios. Pero nuestra esperanza permanece viva. Como en las Escrituras, volveremos a habitar en paz, y las naciones vendrán a Jerusalén a proclamar la unicidad de Dios. El pueblo que parecía insignificante volverá a irradiar la luz que todos necesitan.

¿De dónde dedujo Rabí Eliezer que las cabañas en las que habitaron los hijos de Israel al salir de Egipto no eran sino nubes celestiales de gloria? Tal vez de los versículos del cántico de Haazinu:

«Porque la porción del Señor es Su pueblo, Jacob, la cuerda de Su heredad. Lo halló en tierra desierta, en la soledad del aullido del yermo. Lo rodeó, lo instruyó, lo guardó como a la niña de Sus ojos. Como el águila que despierta su nido, revolotea sobre sus polluelos, extiende sus alas, los toma y los lleva sobre sus plumas».

De esta descripción emana una protección envolvente, absoluta. Y en efecto, Rashí interpreta que se trata de las nubes de gloria. Sin embargo, la Torá describe el trayecto por el desierto como una travesía de fatiga (Éxodo 18:8; Números 20:14) y aflicción (Deuteronomio 8:2), lo cual parece más acorde con una vida en cabañas frágiles y transitorias.

¿Cuál es, entonces, la descripción correcta según la Torá: nubes de gloria o cabañas reales? Una lectura atenta de los versículos de la parashá Ekev, que relatan el viaje, sugiere una tercera posibilidad: que la morada fue en cabañas verdaderas, precarias y desmoronadas, como parte de un proceso de reconstrucción. La conciencia era —o debía ser— la de un viaje sobre nubes de gloria.

«Y recordarás todo el camino por el que el Señor tu Dios te condujo estos cuarenta años en el desierto, para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón… Tu vestido no se desgastó sobre ti, ni tu pie se hinchó en estos cuarenta años. Y sabrás en tu corazón que como un hombre disciplina a su hijo, así el Señor tu Dios te disciplina» (Deuteronomio 8:2–5).

La diferencia entre Rabí Akiva y Rabí Eliezer —aunque algunas fuentes invierten las opiniones atribuidas a cada uno— no radica en la cuestión de qué eran aquellas cabañas en las que habitaron nuestros antepasados en el desierto, sino en qué es más importante: la existencia tangible o la conciencia que la trasciende.

La realidad física fue la de cabañas pastoriles; la conciencia fue —o pudo haber sido— la de nubes de gloria, de un padre que lleva a su hijo y lo guarda como a la niña de sus ojos. Las cabañas del desierto fueron, por tanto, tanto cabañas reales como nubes de gloria. Y en el cumplimiento del precepto de habitar en la sucá, puede percibirse algo de ambos aspectos, así lo ve Benayahu Tevilá.

Para ello, el camino es largo. Ya lo recorrimos antes. Lo haremos ahora. Y lo seguiremos andando.

Tendremos fe.

Espera en .A., sé fuerte, ten ánimo, espera en .A.

קַוֵּה אֶל ד’ חֲזַק וְיַאֲמֵץ לִבֶּךָ וְקַוֵּה אֶל ד’.

Jag Sucot Sameaj, con toda la alegría que nos sea posible y con mucha fe en nuestro destino y nuestro futuro.
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Yerahmiel Barylka: "Después de liderar el movimiento juvenil Ezra, a los diecisiete años de edad se inició en la educación formal, dirigiendo la Escuela Religiosa Israelita Heijal Hatorá, en Buenos Aires, luego de lo cual fue profesor del Instituto de Superior de Estudios Judaicos (Majón Lelimudey Haiadut) y dirigió las escuelas Talpiot y José Caro en Buenos Aires. Durante 11 años fue el director de la Agrupación Juvenil Ramah de la Congregación Israelita de la República Argentina en la que centenares de jóvenes tuvieron sus primeras vivencias religiosas y participaron en sus actividades educativas. Se desempeñó como Capellán de los Institutos Penales de Buenos Aires, entre 1960 y 1976, asistiendo a los internos de religión judía en sus necesidades espirituales personales y espirituales. Se trasladó a México en el año 1976 convocado para dirigir la escuela Yavne y durante su larga estadía en ese país, dirigió el Seminario de Maestros Hebreos que luego se convirtió en la Universidad Hebraica, el Centro de Estudios Judaicos (CEJ), la representación en México del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, y fue Asesor de Presidencia de la Comunidad Maguen David. Actualmente se desempeña como asesor de comunidades judías latinoamericanas y como Director General de Otot -Servicio de consultoría educativa y comunitaria especializado en las comunidades judías de habla española."