Probablemente no exista gesta épica más entrañable para el pueblo judío que Janucá. Sin embargo, hay que señalar que normalmente sólo nos cuentan la mitad de la historia. Conocerla completa nos da muchas lecciones para el día de hoy.
Desde la conquista babilónica de Judea en el año 587 AEC, el pueblo de Israel sólo volvió a ser independiente y libre en su propia tierra en dos ocasiones: Bajo el reinado de los reyes hasmoneos, y hoy (desde 1948).
Por eso es que Janucá nos resulta tan significativo como memoria histórica. En esa fiesta conmemoramos la gesta con la que el poder sirio-seléucida sobre Judea comenzó a colapsar. El resultado, eventualmente, fue la plena independencia y el inicio de la era hasmonea.
La historia la conocemos bien: Antiojus y sus planes anti-judíos, la profanación del Templo de Jerusalén, el despojo a Onías III del sumo sacerdocio, la rebelión de Matatiahu y sus cinco hijos, el heroísmo de Yehudá Hamakabi, el origen de la perinola (sevivón o dreydel), el milagro del aceite, la luz y los ocho días. Y cómo se traduce eso en nuestras vida, también lo sabemos: los regalos para los niños y mucho pan dulce (pontchkes, latkes, buñuelos).
Lo que pocos saben es que la historia siempre nos la han contado incompleta. Todo el relato, cronológicamente, termina en el año 164 AEC cuando Yehudá Hamakabi y sus tropas recuperan Jerusalén, purifican el Templo, y lo vuelven a dedicar al culto al D-os Único y Verdadero.
Hoy, que estamos en un incómodo punto intermedio en la guerra contra Hamas, Hezbollá e Irán, es bueno recordar que la llamada Guerra Macabea no concluyó ahí. Pasaron muchas cosas más.
La primera es que no toda Jerusalén fue liberada. El punto más alto de la ciudad fue el refugio de una buena cantidad de tropas sirias, que se pertrecharon allí junto con la élite aristocrática judía que había apoyado el proyecto helenístico de Antiojus. Las fuerzas de Yehudá Hamakabí nunca pudieron con ellas.
Lo segundo que hay que saber es que la guerra no terminó. Hubo dos años de pausa, pero en el 162 AEC las hostilidades reiniciaron. Antiojus ya había muerto, pero la nueva campaña militar fue dirigida por el general Baquides, que obligó a Yehudá Hamakabi a salir de Jerusalén.
Las cosas no le salieron bien a las tropas judías durante los dos primeros años del nuevo conflicto, y Yehudá Hamakabi murió en combate en el año 160 AEC. El liderazgo de los judíos recayó en su hermano Jonatán, y este fue quien realmente propinó las victorias decisivas contra las tropas sirias. Tras dos catastróficas derrotas, el general Baquides aceptó negociar el alto al fuego, intercambiar prisioneros, y firmar la paz en el año 158 AEC. Se impusieron dos condiciones: los sirios-seléucidas no volverían a interferir en los asuntos religiosos del pueblo judío y, por el otro lado, Judea no intentaría independizarse (la independencia llegó de todos modos casi 20 años después, debido a que el Imperio Seléucida ya se encontraba en plena y franca decadencia).
Así son las guerras por lo general. No se consigue todo lo que se desea, y los procesos para ponerles fin son más lentos de lo que quisiéramos.
Y es que una guerra no sólo es un asunto militar, sino también social. Se puede derrotar y aplastar a un ejército, pero eso no necesariamente significa que se derrote y se aplaste al enemigo.
La Guerra Macabea no concluyó con una batalla; ni siquiera con la muerte de Antiojus (que ocurrió desde el año 164 AEC). Llegó a su fin con una negociación, y en esta tanto seléucidas como judíos ganaron algo y perdieron algo. Sin embargo, las cosas se condujeron bajo el sencillo y sensato criterio de que siempre es mejor un mal arreglo, que un buen pleito.
La realidad actual no es muy distinta. Hay una pausa, pero todos sabemos que la guerra no ha terminado. Al igual que en tiempos de los macabeos, seguramente el conflicto reiniciará. Y es evidente que no se va a lograr todo lo que se desearía en abstracto. Hamas está derrotado, pero no va a ser exterminado; Hezbollá tampoco. ¿Por qué? Porque ambos son fenómenos de dimensión y proporciones sociales, no nada más militares. Hamas es mucho más que los combatientes, los túneles y los cohetes. Es toda una sociedad, y para erradicar objetivamente a Hamas del mundo, habría que eliminar a dos millones de palestinos.
La buena noticia es que no es necesario ese exterminio. Se puede derrotar contundentemente a ese grupo terrorista sin llegar a esos extremos.
Por ejemplo, el nazimos no fue exterminado, pero la Alemania nazi fue totalmente vencida.
Ese es el objetivo con Hamas y Hezbollá, y aunque las cosas se dan más lentas de lo que quisiéramos, lo cierto es que se ha avanzado consistentemente en esa dirección. Ambos pueden quedar totalmente anulados al punto de no volver a representar un riesgo para Israel. Sin embargo, no es algo que vaya a suceder de la noche a la mañana. Tienen que darse muchos cambios políticos y económicos en la región para que eso suceda, y por eso es que una solución estrictamente militar es imposible.
¿Se van a dar estos cambios? Yo creo que sí, por una sencilla razón: Para Estados Unidos, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos hay mucho dinero en juego. La alternativa es dejar que Hamas y Hezbollá sobrevivan siendo funcionales, y eso sería un estorbo total a los planes comerciales de Trump y Mohamed bin Salman.
El dinero manda. Recuerda que en estas cosas no hay amigo ni enemigos, sino sólo intereses.
La desgracia de Hezbollá y Hamas es que son incompatibles con los grandes negocios que se tienen proyectados. En contraste, los intereses de seguridad de Israel son fácilmente acoplables a los intereses económicos de Washington y Ryad.
La Guerra Macabea no estuvo exenta de esos intereses foráneos. Si la Siria Seléucida se rindió al final y dejó que Judea se independizara, no fue por las grandes victorias militares de Jonatán Hamakabi, sino por la presión del gran poder emergente de la época: Roma.
Es chocante, pero así funcionan las cosas, y nada mejor que saber cómo funcionan para entonces poder tomar las decisiones más eficientes posibles.
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