El Comando Central de Estados Unidos (CENTCOM) anunció que completó su última gran oleada de ataques contra Irán a las 21:40 —hora del este de Estados Unidos— del jueves 16 de julio, 4:40 de la madrugada del viernes en Israel. En los últimos días, Washington intensificó sus operaciones contra aeropuertos, puentes, instalaciones y posiciones castrenses iraníes.
La ofensiva alcanzó sistemas de defensa y otros componentes considerados esenciales para la capacidad militar del régimen teocrático. Estados Unidos, además, dejó en claro que las operaciones podrían ampliarse.
«Las fuerzas estadounidenses, incluidos aviones de combate, drones aéreos y buques de guerra, lanzaron municiones de precisión que alcanzaron decenas de objetivos militares iraníes, como emplazamientos de vigilancia costera y defensa aérea, infraestructura logística militar y capacidades marítimas», declaró el CENTCOM en un comunicado.
«Esta fue la sexta noche consecutiva de ataques estadounidenses contra Irán», añadió.
La respuesta de Teherán a los embates iniciales no se hizo esperar. Misiles y drones fueron dirigidos contra bases estadounidenses en la región, mientras la República Islámica amenazaba con profundizar el bloqueo del estrecho de Ormuz.
Al mismo tiempo, advirtió que, si Washington atacaba su infraestructura eléctrica, ordenaría a los hutíes bloquear también el estrecho de Bab el-Mandeb, otra de las principales arterias del comercio marítimo mundial.
Sin embargo, en medio de esa escalada, hay un dato que llama poderosamente la atención: Irán evita cuidadosamente atacar al país al que durante más de cuatro décadas prometió destruir: Israel.
La explicación puede encontrarse en los dos enfrentamientos directos más recientes entre Israel e Irán. En ambas oportunidades, Israel demostró que podía penetrar profundamente el espacio aéreo iraní, destruir sistemas de defensa antiaérea, alcanzar instalaciones vinculadas con el programa nuclear, inutilizar infraestructura militar estratégica y eliminar a altos mandos de la Guardia Revolucionaria, científicos nucleares y, finalmente, al propio líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei.
Aquellos ataques no solo provocaron importantes daños materiales y militares. También dejaron al descubierto vulnerabilidades que el régimen teocrático difícilmente haya olvidado.
Desde la Revolución Islámica de 1979, Irán convirtió la destrucción del Estado de Israel en uno de los pilares de su discurso político y religioso. Financió organizaciones terroristas, promovió ataques indirectos y presentó sistemáticamente al Estado judío como su principal enemigo.
Pero cuando llega el momento de responder militarmente, los misiles iraníes apuntan hacia bases estadounidenses y no hacia Israel, al que la República Islámica prometió borrar del mapa.
¿Por qué?
Un antecedente histórico ayuda a comprender el comportamiento actual.
Durante la Guerra del Golfo de 1991, Israel ni siquiera integraba la coalición internacional que combatía a Irak. Sin embargo, Saddam Hussein lanzó decenas de misiles Scud contra ciudades israelíes.
Su objetivo no era obtener una ventaja militar, sino provocar una represalia israelí que fracturara la alianza entre Estados Unidos y los países árabes.
La maniobra fracasó porque Washington convenció al gobierno de Isaac Shamir de no responder.
Treinta y cinco años después, la lógica parece haberse invertido.
Mientras Saddam buscaba atraer a Israel a la guerra, todo indica que Irán procura exactamente lo contrario: mantenerlo fuera de ella.
Estados Unidos dispone de una capacidad militar abrumadora, pero sus acciones suelen estar condicionadas por consideraciones políticas y diplomáticas. Israel observa el conflicto desde otra perspectiva. Para Jerusalén, el programa nuclear iraní, su arsenal de misiles y la expansión regional de la Guardia Revolucionaria representan amenazas existenciales.
Un ataque iraní contra territorio israelí podría ofrecer al gobierno de Israel la justificación política y militar para intervenir nuevamente con toda su capacidad. Y esa participación modificaría profundamente el equilibrio del conflicto.
Consciente de ese riesgo, Teherán parece haber elegido otro camino.
En lugar de abrir un frente directo contra Israel, procura aumentar el costo internacional de la guerra. Ataca bases estadounidenses, amenaza a los países que colaboran con Washington, mantiene bajo presión el estrecho de Ormuz e intenta incorporar también a Bab el-Mandeb mediante los hutíes.
Si ambas rutas marítimas quedaran afectadas simultáneamente, las consecuencias económicas trascenderían ampliamente a Medio Oriente.
Es una forma de ampliar el conflicto sin darle a Israel el argumento que podría desencadenar una nueva ofensiva militar.
Naturalmente, las guerras cambian de rumbo con rapidez y ningún análisis puede considerarse definitivo. Pero, hasta el momento de escribir estas líneas, la conducta iraní ofrece una paradoja difícil de ignorar.
El régimen que durante décadas proclamó la desaparición del Estado de Israel parece evitar hoy cualquier acción que pueda acelerar su ingreso en la guerra.
En ocasiones, las decisiones que un país evita tomar revelan mucho más que aquellas que finalmente adopta.
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