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miércoles 03 de junio de 2026

Alejandro Klein / El siglo XXI y el Antisemitismo

Para los que aún esperaban algún destello de la ideología del progreso en este siglo, se han de sentir muy decepcionados. Este siglo XXI muestra indicios de intolerancia, fanatismo e ideologización extrema que superan con creces los siglos precedentes.

Es cierto que el siglo XX vio el resurgir del nazismo, pero en aquel momento el mismo estaba constreñido a Alemania y con pocos ejemplos en otros países occidentales. Hoy, en este siglo XXI, el nazismo es la ideología cotidiana con la que respira, se comunica e intercambia en las redes el sujeto contemporáneo.

Por supuesto que los nazis de nuestros días, disfrazados como gente de izquierda progresista e impacientemente empoderada, negarán vehemente tal título. De la misma manera que negarán ser antisemitas mientas entonan extáticamente consignas contra Israel y el pueblo judío. Dicho de otra manera, poco o nada se puede confiar en lo que la gente interpreta que hace, pues generalmente si bien puede saber lo que hace, ni puede entenderlo cabalmente, y menos aún, reflexionar críticamente sobre sus acciones y sus consecuencias.

Esto se une a otro rasgo propio de este Siglo XXI: la impunidad por la cual se ejerce violencia y maldad descarnada sin consecuencia alguna y la generalización absoluta de la denuncia, de tal manera, que cualquiera y en cualquier momento, puede ser denunciado. Y una vez denunciado se es culpable perennemente, pues hay que tener en cuenta que en el declive definitivo del dispositivo jurídico ya no se trata de demostrar que uno es inocente, sino todo lo contrario: se trata de demostrar que uno no es culpable (lo que además jamás se puede cabalmente demostrar).

Todo esto es posible porque el centro y la periferia de cómo se ejerce el poder en nuestros días están las llamadas “redes” e internet (con la complicidad de los llamados medios de comunicación) y su omnipotente capacidad de falsear, manipular, imponer realidad y encarrilar totalitariamente la opinión de la gente (la que es en general débil y sumisa).

Todos estos factores abonan a un societario impune, regido por la inmoralidad y por una post-banalidad del mal donde cualquier resto de empatía y solidaridad son “barridos” por el goce del espectáculo de un chivo expiatorio denigrado y castigado que carga con los desprecios del Mundo.

Huelga decir que todos y cada uno de los elementos descriptos abonan al Antisemitismo y huelga decir que el chivo expiatorio es el Judío, el Pueblo Judío y/o Israel.

Se podrá decir que un elemento que el Antisemitismo no perdona es que el Pueblo Judío ha dejado de ser dócil y pasivo, es decir que ha dejado de ser el Judío Errante. Sin duda, este rasgo nuevo del judaísmo debe generar escándalo y desazón en estos antisemitas acostumbrados al estereotipo del judío comerciante, de piel arrugada, nariz ganchuda y solo eficaz para comerciar y ejercer usura sobre los cristianos.

Pero por otro lado, el Antisemitismo no se gesta desde hechos empíricos, los hechos duros tal como indicaba Hanna Arendt, por eso el Antisemitismo es refractario a cualquier racionalidad, capacidad de diálogo o sentido crítico. El Antisemitismo solo se alimenta de sí mismo y se autoengendra a sí mismo tras 21 siglos de existencia. Por ende, el Antisemitismo llegará a 31, 41 o 101 siglos de existencia exultante y vigorosa en su prédica miserable y vacía de contenido pero repleta de odio.

¿Qué ha de hacer el Pueblo Judío ante tal antisemitismo? Se podría indicar que haga lo que haga, nada cambiará.

También se podría indicar que poco o nada se puede hacer. Aunque ese “poco” tal vez signifique mucho.

Dentro de ese “poco” tal vez habría que plantear que bajo ningún concepto el judío se ha de conformar y adherir con esa identidad negativa de genocida, intolerante y causante de daño que el Antisemita le propone.

Aún reconociendo la enorme carga de ingenuidad de las ideas de Ajad Haám y sin caer en el sinsentido de entender que el pueblo judío por eso es mejor que cualquier otro pueblo, quizás valga la pena volver meditar sobre lo que Ajad entendía como la necesidad de un desarrollo espiritual y moral permanente, revigorizando y fortaleciendo al pueblo judío.

Quizás se podría sugerir entonces que la identidad del pueblo judío está íntimamente entrelazada con la moral y los valores humanos de justicia, empatía y tolerancia. De esta manera, este desarrollo moral-espiritual implicaría que en su determinación identitaria el pueblo judío sería capaz de resignificar los valores de su pasado desde las cuestiones morales y éticas cruciales del presente.
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