La negligencia de las autoridades militares y políticas israelíes durante la guerra de 1973 (Yom Kipur) no alcanzó a ser condenada en los comicios que mantuvieron en el poder al Partido Laborista, encabezado por la primera ministra Golda Meir. Sin embargo, esas elecciones sirvieron de antesala para el vuelco electoral que se concretaría cuatro años más tarde, en las elecciones de 1977, cuando por primera vez los nacionalistas del Likud se impondrían en las urnas. Es decir, tomó cuatro años de gestación para que el castigo contra el establishment político y militar se concretara como una respuesta a los errores que provocaron aquella tragedia.
La negligencia del 7 de octubre de 2023 es aún mayor que la que se sufrió cincuenta años antes. En 1973, la Comisión de Investigación Estatal Agranat sentenció al liderazgo militar por los errores cometidos, exculpando a la dirigencia política. En la actualidad, todavía no se ha conformado una comisión similar, ya que, por ley, su formación debe ser ordenada por el presidente de la Corte Suprema de Justicia (hoy Itzjak Amit), figura que el gobierno de Jerusalén no reconoce como tal.
¿Quién pagará en las urnas por las negligencias de 2023? ¿Será el Likud y su líder, Netanyahu, o presenciaremos un fenómeno distinto? Para responderlo, debemos comprender a los Ajusalim.
¿El fin del gobierno de los Ajusalim?
Los ajusalim (en hebreo: אחוס״לים, Ahusalim) es el término acuñado por el sociólogo Baruch Kimmerling para describir a la élite fundacional que dominó durante décadas muchos de los centros de poder en Israel —justicia, burocracia, medios, academia y altos mandos militares—. Se trata de un paralelo israelí de los WASPs en Estados Unidos.
El nombre funciona como un acrónimo sociológico que resume los rasgos típicos de este grupo: A – Ashkenazíes (de origen europeo), H – Jiloni (laicos o seculares), V/S – Veteranos del yishuv o del Estado temprano, S – Socialistas (de tradición laborista) y L – Leumí (nacional-sionistas).
Según Kimmerling, más que una conspiración, los ajusalim constituyen una red de socialización y valores que se reproduce en instituciones clave y tiende a definir lo “profesional” o “de Estado” conforme a sus propios supuestos. Su tesis analiza el declive de esa hegemonía y el surgimiento de coaliciones alternativas, pero el concepto se utiliza hoy —tanto para elogiar como para criticar— a fin de señalar la influencia persistente de esa capa dirigente en la cultura política israelí.
Existen cuatro focos de poder dominantes en Israel donde la influencia de los ajusalim sigue siendo contundente: la justicia (con un fuerte predominio de jueces universalistas y activistas de la escuela de Aharón Barak), la prensa hebrea (especialmente los canales 12, 13 y buena parte de Kan 11), la academia (donde muchos docentes veían obstaculizadas sus carreras si no adherían a una ideología determinada) y la élite militar (hasta el 7 de octubre de 1973).
La población de Israel en 2025, especialmente tras los ataques terroristas, se ha inclinado hacia la derecha, y la demografía no engaña: la sociedad israelí es cada vez más conservadora y religiosa, mientras las familias mixtas (ashkenazíes y sefardíes) tienen más hijos que las laicas.
Tomemos como ejemplo la propuesta de reforma judicial impulsada por el ministro de Justicia Yariv Levin y por el presidente de la Comisión Constitutiva del Parlamento, Simja Rotman. Las medidas buscaban modificar el balance estructural en detrimento de los ajusalim, quienes mantenían —y mantienen— un dominio sustancial en la Corte Suprema. Es lógico, entonces, que las manifestaciones se hayan concentrado en una ciudad bastión de los ajusalim (como es Tel Aviv) y que dichas protestas hayan sido amplificadas y legitimadas por la prensa y la academia.
Sin entrar en consideraciones sobre la responsabilidad directa en el atentado del 7 de octubre de 2023, debemos preguntarnos si el electorado israelí considerará, al emitir su voto, que los principales responsables de permitir el ataque fueron los bastiones de los ajusalim en Israel, o si, por el contrario, serán señaladas y castigadas las fuerzas que hoy desafían a las viejas élites desde el gobierno actual.
Las elecciones de 2026 pueden resultar decisivas para un proceso que, demográficamente, ya está en marcha.
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