La guerra contra Hamas durante los últimos dos años no sólo exhibió el rampante antisemitismo que pulula en todo el mundo. También puso de manifiesto que los cuatro cotos de poder que todavía conserva la izquierda israelí se han convertido en un problema y, en condiciones extremas, en una amenaza para el Estado de Israel.
No es un misterio que Israel fue fundado por pioneros sionistas de izquierda. De hecho, personajes como Ben Gurión venían de una formación ideológica netamente marxista, aunque la vida misma los empujó a abandonar ese radicalismo —se dieron cuenta de su ineficacia— para moverse hacia el modelo europeo que más admiraron: La social-democracia.
Así fue como se inició Israel como estado moderno. Por supuesto, el paso de los años y las guerras contra los árabes y los palestinos hicieron que, una vez que la sociedad israelí maduró, empezara a tornarse hacia eso a lo que muchos le llaman “la derecha”.
La transición empezó en 1977 cuando el partido Likud, con Menahem Begin al frente, ganó por primera vez las elecciones. Luego vino una etapa de alternancia del poder entre Likud (derecha) y Avodá (laborismo; izquierda social-demócrata), que concluyó en 2001 cuando Ariel Sharón derrotó a Ehud Barak en unas elecciones celebradas bajo el fragor de la Segunda Intifada.
Desde entonces, la izquierda no sólo no volvió a ganar una sola elección, sino que su presencia parlamentaria ha venido disminuyendo hasta casi desaparecer. Los dos partidos más representativos (Meretz, el radical; Avodá, el moderado) han tenido que presentarse en coalición, dado que cada uno por su lado podrían no ganar ningún escaño y quedar fuera de la Knesset (a Meretz ya le pasó).
La sociedad israelí se ha “derechizado”, sobre todo durante el siglo XXI. Hoy por hoy, las elecciones parecen ser más bien una competencia entre la derecha pro-Netanyahu contra la derecha anti-Netanyahu.
Pese a los descalabros electorales, hay cuatro cotos de poder alternativo que todavía conserva la izquierda, y hasta el momento han sido inamovibles de allí. Son el último vestigio ideológico de la era de los pioneros marxistas, y los últimos dos años de guerra han demostrado que son un fósil que estorba más de lo que aporta, y al estado de Israel le urge tomar la iniciativa para contrarrestarlos (sin excederse al punto de romper el orden democrático).
Esos cuatro cotos de poder son la Suprema Corte, la cúpula del ejército, la prensa, y la academia.
De ellos, sólo la cúpula militar ha sufrido cambios importantes con los relevos que se ordenaron durante la guerra contra Hamas. La Corte sigue ilesa; la academia también. La prensa alterna con unos pocos medios alternativos, pero mantiene un importante porcentaje de editorialistas que se decantan hacia la izquierda.
La Corte, afortunadamente, interviene poco en la política israelí. Pero no por eso hay que dejar de señalar el problema intrínseco: Cuando interviene, lo hace como si fuera el verdadero gobierno, y eso está mal.
“Es que el poder debe tener contrapesos”, argumentan los defensores de la Suprema Corte. Sí, es cierto, y qué bien que el Poder Legislativo (el del Primer Ministro) tenga ese contrapeso, pero el Poder Judicial también es un poder, y por lo tanto la Corte también debe tener contrapesos.
Y no los tiene. La Corte, cuando actúa, puede hacerlo con total impunidad y autoritarismo. Eso tiene que corregirse, o se pierde la verdadera esencia de lo democrático. En el modelo israelí actual, la Corte no es un contrapeso de la Knesset, sino un órgano fiscalizador y corrector. Para ser un verdadero contrapeso, la capacidad de corrección debería ser recíproca.
En otras palabras, la reforma que intentó promover Netanyahu en otras épocas urge, y lo deseable es que pronto se pueda llevar a cabo.
Lo que no parece que vaya a cambiar pronto es la situación de la prensa de izquierda y la academia. La prensa tiene competencia, y en Israel no parece tener demasiado peso. Máxime, porque en los últimos años el poder de los medios está siendo paulatinamente opacado por el de las redes sociales. Así, poco a poco va disminuyendo la capacidad de los periodistas izquerdistas para influir de manera efectiva en el país.
Pero hay un problema grave, y se llama Haaretz. Bajo el frívolo disfraz de ser un periódico crítico, desde sus páginas se han cometido verdaderas traiciones contra Israel y contra el pueblo judío. Baste con señalar que Haaretz es el periódico favorito de los antisemitas, y eso lo dice todo. Muchos de sus reportajes —retorcidos, manipulados a veces, o incluso mentirosos— las hordas antisemitas del mundo se regodean obteniendo argumentos para nutrir su retórica incendiaria, y eso pone en riesgo a las comunidades judías de la diáspora.
No se puede ni se debe censurar medios nada más porque sí. Incluso salvajes como Gideon Levy tienen derecho a decir sandeces. Pero es hora de que a Israel llegue también eso que en América ha recibido el nombre de “la Batalla Cultural”, para exhibir sin tapujos que el marxismo (en todas sus versiones) es un fracaso que suele culminar en crímenes inaceptables, y que el izquierdismo posmoderno de nuestros días es la irracionalidad absoluta, incapaz de ofrecer soluciones al mundo.
Con la academia el problema tal vez sea peor. En ese rubro, la izquierda tiene prácticamente el monopolio. Acaso la única ventaja es que este ambiente se ha convertido cada vez más en una élite alejada de la sociedad, pero sigue generando “especialistas” (sobre todo en humanidades) que se las dan de muy listos nada más porque son de izquierda, pero que generalmente se dedican a decir, enseñar y perpetuar sinsentidos.
¿Cuál es el problema con la izquierda? En principio, no es el teórico. Eso se corrige y ya. Su problema es esa absurda superioridad moral que los lleva a autodefinirse, a priori y nada más desde un argumento sentimental, que son los buenos del cuento, los que están del lado correcto de la historia.
Debido a eso es que han perdido la capacidad de autocorregirse, y han convertido —eso es un fenómeno mundial, por cierto— las aulas universitarias de las facultades de humanidades en un penoso multinivel: Estudias una carrera sin utilidad pública real, y acabas trabajando como profesor para instruir a una nueva generación de “humanistas” que tampoco tendrán utilidad alguna y, por lo tanto, terminarán trabajando como profesores.
Y así, ad nauseam, en una dinámica que no es muy distinta a la de esas empresas que venden complementos alimenticios y en la que tus ganancias dependan de que insribas a gente que luego inscriba a más gente (salvo por el detalle de que los socios de este tipo de negocios por lo menos se ganan su propio dinero con su propio esfuerzo).
El 7 de octubre de 2023 quedó demostrado lo peligrosos que son estos cotos de poder para Israel. Hamas decidió atacar en ese momento justo porque percibió, correctamente, que la sociedad israelí estaba totalmente polarizada (y eso significa que estaba debilitada).
Eran las épocas de las permanentes manifestaciones anti-Netanyahu bajo el pretexto del rechazo a la reforma del poder judicial. En realidad, y junto con el cada vez más evidentemente absurdo juicio que se le sigue al Primer Ministro por corrupción, se trataba del intento de derrotar a Netanyahu en los tribunales, toda vez que nunca lo pudieron derrotar en las urnas.
Pero así es la izquierda actual: Si pierde las elecciones, mete toda la presión callejera o judicial posible para que de todos modos se gobierne como si ellos hubieran ganado. Son, por definición, antidemocráticos.
La cúpula del ejército tuvo que responder al reto que fue la guerra, pero no se puede ocultar que estorbaron mucho durante los primeros meses. La prensa, afortunadamente, quedó opacada por las redes sociales. La Corte se replegó hacia lo suyo y no estorbó. Pero la academia se mantuvo atascada en su superioridad moral desde la cual en muchas ocasiones se justifica y se defiende al terrorismo islámico.
Ahí está la siguiente guerra que tiene que ganar el Estado de Israel. Es una guerra difícil, porque no se trata de aplastar al enemigo. En una sociedad democrática, ellos también deben tener su espacio. Sólo se trata de hacerles entender que ellos también deben respetar el espacio del otro, precisamente porque así son las reglas de la democracia.
Es, como ya lo dije, una batalla cultural, y es hora de comenzarla.
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