Rabino Yosef Bitton / Vayera: ¿Ishmael en New York City?

Ishmael fue el primer hijo de Abraham. Abraham y Sará no tenían hijos, y HaShem les había prometido una gran descendencia. Sará, al ver pasar los años, le propuso a Abraham tomar a Hagar, su sierva egipcia, para que el hijo de ella fuera adoptado por Sará. Así nació Ishmael, el primer hijo de Abraham. 

Luego de algunos años, finalmente y de manera milagrosa, nace Itsjaq, el hijo de Abraham y Sará. Entonces HaShem le dijo a Abraham: כי ביצחק יקרא לך זרע —“tu descendencia continuará a través de Itsjaq”—, ¡no de Ishmael! Y agregó: לגוי אשימנו —“también de Ishmael haré una gran nación.”

La Torá relata lo que ocurrió luego entre las madres: “Y Sará vio que el hijo de Hagar la egipcia [Ishmael] se estaba divirtiendo metsajeq con Itsjaq”, y le dijo a Abraham: “Despide a esta mujer y a su hijo.” ¿Qué vio Sará que la llevó a tomar una decisión tan drástica?

Los Sabios explican que la diversión de Ishmael consistía en “juegos” de idolatría, promiscuidad y especialmente violencia. Sará confrontó a Hagar: “¿No ves lo que hace tu hijo?” Pero Hagar respondió: metsajeq —“¡solo está jugando!”—.

Hagar representa a la madre permisiva, que confunde amor con indulgencia, que no pone límites y prefiere mirar hacia otro lado. Sará, en cambio, entiende que esos “juegos” llevarían a su hijo Itsjaq a una conducta corrupta que pondría en peligro la continuación del camino de Abraham.

Abraham acepta la decisión de Sará y —por indicación divina— envía a Hagar e Ishmael al desierto. Allí, HaShem escucha el llanto del muchacho y los salva. Ishmael, continuando con lo que comenzó como sus juegos de infancia, vive de la caza con arco y flecha y del hurto, y se convierte en un hombre muy violento, pere adam. Sará tenía razón en separar a su hijo de Ishmael.

DESPLAZANDO A ISAAC

Los árabes reconocen que son ismaelitas. Pero en un flagrante desafío al texto bíblico, al que se supone que respetan, reescribieron la historia: en el Corán, Ishmael es presentado como el hijo heredero de Abraham. En la tradición islámica, la historia del Akedat Itsjaq (el sacrificio de Isaac) ha sido reescrita, y allí el hijo que Abraham lleva al altar no es Itsjaq, sino ¡Ishmael!

Ishmael nunca superó el resentimiento de haber sido desplazado por Itsjaq. Ese complejo —que no se curó ni con el hecho de convertirse en una gran nación— lo acompañó toda su vida y se transmitió a sus descendientes. En su mente, él era el primogénito y el legítimo heredero. La historia bíblica de Ishmael vs. Itsjaq se convirtió con el tiempo en un símbolo de la lucha entre dos visiones del mundo: una basada en la disciplina y la moral (Itsjaq), y otra en la violencia y la subyugación del enemigo (Ishmael).

Ese conflicto, que comenzó en la hacienda de Abraham, sigue vivo hasta el día de hoy. Para Ishmael, la única forma de terminar esta animosidad es eliminar a Isaac, o tenerlo a sus pies, para que nadie pueda cuestionar su legitimidad. Ishmael tolera a un Isaac subyugado (dhimmi). Pero su animosidad vuelve a resucitar cuando Isaac florece y triunfa.

El resentimiento se ha transformado hoy en ideología: la del “Free Palestine” (“Palestina libre de judíos”). Es la continuación moderna de aquella misma animosidad religiosa transmitida por generaciones. Se expresa en movimientos como Hamas y en millones de simpatizantes alrededor del mundo que no pueden tolerar el renacimiento del Estado de Israel, y mucho menos su éxito y prosperidad.

Cuanto más prospera Israel, más siente Ishmael que Itsjaq es el elegido. Y entonces responde con violencia, como si quisiera borrar nuevamente la historia y reescribirla según su falsa narrativa.

NUEVA YORK

Este espíritu de odio hacia Israel parece estar manifestándose hoy en las grandes ciudades del mundo —Londres, París, Madrid—, y esta semana también en Nueva York. La elección de un alcalde musulmán radical, abiertamente antiisraelí, refleja esta tendencia preocupante: el avance político de quienes ni siquiera se preocupan por ocultar su desprecio por el Estado de Israel.

Para los judíos locales, las imágenes de los islamistas celebrando el triunfo de Zohran Mamdani con banderas palestinas se sintieron como un nuevo “11 de septiembre”: un atentado perpetrado en las urnas. Y no es una exageración: es la triste realidad. La ciudad más judía de Norteamérica y del mundo ha elegido a alguien que simpatiza con quienes justifican el terrorismo islámico.

Para los judíos de Nueva York, esto no es un simple cambio político. Es un durísimo golpe emocional. Una señal de que la comodidad y la seguridad a las que se habían acostumbrado pueden desaparecer de un día para otro.

THE CARROT OR THE STICK

Desde una perspectiva rabínica no debería sorprendernos. Estamos viendo, una vez más, un patrón bíblico: cuando los judíos se aferran demasiado a sus lugares de exilio, cuando disfrutan de prosperidad y estabilidad y olvidan cuál es su verdadero hogar —como ocurrió en los tiempos de Ajashverosh y Hamán—, la historia se repite.

A veces, el Creador trata de tentarnos suavemente con la “zanahoria”: la oportunidad, la bendición, la prosperidad del Estado de Israel. Pero cuando no reaccionamos, puede llegar el “palo”.

Así comenzó nuestra historia como pueblo. En Egipto, los judíos gozaban de prosperidad y privilegios por lo que Yosef había hecho por los faraones. Pero un día —de la noche a la mañana— “vayakom melej jadash al Mitzrayim” —“se levantó un nuevo rey sobre Egipto”— y todo cambió. Los que habían sido huéspedes de honor se convirtieron ahora en esclavos.

Pero ese cambio no solo trajo sufrimiento: irónicamente, fue lo que abrió el camino de regreso a la Tierra de Israel. Si no hubiera sido por el dolor y la esclavitud, ¡los judíos de Egipto podrían haberse quedado en Egipto para siempre!

Eso mismo parece estar ocurriendo hoy. Si los judíos no regresamos a casa por las buenas —por la prosperidad, la belleza, y la Torá de Israel—, quizás el Creador tenga que usar el “palo” para recordarnos cuál es nuestro lugar en el mundo.
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