Rabino Yerahmiel Barylka / Parashat Bereshit

 “Y dijo Ravá bar Majseya en nombre de Rav Jamá bar Guria, quien lo dijo en nombre de Rav: ‘Aun si todos los mares fueran tinta, y los juncos de los pantanos fueran plumas, y los cielos mismos fueran pergaminos, y toda la humanidad escribas…’” Y preguntó Rav Majseya: ¿Cuál es el versículo que alude a esta idea? “Los cielos en lo alto, la tierra en lo profundo, y el corazón de los reyes es inescrutable” (Mishlé 25:3). (Talmud Bavlí, Shabat 11a)

Con esta imagen desbordante y poética, nuestros sabios nos enseñan que la sabiduría divina y la profundidad de la Torá son inabarcables. Aun si el universo entero se convirtiera en instrumento de escritura, no bastaría para contener la totalidad de lo que hay por decir, por aprender, por comprender.

Y si esto es así respecto a toda la Torá, ¡cuánto más lo es respecto a Parashat Bereshit, el génesis de todo lo creado, el principio de la historia humana y el misterio de la fe!

Lo que se ha dicho sobre Bereshit por generaciones de comentaristas, pensadores, filósofos y cabalistas no agota ni una fracción de su profundidad. Solo nos es dado recoger partículas de luz, átomos de comprensión, y sobre ellos construir nuestras propias reflexiones. Porque la Torá no se agota, y quizás no fue dada para ser agotada, sino para ser vivida, estudiada y contemplada siempre.

Yo mismo, hace ya varias décadas, tomé un solo pasuk de esta parashá y lo enseñé durante todo un ciclo lectivo, una vez por semana. El año terminó… pero no así la tarea de comprenderlo. La Torá es infinita, y cada palabra suya es un manantial que no cesa de brotar. Espero que quienes fueron mis alumnos en ese entonces hayan podido seguir interpretándolo.

Hoy, en este Hoshaná Rabá, escribo estas líneas con el alma dividida entre el duelo y la esperanza: la tristeza por el reencuentro con los cuerpos de nuestros hermanos caídos en la guerra maldita que estalló hace dos años, y la inconmensurable alegría por aquellos que, tras haber sido secuestrados, han regresado con vida al seno de sus familias.
Y en medio de esa tensión entre el dolor y la gratitud, vuelvo a abrir la parashá.

Bereshit no se detiene en los detalles de cada vida mencionada. Diez generaciones desde Adam hasta Noaj pasan casi sin descripción. ¿Por qué? Porque la Torá no es un libro de historia, sino de enseñanza moral. Solo se detiene en aquellos cuya vida dejó una huella espiritual imperecedera. La Torá nos enseña que la vida vale no por su duración, sino por su dirección.

Así lo expresaron nuestros sabios en Pirkei Avot:

“Diez generaciones hubo desde Adam hasta Noaj, para mostrar cuán grande es la paciencia del Santo, bendito sea, pues todas esas generaciones lo provocaron, hasta que trajo sobre ellas las aguas del Diluvio. Diez generaciones hubo desde Noaj hasta Abraham, para mostrar cuán grande es Su paciencia, pues todas lo provocaron, hasta que vino Abraham y recibió la recompensa de todas ellas.”

Abraham Avinu —que descanse en paz— fue probado con diez pruebas, y las superó todas. ¿Para qué? Para enseñarnos cuán grande era su amor por el Creador.

La lección es clara: cada generación, y cada individuo, tiene la oportunidad de elevar el mundo espiritual y moralmente. La Torá se detiene en quienes lo logran, porque ellos son los verdaderos constructores del bien en el mundo de Hashem.

Incluso la longevidad, que tanto impresiona en esta parashá, no es garantía de sentido. Vivieron siglos… pero ¿cuánto dejaron? El rey Shlomó, en Qohelet, nos advierte: “Aunque el hombre viviera mil años, si no encuentra sentido, ¿de qué le sirve?”

Moshé Rabenu nos ruega:

“Enséñanos a contar nuestros días, para que traigamos al corazón sabiduría” (Tehilim 90:12). No se trata solo de contar los días, sino de hacer que los días cuenten.

Abraham es descrito como “anciano, venido en días” —es decir, llegó a la vejez con sus días plenos, llenos de sentido. El tiempo es un regalo sagrado, y desperdiciarlo es una de las formas más tristes de alejarnos de nuestro propósito.

El Midrash critica a Adam no solo por su pecado, sino por haberse retraído de la vida durante décadas. En contraste, Abraham es alabado por mantenerse activo, vital y comprometido hasta su último aliento.

Esa es la visión del judaísmo: una vida significativa, productiva, noble y consagrada al bien. Para eso fuimos creados.
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Yerahmiel Barylka: "Después de liderar el movimiento juvenil Ezra, a los diecisiete años de edad se inició en la educación formal, dirigiendo la Escuela Religiosa Israelita Heijal Hatorá, en Buenos Aires, luego de lo cual fue profesor del Instituto de Superior de Estudios Judaicos (Majón Lelimudey Haiadut) y dirigió las escuelas Talpiot y José Caro en Buenos Aires. Durante 11 años fue el director de la Agrupación Juvenil Ramah de la Congregación Israelita de la República Argentina en la que centenares de jóvenes tuvieron sus primeras vivencias religiosas y participaron en sus actividades educativas. Se desempeñó como Capellán de los Institutos Penales de Buenos Aires, entre 1960 y 1976, asistiendo a los internos de religión judía en sus necesidades espirituales personales y espirituales. Se trasladó a México en el año 1976 convocado para dirigir la escuela Yavne y durante su larga estadía en ese país, dirigió el Seminario de Maestros Hebreos que luego se convirtió en la Universidad Hebraica, el Centro de Estudios Judaicos (CEJ), la representación en México del Instituto Weizmann de Ciencias de Rehovot, Israel, y fue Asesor de Presidencia de la Comunidad Maguen David. Actualmente se desempeña como asesor de comunidades judías latinoamericanas y como Director General de Otot -Servicio de consultoría educativa y comunitaria especializado en las comunidades judías de habla española."