Roni Kaplan: ¿Por qué Israel es la patria ancestral de los judíos?

En un encuentro con periodistas mexicanos en Israel, Roni Kaplan, portavoz internacional de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI), ofreció una exposición apasionada e ilustrativa sobre la historia del país, sus raíces milenarias y su significado en el mundo contemporáneo.

Con la precisión de un historiador y la emoción de quien encarna su identidad, Kaplan recorrió la historia de Israel y del pueblo judío, desde los tiempos de Abraham hasta la actualidad, en un relato que entrelazó arqueología, Biblia, geopolítica y memoria.

Esta Jerusalén, la ciudad que habitamos hoy, es sagrada para el 54% de la humanidad”, subrayó. “Es sagrada para 2,400 millones de cristianos, 1,800 millones de musulmanes y cerca de 15 millones de judíos. Pero, además de ser la Jerusalén celestial, es también la Jerusalén del día a día: aquí vivimos, trabajamos, criamos a nuestros hijos”.

Kaplan inició su recorrido histórico situando a los reporteros frente a la Ciudad de David, donde —explicó— comenzó la expansión moderna de Jerusalén fuera de las murallas otomanas a mediados del siglo XIX. Con tono didáctico, recordó cómo, tras la guerra de Crimea (1853-1856), las potencias europeas obtuvieron permiso del Imperio Turco-Otomano para establecer misiones arqueológicas y religiosas en Tierra Santa.

Aquel proceso, detalló, coincidió con una pandemia en la ciudad antigua que llevó a las primeras familias judías a asentarse fuera de las murallas, fundando los barrios pioneros de Montefiore y Majané Israel. “Fue el inicio de la Jerusalén moderna”, explicó. “Un paso que marcó la continuidad de una presencia judía ininterrumpida en esta tierra, desde los días de Josué hasta nuestros tiempos”.

Una historia de conquistas y retornos

El portavoz israelí reconstruyó con agilidad el largo ciclo de conquistas sobre Jerusalén: desde los romanos y bizantinos hasta los cruzados, mamelucos, otomanos y británicos, antes de la creación del Estado de Israel en 1948. Cada etapa —dijo— dejó huellas, pero también reforzó el vínculo del pueblo judío con su tierra.

Jerusalén ha sido asediada más de 40 veces y conquistada 16, pero nunca perdió su espíritu. Es una ciudad que late entre la historia y la fe”, afirmó.

Al retroceder en el tiempo, Kaplan evocó los grandes hitos de la narrativa bíblica: Abraham y su llamado divino, el liderazgo de Moisés, las conquistas de Josué, la monarquía de David y Salomón, y las destrucciones del Primer y Segundo Templo. En el centro de esa historia, el Monte Moriá —actual Monte del Templo— aparece como un punto de convergencia entre lo espiritual y lo terrenal.

En ese recorrido por los orígenes, Kaplan detuvo su relato en la figura de Abraham, a quien describió como “el primer hebreo” y el iniciador de una historia basada en la fe, el movimiento y la promesa. Recordó que fue Abraham quien, al responder al llamado divino y salir de Ur en busca de una tierra desconocida, estableció el pacto fundacional entre el pueblo judío y Dios.

“En ese acto nace no solo una religión, sino una manera de entender el mundo: la confianza en lo invisible y el compromiso con una tierra que encarna un propósito”, dijo Kaplan.

Desde entonces, añadió, cada generación judía ha heredado esa misma vocación de caminar, regresar y reconstruir, como expresión viva del vínculo eterno con la Tierra de Israel.

Esa alianza —forjada en la voz de Abraham y renovada a lo largo de los siglos— se convirtió en el hilo conductor de la identidad judía, incluso en los momentos más oscuros del exilio. Kaplan subrayó que, tras la destrucción de los templos y las sucesivas dispersiones, el pueblo judío nunca perdió la conciencia de pertenecer a esa misma historia de promesa y retorno.

“Durante dos mil años nuestros antepasados conservaron la dirección espiritual hacia Jerusalén; en cada plegaria, en cada boda, en cada Pascua, el eco de Abraham seguía marcando el camino de regreso”, recordó.

De la diáspora al renacimiento nacional

Kaplan también trazó un puente entre los exilios antiguos y el sionismo moderno, al que definió como “un movimiento de liberación nacional del pueblo judío”. Recordó cómo, tras siglos de dispersión y persecuciones, el anhelo de retorno se mantuvo vivo en las oraciones y rituales cotidianos.

“Durante dos mil años, los judíos repitieron las palabras ‘El próximo año en Jerusalén’. No era una metáfora, era una brújula”, dijo. “El sionismo convirtió esa esperanza en un proyecto político, y el Estado de Israel en su realización concreta”.

El caso Dreyfus y las ideas de Theodor Herzl marcaron, explicó, el paso de la fe a la acción: “Así como Italia se unificó bajo Garibaldi o Alemania bajo Bismarck, el pueblo judío emprendió su propio proceso de autodeterminación. El retorno no fue una conquista, sino un renacimiento”.

Jerusalén: símbolo de vida

Entre anécdotas personales, Kaplan transmitió la vitalidad cotidiana de una ciudad que, pese a sus desafíos, se mantiene vibrante y plural.

Israel es el país con mayor tasa de natalidad del mundo occidental, 3 hijos por familia. En mi barrio, con seis hijos, soy de los que menos tiene”, bromeó.

Para Kaplan, esa energía demográfica no es un dato estadístico, sino una expresión de esperanza:

En el corazón de Jerusalén late una fuerza que nos recuerda que esta tierra ha sido siempre un punto de encuentro, de fe y de futuro”.

La charla incluyó una reflexión sobre el lugar que Jerusalén ocupa tanto en la historia del pueblo judío como en la conciencia universal.Cada piedra cuenta una historia —dijo Kaplan—, pero lo más importante es que seguimos escribiendo nuevas”.

De la fe a la acción: el milagro económico y político del Israel contemporáneo

Tras recorrer los fundamentos espirituales e históricos del Estado de Israel, Kaplan propuso un salto hacia la modernidad:

Hasta ahora vimos la historia universal desde un prisma interno y externo —de los imperios antiguos al Edén, y de allí al Estado moderno—, pero hay dos fenómenos que marcan nuestra era contemporánea”.

El primero, explicó, fue el fenómeno económico. Recordó cómo los pioneros del sionismo —muchos provenientes de Rusia, Ucrania y Europa del Este— llegaron a una tierra árida, con 65% de desierto, escasos recursos naturales y sin capital inicial.

No teníamos petróleo, no teníamos agua, no teníamos mercado regional, pero sí teníamos algo: capital humano, conocimiento, ingenio e innovación”.

A partir de esa necesidad, dijo, nació una economía basada en la investigación y el desarrollo: “La necesidad fue aquí la madre de la innovación”.

Kaplan subrayó que Israel invierte hoy más del 5% de su PIB en investigación y desarrollo (I+D), convirtiéndose en uno de los principales polos de innovación del mundo en sectores como AgriTech (tecnología agrícola), ciberseguridad, biomedicina y energías renovables. “El 0.1% de la población mundial absorbe el 42% del capital de riesgo global en ciberseguridad”, ejemplificó.

Añadió que el país recicla el 87% de sus aguas residuales y utiliza tecnologías de riego que multiplican la productividad agrícola. “El conocimiento fue nuestro petróleo”, resumió, mencionando también la creación de centros de transferencia tecnológica en universidades como el Instituto Weizmann y la Universidad Hebrea de Jerusalén, donde surgieron empresas como Mobileye, pionera en sistemas de conducción autónoma.

El segundo fenómeno, explicó Kaplan, fue el político y social: el retorno del pueblo judío a una tierra habitada por comunidades diversas tras la disolución del Imperio Otomano. “Compramos las tierras a los efendis —grandes terratenientes de Siria y Líbano—, no a los campesinos árabes”, aclaró, y recordó el reconocimiento internacional del derecho del pueblo judío a establecer un Estado, desde la Declaración Balfour (1917) hasta la Conferencia de San Remo (1920).

Sin embargo, lamentó que los acuerdos de partición de 1937 y 1947 no prosperaran por la negativa del liderazgo árabe de la época: “Mientras el sionismo decía ‘sí’ a cada propuesta, el liderazgo árabe respondía ‘todo o nada’”.

Kaplan situó este conflicto en una perspectiva geopolítica más amplia, mencionando la influencia de la Hermandad Musulmana y el auge de movimientos islamistas desde el siglo XX, hasta la actual lucha de Israel contra el radicalismo yihadista.

“Estamos en la primera línea de defensa del mundo libre frente al extremismo”, afirmó.

Rechazó los señalamientos de genocidio en Gaza y enfatizó los esfuerzos del ejército israelí por distinguir entre combatientes y civiles. “No es un genocidio; es una guerra contra el terror”, sentenció.

Para concluir, Kaplan retomó el tono moral y espiritual:

Treinta y seis veces la Biblia hebrea ordena respetar al extranjero, al distinto, al otro. Ese es el corazón de nuestra ética: dignificar la alteridad”.

Con esa idea, volvió a enlazar el plano histórico con el ético, recordando que la fuerza de Israel no solo se mide en innovación o defensa, sino en su capacidad de sostener valores milenarios en medio de la modernidad.
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