Rabino Yerahmiel Barylka/¿Cómo festejaremos este año Sheminí Atzéret?

In memoriam de mi padre Yehudá Tzvi ben Shmuel z”l

En nuestras Tefilot, nos referimos a “Jag Haatzéret” conforme a la opinión del Shulján Aruj (Oraj Jaim 668:1), como una festividad de Asamblea Solemne. Sin embargo, Rabí Moshé Isserles (1520–1572) señala que la costumbre es omitir el término “Jag” al referirse al octavo día de Sucot.

En efecto, no encontramos en la Torá ninguna mención explícita de “Jag” en relación con Sheminí Atzéret. En contraste, Sucot es llamado “Jag” en tres ocasiones (Devarim 16), y esta distinción se repite en Bemidbar 29, donde se describe Sucot como “celebrar un Jag para Hashem durante siete días”, mientras que Sheminí Atzéret es denominado simplemente “el octavo día de asamblea solemne”.

Existe una diferencia esencial entre “Jag” y “Atzéret”. “Jag” evoca una peregrinación religiosa, un tiempo de regocijo colectivo, un momento en que los judíos de todas partes del mundo se congregan para celebrar. Es una experiencia compartida, de banquetes festivos y multitudes que desfilan con júbilo en la Simjat Beit Hashoevá —la alegría de la Casa de la Recolección de agua—, que se realizaba en tiempos del Templo de Jerusalén durante Sucot, con el Nisuj Hamayim, la libación de agua sobre el altar, como súplica por lluvias abundantes en el año venidero.

Por el contrario, “Atzéret” representa un día de recogimiento, un espacio para la introspección y la búsqueda interior. Es una jornada en la que enfrentamos dilemas profundos y preguntas morales que nos interpelan personalmente. En ese sentido, Sheminí Atzéret trasciende la categoría de Jag: es el momento en que nos detenemos, recordamos nuestro pasado, nos dedicamos al porvenir y recargamos nuestras baterías espirituales.

Sobre la fecha de Atzéret se ha sumado Simjat Torá, la celebración que marca la conclusión y el inmediato reinicio del ciclo anual de lecturas del Pentateuco. Esta fusión ha convertido ese día en el más alegre de toda la temporada festiva del mes de Tishré. Lo que hace a Simjat Torá tan especial es que, al concluir la lectura, comenzamos de inmediato desde el principio, sin interrupción alguna. Así ocurre en todas las ceremonias de siyum en la vida judía: la finalización de un tratado da paso, sin demora, al estudio de otro. La devoción no se detiene; el compromiso se renueva. El siyum, aunque literalmente significa “conclusión”, encierra un significado espiritual mucho más profundo: es una afirmación de continuidad.

Simjat Torá nos enseña a alegrarnos cuando podemos hacerlo, a celebrar nuestra existencia y nuestros logros, incluso cuando las circunstancias no son ideales. Completar la lectura de la Torá es un acto de perseverancia, y así también lo es toda la vida judía.

La descripción que la Torá hace de la muerte de Moshé nos recuerda que el judaísmo no es un culto a la personalidad. Incluso cuando el más grande de los judíos —como la propia Torá lo describe en sus palabras finales— muere y nos deja huérfanos, no debemos sucumbir a la desesperación. Podemos seguir celebrando, porque la Torá eterna vive entre nosotros con vigor y vitalidad. Para nosotros, el juego nunca termina. Podemos caer, sufrir, pero jamás ser derrotados. Esa es la fuerza que la Torá nos otorga.

Al cumplirse dos años del crimen indescriptible perpetrado por las huestes de Hamás y sus cómplices contra los judíos de Israel y del mundo, no debemos olvidar —más allá del nombre que demos a la fecha— que fue en el Día de Atzéret y en la festividad de Simjat Torá cuando se cercenó brutalmente la alegría. Hoy, más que nunca, debemos recuperar ese espacio de introspección, revisar nuestro lugar en medio de la adversidad y comprometernos con la reconstrucción de nuestro futuro. Este día nos invita a enfrentar los conflictos y preguntas morales que nos desafían a diario.

La merecida alegría de Simjat Torá no puede convertirse en un escape ni en un jolgorio desmedido. Debe ser vista como el nacimiento de un Israel más espiritual, capaz de elaborar el dolor y la pérdida con dignidad, sin encubrir la responsabilidad de quienes fallaron en todos los niveles. Si lo asumimos así, quizás podamos convertir este día, en el futuro, en un verdadero Jag: uno que celebre no solo la Torá, sino también la resiliencia de un pueblo que nunca deja de reconstruirse.
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Yerahmiel Barylka: "Después de liderar el movimiento juvenil Ezra, a los diecisiete años de edad se inició en la educación formal, dirigiendo la Escuela Religiosa Israelita Heijal Hatorá, en Buenos Aires, luego de lo cual fue profesor del Instituto de Superior de Estudios Judaicos (Majón Lelimudey Haiadut) y dirigió las escuelas Talpiot y José Caro en Buenos Aires. Durante 11 años fue el director de la Agrupación Juvenil Ramah de la Congregación Israelita de la República Argentina en la que centenares de jóvenes tuvieron sus primeras vivencias religiosas y participaron en sus actividades educativas. Se desempeñó como Capellán de los Institutos Penales de Buenos Aires, entre 1960 y 1976, asistiendo a los internos de religión judía en sus necesidades espirituales personales y espirituales. Se trasladó a México en el año 1976 convocado para dirigir la escuela Yavne y durante su larga estadía en ese país, dirigió el Seminario de Maestros Hebreos que luego se convirtió en la Universidad Hebraica, el Centro de Estudios Judaicos (CEJ), la representación en México del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, y fue Asesor de Presidencia de la Comunidad Maguen David. Actualmente se desempeña como asesor de comunidades judías latinoamericanas y como Director General de Otot -Servicio de consultoría educativa y comunitaria especializado en las comunidades judías de habla española."