Rab Yosef Bitton / Vayesheb: Los problemas de nuestros patriarcas y los nuestros

La tumultuosa vida de Yaakov Abinu está marcada por una serie de conflictos muy difíciles, pero no todos pertenecen a la misma categoría. Hasta ahora, la Torá nos mostró a Yaakov enfrentando peligros externos: la amenaza de Esav, los engaños de Labán, el temor a la guerra o a la convivencia hostil con los edomitas y el secuestro de su hija Diná.

Pero en la Parashá de esta semana aparece un tipo de conflicto mucho más peligroso y más difícil de enfrentar. La crisis no viene de afuera, sino de adentro. Sus propios hijos se sienten desplazados por la atención especial que Yaakov le dedica a Yosef y como lo señala como líder y heredero espiritual. Ese gesto despierta celos, resentimientos y rivalidades que Yaakov no anticipó.

La tensión crece hasta convertirse en violencia. Aunque los hermanos no planeaban matarlo, pecan de una negligencia criminal al abandonarlo en un pozo, indefenso, sin ropa y expuesto. Yosef es capturado por traficantes humanos y termina siendo vendido como esclavo en Egipto.

Este paso del conflicto externo al conflicto interno marca un punto decisivo en la biografía del patriarca. Yaakov teme lo peor: que su familia se fracture por el odio entre hermanos. Esta división no solo tendría consecuencias emocionales o sociales, sino que pondría en peligro el legado de Abraham Abinu: el futuro del incipiente judaísmo, que Yaakov tenía la responsabilidad de preservar para las generaciones futuras.

SINAT JINAM

Esta dinámica no quedó confinada a la vida de Yaakov. Se repitió una y otra vez en la historia judía. Enemigos externos nunca nos faltaron ni nos faltarán. El pueblo judío vivió y vive amenazado, en Israel y en la diáspora, independientemente de sus decisiones políticas o religiosas.

Pero junto a esos peligros externos, aparece un patrón recurrente: los conflictos internos. Tal vez por nuestras intensas personalidades, nuestra aguda visión crítica y nuestro inconformismo intelectual, los judíos solemos enfrentarnos entre nosotros con una pasión que, a veces, se parece a la que mostramos frente al enemigo.

La historia de Janucá es un ejemplo claro de esta dinámica. Antes de ser una guerra contra el imperio seléucida, fue una guerra civil entre judíos. El historiador Elias Bickerman mostró que los primeros enfrentamientos no fueron contra los griegos, sino de parte de los judíos helenizantes hacia los judíos fieles a la Torá.

La élite judía de Jerusalem, la aristocracia, vivía una vida materialmente privilegiada alrededor de los griegos, admiraban la cultura griega y deseaban borrar aquellas leyes bíblicas que hacían al pueblo judío diferente. También, convenientemente, se convencieron a sí mismos de que la práctica religiosa era la causa del odio hacia los judíos y que la asimilación resolvería el problema del antisemitismo. Fueron estos judíos helenizantes quienes presionaron al poder extranjero para imponer decretos contra la circuncisión, el Shabbat y el estudio de la Torá, e incluso profanaron el Bet HaMiqdash introduciendo ídolos y sacrificios paganos.

Lejos de ser simples víctimas del enemigo, usaron el poder externo para imponer su agenda contra sus propios hermanos. El conflicto interno precedió y agravó la persecución externa.

POR ALGO SERÁ…

Pero ocurrió algo inesperado. Cuando el poder seléucida decretó la abolición del judaísmo, despertó —sin proponérselo— a miles de judíos que se habían alejado de la tradición. Muchos se preguntaron: ¿por qué tanta obsesión por destruir el judaísmo? ¿Por qué un imperio dedicaría tantos recursos para erradicar prácticas que deberían ser insignificantes para ellos?

Ese cuestionamiento produjo un despertar espiritual. El ataque externo, paradójicamente, generó cohesión interna. Muchos judíos que habían abandonado la Torá se reagruparon, se reconocieron parte de un mismo destino y enfrentaron y vencieron juntos a un enemigo numéricamente superior.

Janucá no celebra solo una victoria militar. Celebra la reunificación de un pueblo dividido y el triunfo del judaísmo sobre el rechazo al judaísmo. La rededicación del Bet HaMiqdash simboliza no solo la purificación del Templo, sino la curación de una herida interna: volver a encender la luz donde los propios judíos habían permitido que entrara la oscuridad.

HAPPY ENDING

La historia de Yaakov no termina en tragedia. Después de más de dos décadas, los hermanos se reencuentran, se reconcilian y reconstruyen la familia. El Midrash describe una escena profundamente simbólica: cuando Yaakov yace en su lecho de muerte, pregunta a sus hijos si siguen unidos también en su fe. Según Maimónides, en ese momento nace por primera vez la declaración colectiva del “Shemá Israel”: “Escucha, Israel, – nuestro padre– todos nosotros abrazamos la creencia en un solo y único Dios”. Doce tribus. Una familia. Una misma religión.

La historia judía volvió a repetir ese patrón en Janucá. Un conflicto interno que había dividido al pueblo terminó, paradójicamente, generando un despertar espiritual compartido. Y algo muy similar está ocurriendo hoy en Israel y la diáspora.

Después del 7 de octubre de 2023, cuando Israel sufrió uno de los golpes más traumáticos de su historia moderna, comenzó a hacerse visible un fenómeno que recuerda esos momentos decisivos del pasado. No fue solo una reacción emocional al trauma, sino un proceso más profundo de reconexión con la identidad judía.

Los datos lo confirman. Según el Jewish People Policy Institute, un 31% de los judíos israelíes —y un 38% de los menores de 25 años— rezan más que antes. En Estados Unidos, la Jewish Federations of North America registró que el 40% de los judíos menos involucrados comenzaron a participar más activamente en la vida judía. Los llaman en inglés: “the October 8th Jews”. Sinagogas menos observantes reportaron aumentos del 49% en asistencia. Los rabinos de Jabad reportaron que la demanda global de Tefilín y Mezuzot alcanzó niveles sin precedentes.

No se trata solo de un aumento en las prácticas religiosas. Se trata de un patrón histórico que vuelve a manifestarse: cuando la amenaza externa alcanza un punto extremo, muchos judíos descubren que lo que realmente los sostiene no es solo la fuerza militar ni la política, sino una identidad espiritual compartida que trasciende ideologías, niveles de observancia y divisiones internas.

Yaakov salió de su conflicto interno con un nuevo nombre: Israel.

Janucá transformó una guerra fratricida en un renacimiento espiritual. El Israel contemporáneo, a pesar de sus profundas tensiones internas, está mostrando el mismo potencial: convertir la división en re-unión y recordar que, aun con diferencias reales, compartimos un destino común y una responsabilidad espiritual suprema.
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