En el Día de la Aliá, Israel recuerda a los hombres y mujeres que allanaron el camino para el renacimiento nacional
Escribieron cartas a la ONU y a periódicos soviéticos, cantaron canciones sobre la Tierra de Israel en voz baja en sus cocinas, crearon círculos hebreos secretos y dieron pasos desesperados, arriesgando su libertad y sus vidas. Sus nombres y destinos se convirtieron en símbolos de la lucha de los judíos soviéticos por el derecho a regresar a casa.
Hoy, en el Día de la Aliá, Israel recuerda a estos hombres y mujeres —héroes sin armas— que allanaron el camino para el renacimiento nacional. Pero también es un momento para reflexionar sobre nuestra situación actual.
Cuando, en mayo de 1948, se proclamó el Estado de Israel, los judíos de la lejana URSS respondieron con entusiasmo y esperanza. El ingeniero Y.B. Shmerler, de Novosibirsk, escribió al Comité Judío Antifascista: «Ahora, cuando la lucha es a muerte, los judíos soviéticos no podemos permanecer en silencio… Participar activamente significa luchar codo con codo con nuestros hermanos. Es nuestro deber sagrado».
El Héroe de la Unión Soviética, David Dragunsky, y el ingeniero I.G. Rogachevsky propusieron formar una división judía para el frente de Oriente Medio, y el Dr. I.B. Klionsky incluso sugirió la creación de un escuadrón aéreo con el nombre del camarada Stalin para el ejército israelí.
Estos sueños de solidaridad nunca se hicieron realidad, pero reflejaron el sentimiento generalizado: Israel se había convertido, para los judíos soviéticos, en un símbolo de fuerza y esperanza.
“La Carta de los Dieciocho”: Un Desafío al Mundo
En agosto de 1969, dieciocho familias de judíos georgianos se reunieron en Kutaisi y firmaron un llamamiento a la ONU:
“Se acabó el tiempo del miedo, ha llegado la hora de actuar. Exigimos permiso para emigrar. ¿Cómo es posible que, a finales del siglo XX, se prohíba a la gente vivir donde desee?”
Publicada por la prensa internacional, esta carta marcó un punto de inflexión. Tras su publicación, Israel se unió oficialmente a la lucha por la libertad de la aliá soviética.
A finales de la década de 1960, tras la victoria de Israel en la Guerra de los Seis Días, comenzó una nueva era para los judíos soviéticos. El premio Nobel Elie Wiesel los llamó “Los Judíos del Silencio”, pero fueron ellos quienes comenzaron a abandonar los clichés soviéticos y a formar un movimiento sionista organizado.
Según datos de la KGB, solo en 1969, 27.000 judíos solicitaron invitaciones de familiares en Israel. Entre 1968 y 1982, 375.000 judíos soviéticos recibieron estas invitaciones; 163.000 lograron salir, pero a decenas de miles se les denegaron los visados de salida.
Operación “Boda”
En 1970, un grupo de judíos y disidentes, liderados por Mark Dymshits y Eduard Kuznetsov, intentó secuestrar un avión para escapar a Occidente y luego llegar a Israel. El plan se denominó Operación Boda.
Los participantes sabían lo que les esperaba: arresto, encarcelamiento, posiblemente la muerte, pero siguieron adelante. El tribunal condenó a Dymshits y Kuznetsov a muerte, y a Yosef Mendelevich y Silva Zalmanson a largas penas de prisión. Bajo intensa presión internacional, las penas de muerte fueron conmutadas.
Sus nombres se convirtieron en símbolos de valentía, y su juicio se convirtió en el catalizador de un movimiento global en defensa del judaísmo soviético.
“Eretz Israel” y la Resistencia Cultural
El 27 de marzo de 1971, el jefe de la KGB, Yuri Andropov, informó al Partido Comunista sobre una carta interceptada por la censura. La había enviado Alla Smelyanskaya, traductora de Intourist, quien envió por correo a Israel una canción escrita por su esposo titulada “Eretz Israel”.
“Nos encantaría escucharla en Kol Yisrael”, escribió, “y quizás podría convertirse en nuestro himno de amor a la patria”.
Estas palabras fueron consideradas un “crimen”. Sin embargo, fue a través de la cultura —a través de canciones, clases clandestinas de hebreo, seminarios secretos y revistas samizdat como Tarbut (editada por Felix Kandel)— que perduró la conexión con la lengua, la tierra y la fe del pueblo.
Cartas y “Refuseniks”
En la década de 1970, miles de cartas fueron enviadas a los periódicos:
“Golda Shelanu, nuestra Golda… Estamos orgullosos de ella, nosotros que vivimos en la URSS como judíos”. “Negar la existencia del antisemitismo en la Unión Soviética es tan absurdo como negar el racismo en Estados Unidos”.
Cada una de estas cartas podía costarle al autor su trabajo, su libertad o algo peor.
Los nombres de Vladimir Slepak, Yosef Begun, Natan Sharansky y Yuli Edelstein se convirtieron en símbolos de perseverancia. Begun fue sentenciado a siete años en un campo de trabajos forzados y cinco años de exilio. Sharansky pasó trece años en prisiones y campos de concentración. Edelstein fue condenado por falsos cargos de “drogas”; su verdadero “delito” fue enseñar hebreo.
El Movimiento Refusenik se convirtió en un símbolo de resistencia moral, de disposición a arriesgarlo todo por el derecho al retorno. Para muchos, apoyar a Israel significó persecución, pero también se convirtió en una fuente de fortaleza espiritual.
Autor: Dr. Haim Ben Yakov