En el año 1971 se estrenó un musical llamado “El violinista en el tejado” (Fiddler on the Roof), basado en un simpático personaje, Tevye el lechero, creado por Scholem Aleichem.
Tevye es evidentemente todo un símbolo a través del cual el autor quiere preguntarse cómo ha sobrevivido el pueblo judío, tanto como cuánto se debe o no transformar ante el mundo y ante sí mismo, para proyectarse y sobrevivir en el futuro.
La famosa “tradición” del comienzo de la obra no es más que una excusa para que a través de los avatares de sus hijas, Tevye aprenda a revisar profunda y honestamente el sentido y el alcance de esa “tradición”. Inteligentemente la película muestra cómo esta tradición se va modificando (¿resquebrajando?) gradualmente desde la hija mayor hasta la hija menor del lechero, ya que Tevye es incapaz de hacer a un lado los sentimientos de filiación, respeto y a amor por su descendencia, con lo que quizás Aleichem intentó transmitir que justamente es esa capacidad de preservar la transmisión y el cuidado de los antecesores y los descendientes, en donde radica una de las partes sustanciales del judaísmo, y más aún del judaísmo contemporáneo.
Tevye, que tanto añoraría ser rico, sumido en sus necesidades y pobrezas, entiende sin embargo algunas cosas (no muchas tal vez), pero en otros momentos queda perplejo y meditabundo, sin poder entender a un mundo que emerge, que ya no puede ser realmente comprendido, y que por eso es ominoso y sin empatía. Un Mundo al que hay que Temer.
De esta manera el personaje al que le gustaría ser un hombre alegre, no puede sin embargo ignorar las profundas tristezas que le circundan. Al final de la boda de su hija mayor, luego del ataque de la aldea vecina, Tevye queda en silencio y paralizado y sin decir palabras, solo con los gestos de su mano y su boca preguntando al cielo: ¿Por qué?…
Muchos de estos desconsuelos y perplejidades y muchas de estas preguntas (tantos por qué) deben atravesar al pueblo judío ante este momento actual donde el antisemitismo es una avalancha tan “imparable” como la turba que atosiga a los judíos de Anatevka. Una turba que consigue finalmente expulsarlos para siempre.
Tal como el antisemitismo contemporáneo busca hacer hoy con los judíos: expulsarlos para siempre…
Pero, ¿adónde? ¿Al mar, al desierto, a campos de concentración? No creo que el Mundo lo sepa ni creo que al Mundo le importa. El Mundo solo quiere expulsar a los Judíos. Y punto y aparte.
Hoy “El violinista en el tejado” sería un filme imposible de realizar. Sea porque se le haría un boicot internacional, sea porque los actores recibirían amenazas, sea porque el filme no se distribuiría, sea porque si se estrenara habría manifestantes a la entrada de los cines denunciando a la película como “genocida”, “manipuladora” y “prosionista”. ¿Alguien duda de lo que aquí afirmo?
Permítanme dos ejemplos más.
En una noticia de hace pocos días se informa que el ejército de Israel entregó cadáveres de palestinos a cambio de la devolución del cuerpo de Lior Rudaeff. Pero la noticia –de forma totalmente acrítica– habla del ejército de “ocupación” israelí sobre Gaza y de que los cuerpos entregados “demuestran” signos de tortura y maltrato.
Todo de una forma absolutamente anodina, dándose a entender que qué otra cosa se podría esperar de Israel, el sionismo y los judíos, ¿sino asesinatos, barbarie y maldad absoluta?
Otro ejemplo. Vayan por favor a comprar el libro Diccionario de Injusticias (2022). México, Siglo Veintiuno Editores, publicado además con el apoyo de la UNAM, libro académico reputado como serio.
Cuando lo compren por favor revisen el índice: no hay una sola entrada sobre antisemitismo. Tampoco (lo aclaro) hay una entrada sobre judeofobia
Es decir, para la academia el antisemitismo no es una injusticia. Y la judeofobia no existe.
Pero vayan ustedes a la entrada: “genocidio”. En ningún lugar se habla del genocidio contra los judíos. Se habla de los armenios, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Gambia y otros más, pero ni una palabra del genocidio contra el pueblo judío. Es más, en el párrafo: “El tratamiento del genocidio en los juicios de Nuremberg” (p. 361), una sola vez se indica los crímenes nazis contra los judíos, pero englobándolos junto a los de polacos y gitanos. Es decir, ¿los nazis no odiaban especialmente a los judíos? ¿Era solo un odio generalizado contra la tríada judíos-polacos-gitanos?
Del antisemitismo pues no se habla, se lo disimula todo lo posible y cuando habría que condenarlo con decencia y dignidad, se mira para otro lado, tal vez al cielo como Tevye.
Por todo lo anterior, estas reflexiones no pueden ser sino estas amargas reflexiones sobre el antisemitismo.
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