Mazal Tazazo, de 35 años, es una de las sobrevivientes del ataque terrorista perpetrado por Hamás durante el Festival de Música Nova, el 7 de octubre de 2023. Lo que debía ser una celebración de la vida se convirtió en una jornada de horror que marcó su cuerpo y su fe.
“Era como una película de guerra, pero era real. Las balas venían de todas partes. Pensé que no saldría viva”, recuerda Mazal. Corrió entre los autos mientras escuchaba el incesante ta-ta-ta de los disparos, viendo a jóvenes caer, a otros esconderse debajo de los vehículos y a los terroristas arrojar granadas. “No había escapatoria. Era el caos absoluto”.
Buscó refugio entre los arbustos junto a sus amigos Danielle y Yojai. “Sentí la culata del arma en mi cabeza. Me hice la muerta. No podía respirar. Le pedí a Dios que me protegiera”.
Cuando despertó, sus dos amigos estaban muertos. “Los vi una vez más y entendí que ya no podía hacer nada por ellos. Le pedí a Dios que me dejara quedarme ahí hasta que alguien viniera a rescatarme”.
El fuego comenzó a rodear el lugar. “El calor era insoportable. Sabía que, si no salía, el fuego me alcanzaría.
“Le dije a Dios: si tengo que morir, que sea corriendo, pero no quemada”. Corrió hacia un auto abandonado y se escondió dentro. Desde ahí escuchó los pasos, los gritos, las ráfagas de disparos. Horas después, un grupo de sobrevivientes logró sacarla del vehículo y llevarla al hospital. “Cuando los vi, entendí que estaba viva, pero no sabía por qué. Dios me había salvado, y aún no entendía para qué”.
Días más tarde, Mazal tuvo que enfrentar el dolor de confirmar la muerte de sus amigos, cuyos cuerpos fueron hallados una semana después. “Fue la peor semana de mi vida. Nadie llamaba a las familias. Fui yo quien tuvo que hacerlo: decirles la verdad, romperles la esperanza”.
El fuego arrasó todo. “Si pasas por ahí ahora, solo ves ceniza. Los árboles, los cuerpos, los recuerdos… todo quedó negro”.
Desde entonces, Mazal convive con el trauma y con la indignación ante quienes aún justifican la masacre. “Lo que más duele es escuchar a quienes niegan lo que vivimos. No fuimos a una guerra, estábamos en una fiesta. No atacamos a nadie. No teníamos armas. Ellos no nos vieron como humanos”.
Ha visto videos de los atacantes llamando orgullosos a sus familias para contar lo que hicieron. “Padres que los felicitan, madres que dicen estar orgullosas. Es inimaginable”, comenta con dolor. A pesar de todo, Mazal mantiene la fe y la esperanza. “Ellos hacen mucho ruido porque son violentos, pero no son más. Los buenos somos más”.
Hoy su testimonio es un llamado al mundo para recordar que lo ocurrido en el Festival Nova no fue una batalla ni un enfrentamiento: fue una masacre. Y que, entre el horror y la ceniza, aún hay quienes eligen seguir viviendo, seguir creyendo y seguir luchando por la verdad.
“Esto no es solo por una guerra. Es por la vida misma”, dice Mazal.
Así, Mazal habla desde ese lugar donde la vida y la fe chocan con la violencia. Su relato no solo describe la inmediatez del terror, sino que ofrece una reflexión sobre la fe que la sostuvo, la incapacidad del mundo para entender lo que vive Israel y un llamado urgente a distinguir entre la población civil palestina y los terroristas de Hamás.
Esa experiencia espiritual no la aleja del análisis político. Al contrario: desde la sobrevivencia habla con claridad sobre las consecuencias prácticas y humanas del terrorismo y de la respuesta internacional. Señala, con enfado contenido, que la comunidad global mira “los números”, las cifras de víctimas en Gaza, sin entender la diferencia fundamental entre una población civil y un grupo armado que usa a sus propios conciudadanos como escudos.
“Quieren apoyar a los palestinos porque ven los números”, dice. “Pero este es el error. Hamás mata y usa a su gente. Si no se detiene a Hamás, en uno o dos años volverán, y traerán consigo más violencia”.
Para Mazal, es una cuestión de liderazgo y responsabilidad. “Si el liderazgo no cambia, volverán más duros. Tenemos videos y evidencias de lo que hacen”, afirma, y subraya la urgencia de actuar para proteger a los inocentes.
Sus palabras delinean un temor concreto: la repetición del ciclo de violencia. Explica que, desde su punto de vista, el problema es la continuidad del poder de Hamás y la tolerancia —o incluso el apoyo— que reciben en algunos ámbitos internacionales. “Cuando oigo que los terroristas reciben dinero de organizaciones o familias, siento que los poderes están ahí para permitir que sigan”, afirma con una voz que mezcla incredulidad y alarma. Ante esa percepción, Mazal reclama medidas concretas:
“Por favor, ayúdennos a arrestar a las personas que quieren matarnos”.
La denuncia se extiende más allá de las fronteras: relata su estupefacción al ver ceremonias en universidades extranjeras que glorifican a los atacantes. “No es libertad. Ver a futuros líderes celebrar a asesinos es insoportable”. Ese reproche apunta a una falla moral que, a su juicio, facilita la propagación del odio y la impunidad.
Mazal no niega la complejidad política: reconoce la existencia de víctimas civiles en Gaza y afirma su deseo de paz. “La gente inocente es inocente. Yo soy inocente. Quiero que todos estén a salvo”, subraya. Pero insiste en separar esa realidad de la estructura de poder que, en su lectura, es la raíz del problema: “Tenemos que separar a los palestinos de Hamás. No es la misma cosa”.
Su apelación incluye un componente preventivo y educativo. Mazal aboga por un liderazgo distinto en Gaza y por una educación que no enseñe odio: “En la escuela se aprende a asustar y a matar; eso hay que cambiar. Si la próxima generación ve que los terroristas van a la cárcel, si hay consecuencias, pensarán dos veces”.
Es una propuesta que mezcla reclamo y esperanza: “Sin justicia y sin cambio educativo, el ciclo se repetirá”, señala firmemente Mazal.
Entre la denuncia y el reclamo, Mazal busca también sanar. Habla de símbolos que la sostienen: tatuajes que conmemoran el 7 de octubre y la vida que decidió seguir; de la oración diaria y de su identidad judía, que le da raíz y consuelo. “Quiero creer que algún día habrá paz”, confiesa con la sencillez de quien no renuncia al anhelo humano fundamental.
La voz de Mazal lleva, en su intensidad, un doble mensaje: advertencia y llamado a la humanidad. Advierte que, mientras no se actúe contra quienes instrumentalizan el sufrimiento de su pueblo, la sombra del terrorismo volverá a cernirse. Y llama a la comunidad internacional a mirar con más precisión: a distinguir entre quienes padecen bajo regímenes opresivos y quienes usan a su propia población como arma.
En su testimonio hay una urgencia moral: “Por favor, ayúdennos a detener a los que quieren matarnos”, pide. Y una fe inquebrantable: “Solo estaba Dios y yo”.
El relato reclama responsabilidad política y sensibilidad humana: que el mundo no se quede en el número, sino que vea las historias que laten detrás de cada cifra —vidas, familias, fe, esperanza— y actúe en consecuencia.
Mazal habla desde la herida y desde la perseverancia. Su pedido es simple y radical a la vez: que se proteja a los inocentes, que se juzgue a los culpables y que las generaciones futuras aprendan a convivir sin odio. Es, en el centro de su mensaje, una demanda de humanidad que debería resonar más allá de cualquier frontera.
Su voz se suma a la de los sobrevivientes que buscan no solo justicia, sino también que el mundo no olvide lo ocurrido aquel 7 de octubre.
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